Eduardo B. Rodríguez.14 de Noviembre. Tomado de Contra Punto
En El Salvador el futuro de catástrofes se anuncia en el pasado con imágenes reales
LOS ÁNGELES - Si, ya lo sabíamos, esta historia se conocía en el pasado sin necesidad de una bola de cristal y es que a El Salvador, siempre le diluvia sobre empapado o le tiembla sobre ruinas. Abajo y tendidos en cada tormenta o en cada terremoto quedan los de siempre, los que están más jodidos, los “vulnerables” como está de moda decir, o sea los pobres, los desprotegidos y los excluidos, que todos sabemos son un montón. A ellos que siempre les toca perder en esos casos, les ha llovido el pasado 7 de noviembre su diluvio bíblico, con la diferencia que aquí no hubo ni un solo Noé para construirles su arca de salvación. Bueno, hay que corregir, hay un Noé que si sabía, que ha sido advertido por la historia, el tiempo y naturaleza, pero no hizo lo más mínimo para evitarlo: el Estado Salvadoreño.
Si, éste nuestro Noé, mucho mas escuálido y sin las intenciones de construir un arca que el personaje del Génesis exhibía, ha tenido la oportunidad de reparar lo que ya se sabe que pasará. Nuestro Noé Estado, ha recibido esas advertencias históricas, científicas, ciudadanas, y hasta divinas por qué no decirlo, de que la tragedia que ocurrió le iba a pasar y hasta quizá con saña, como en verdad sucedió, no a las piedras o el lodo que se soltó, sino, a seres humanos, a nuestros hermanos y hermanas. ¿La pregunta es por qué éste Noé no fue un buen salvadoreño y no hizo caso de los avisos recibidos? ¿Por qué ser apático y no oír la voz que clama porque éste pueblo en lugar de fragilidad posea fortalezas que lo blinden de la misma inundación, del mismo deslave, del mismo terremoto de siempre?
La respuesta es un asunto de intereses. Como denunció Monseñor Romero (que volviendo a aquello de las advertencias divinas, hay que recordar la frase de Ellacuría de que “con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”), el problema de nuestro país es la arbitrariedad, lo absoluto de la riqueza, del capital. La razón de existir del Estado, en la más estricta interpretación Maquiavélica, es la de beneficiar a un grupo de personas en contra del resto de la población. Éste grupo beneficiado es siempre el que por su capital puede influenciar las decisiones estatales para que el interés público se convierta en el interés del grupo privilegiado. Es por lo tanto, hasta lógico interpretar que el no escuchar el mandato de construir un arca contra la vulnerabilidad eterna de los salvadoreños es una cuestión de clase, en la que el Estado opta por los intereses de un grupo favorecido por sobre aquellos que toda la vida aguantan el baldazo celestial o la sacudida terrenal. Conociendo nuestra historia incluso no siempre estos son solo los pobres, aunque tampoco sean ricos, como en Las Colinas, Montebello o algunos en el Edificio Darío.
Nuestro Noé sin arca, monopoliza supuestamente dentro de nuestro territorio, funciones para la defensa, la justicia y la seguridad, teniendo para ello la fuerza legal y los mecanismos que se lo permiten. Ha tenido este personaje de todos los tiempos (o sea de los gobiernos anteriores y del actual, de las cortes supremas de ayer y de hoy, de las asambleas legislativas del pasado y del presente, y de los gobiernos municipales viejos y nuevos) por lo tanto, la posibilidad y la información necesaria para actuar y construir un arca de salvación que por mucha lluvia o mucho temblor siempre termine en la punta del Ararat, o digamos para nuestro caso, en la punta del Chinchontepec, bien arriba de todos los derrumbes, inundaciones y muerte. Es entonces ese esfuerzo por salvarnos del habitual diluvio o terremoto el que debería, para el caso de la fragilidad poblacional a los desastres naturales y todas sus causas sociales, económicas y políticas, guiar el interés público dentro de las políticas de Estado. Estaría así cumpliendo su tarea de defender, de crear seguridad y de hacer justicia. Sin embargo, la política (la de la clase política nacional) y la política de Estado de éste país continúan ignorando la naturaleza de nuestro territorio y nuestra cultura e historia, con el consiguiente sufrimiento de la población más desprotegida.
Es absurdo que el Estado Salvadoreño, ¡nuestro Noé por la gran puerca! como diría alguna abuelita salvadoreña, teniendo conocimiento de lo que puede pasar no actúe como debe y no se ponga al frente para reconocer el valor de la vida humana antes de que estas sean historias luctuosas en los noticieros o motivación en las campañas de recaudación. Es hora de decirle a nuestro Noé de bolsillo, que demandamos un arca y que para ello se necesitan: un concepto de nación con justicia y seguridad para TODOS, la tan promovida prevención, una cultura de planificación que se plasme permanentemente en el Estado a nivel nacional, regional y local, un marco jurídico de desarrollo y que la politiquería de la clase política, así como los intereses del gran capital dejen de ser dictadores de la conducción de dicho Estado. No es tarea fácil, casi una revolución se podría decir, o por lo menos, un CAMBIO.
A propósito de cambios, hasta ahora, una semana después de este diluvio ya anunciado, el actual gobierno salvadoreño ha dado muestras de querer cambiar el raquítico papel en desastres de anteriores administraciones. Aunque aquí, la última palabra la tendrán los sobrevivientes en las zonas afectadas. Ya ellos dirán si les llegó la ayuda o no. Se tendrían que ver también los cambios, en las políticas públicas de planificación, de desarrollo, de combate a la pobreza y la exclusión, de prevención de desastres y de vivienda. La memoria es corta en El Salvador, pero esa es una debilidad que el gobierno no puede tener en sus políticas. No se puede olvidar a los que quedan con necesidades de desarrollo cuando termine la emergencia. La tarea del desarrollo a su vez, no puede repetir la vulnerabilidad existente. Por ejemplo, más de alguna casa del Fondo Social se habrá tumbado por el solo hecho de tener una política pública que permite su mala ubicación durante un desastre; o se habrán construido soluciones habitacionales después de una emergencia sin valorar la reciprocidad entre un espacio físico urbano reducido y la inseguridad ciudadana, como muestra, basta un Distrito Italia de Tonacatepeque.
El Presidente Funes, ha expresado repetidas veces el compromiso de su gobierno con la opción preferencial por los pobres. Como enunciado en un país como este, donde el futuro de catástrofes se anuncia en el pasado con imágenes reales, es una buena indicación de que por lo menos el gobierno trata de ponerse a la cabeza de un Estado que pueda en realidad cumplir su papel de constructor de arcas físicas, sociales y económicas para rescatar tanto salvadoreño a flor de cada repetido desastre. Eso sí, habrá que recordarle al gobierno y a nuestro Presidente, que ese enunciado ha sido tomado bajo el ejemplo de Monseñor Romero, quien lo aprendió de escuchar, especialmente a aquellos que siempre les ha caído cada diluvio apocalíptico natural o social. Por ellos es que también nos ha llegado el turno, sin ser profetas o merecerlo, de decir en las palabras del Arzobispo mártir y con dedicatoria a las instituciones de este Estado de Noé sin arca: que les rogamos, les ordenamos, en nombre de Dios y de este sufrido pueblo, ¡cese la exclusión y la inseguridad en cada invierno!
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