En realidad, la planificación no es concepto ideológico, sino función natural de la vida. Y, ahora que nos movemos entre los vaivenes de la crisis, planificar se vuelve más necesario que nunca.
Escrito por Editorial.Viernes 13 de Noviembre. Tomado de La Prensa Grafica.
La problemática del desarrollo siempre es compleja, como se está volviendo a constatar, y ahora con un dramatismo sin precedentes, a raíz de la crisis global que empezó a hacerse notoria ya a finales de 2007 y que detonó en la segunda mitad de 2008. Dicha problemática se vuelve, desde luego, más desafiante cuando las bases estructurales de una sociedad han sido tradicionalmente precarias, como es el caso de las latinoamericanas, con los matices que éstas presentan; y más todavía entre las más débiles y vulnerables como son las nuestras, en el ámbito centroamericano.
No contamos aún con análisis suficientemente reveladores de lo que implica esta vulnerabilidad estructural en relación con los esfuerzos necesarios para asegurar el avance hacia el desarrollo, y por eso seguimos siendo víctimas de nuestra propia imprevisión. Hace años, el concepto de planificación gubernamental fue prácticamente satanizado, diz que para evitar la tentación totalitaria. En realidad, la planificación no es concepto ideológico, sino función natural de la vida. Y, ahora que nos movemos entre los vaivenes de la crisis, planificar se vuelve más necesario que nunca. Esto lo vemos con evidencia plena aquí y en todas partes.
Así como no hemos planificado la modernización del sistema de desagües de San Salvador tampoco hemos planificado la apertura hacia el mundo en estos tiempos de globalización, para citar ejemplos de muy distinta dimensión. Y el caso patético del Puerto de La Unión grafica cómo, al no planificar ni siquiera lo básico, los esfuerzos más importantes pueden quedar al borde de la irrelevancia más vergonzosa.
Ir organizando el proceso
Aunque muchos no quieran tomar la debida conciencia de ello, en el país se va desenvolviendo un proceso de integración nacional, especialmente a partir del final político de la guerra. Dicho proceso tiene más complejidad interna que todas las etapas anteriores de nuestro accidentado devenir histórico, y por eso mismo demanda más articulación, más organización y más trabajo conjunto de toda la sociedad. En otras palabras, todas las formas tradicionales de exclusión –fueran políticas, económicas o territoriales–, que en otras épocas tuvieron tanta capacidad de imponerse, chocan hoy frontalmente con esta dinámica nacional que es cada vez más fuerte que ellas.
La organización del proceso nacional requiere mucho y muy fino esfuerzo de planificación, que no debe confundirse con el programa de trabajo de un gobierno o con la plataforma de acción de un partido. Es la sociedad en sus diversas expresiones la que debe estar detrás de esta tarea tan indispensable. Y lo primero será acordar la agenda básica de país, para aprovechar el tiempo de aquí en adelante. Aunque al Gobierno siempre le corresponde liderar tareas como ésa, este liderazgo en ningún caso puede ser exclusivo, para no caer en el vicio de querer interpretar unilateralmente todo el fenómeno real.
El proceso democrático, en sus distintas etapas, exige planteamientos concretos, a partir de visiones políticas, sociales y económicas integradas. De no hacerlo –como ha sido tradición– se está en el peor de los mundos, ése en el que impera la improvisación y rige el desorden.
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