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2009/11/14

Productividad del Estado

Hace muchos años, recién graduado de ingeniero, el presidente de la empresa, donde recién me habían contratado, me invitó, en día domingo, a un recorrido por una de las fábricas de la empresa: pasillos oscuros y fríos, siluetas de máquinas de alta tecnología, un enervante silencio. Al final de aquel aterrador recorrido, el excéntrico señor por fin pronunció unas palabras y me preguntó: ¿Que observaste? En mi entusiasmo por impresionar procedí con un improvisado pero muy entusiasta discurso sobre la tecnología, las instalaciones, etc. A medio discurso me interrumpió y dijo: “¿Notaste la inactividad?, nada se está moviendo, eso se debe a que la gente no está aquí, y sin ella todo esto no vale un ‘penny’. Adiós y que tengas un buen día domingo”.

Escrito por Carlos G. Romero.  Sábado 14 de Noviembre . Tomado de La Prensa Grafica.

Así de sencillo comprendí, de por vida, la importancia del recurso humano: su efectividad dicta los resultados.

Para formarnos una idea de la productividad estatal comentaremos sobre tres componentes básicos que gobiernan la efectividad del recurso humano: La estructura organizacional, la calidad del recurso humano y el ritmo de trabajo.

Las estructuras organizacionales de las entidades estatales tienden a ser verticalistas y rígidas, de operatividad confusa, y su mayor “motivador” es el miedo al Führer (el jefe), ingredientes clásicos para resultados mediocres si no nefastos... Todos sabemos lo que le pasó al Führer y sus huestes.

La calidad del recurso humano, en general, se caracteriza por un cierto desconecte entre los requisitos del puesto y la trayectoria profesional del funcionario.

El ritmo de trabajo. Durante tres días visitamos diferentes organizaciones gubernamentales; observamos el ritmo de trabajo detrás de mostradores, en los pasillos, en patrullas, escritorios; el grado de socialización, el uso de celulares, entre muchos otros factores. Bueno, en conclusión, a ojo de buen cubero, nuestras entidades estatales trabajan a un ritmo del 40% al 45%; el presupuesto nacional para 2010 contiene mil doscientos diez millones de dólares para ciento cuarenta y un mil plazas –gobierno central, instituciones descentralizadas y empresas publicas no financieras–. Estimado lector: haga la matemática; a esto sume todas las plazas municipales y otras no incluidas, más el desperdicio causado por arbitrajes, obras a medio andar, obras innecesarias, proyectos fallidos, contratación de deuda cara, subsidios desordenados, etc. y la imagen que comienza a emerger no es nada agradable.

Se nos dice que el Estado necesita mayores ingresos, mayor disponibilidad, para cumplir con sus obligaciones y promesas. También se nos dice que solo hay dos maneras de lograrlo: impuestos o préstamos, pero... ¿y si fuéramos más eficientes en la administración pública? ¿No aumentaría la disponibilidad de fondos que tanto buscamos? ¿No es esta, en cierta forma, otra manera de recaudar fondos? La reforma fiscal busca sanciones penales contra aquellos que atenten contra la disponibilidad de fondos del Estado: el que no cumple con sus obligaciones tributarias, el corrupto, pero ¿y el funcionario publico culpable de “mala administración”? ¿El que literalmente bota los fondos de los contribuyentes?... El efecto que tienen estos hechos en la disponibilidad de fondos del Estado es el mismo del corrupto o del evasor. ¿No deberían estos ser penalizados de igual manera? Indira Gandhi decía: “Cuidado con aquellos funcionarios que no pueden hacer nada sin dinero y con aquellos que quieren hacerlo todo con dinero”; también: “La fortaleza de una nación ultimadamente consiste en lo que puede hacer por sí misma, no en lo que puede prestar de otras”.

Cómo nos gustaría ver una institución que velara por el uso eficiente de los recursos del Estado, algo así como la Secretaría de Productividad Nacional. De repente, un día de estos...

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