Los cuestionamientos a la dirigencia del FMLN, así como a sus funcionarios de gobierno y a su bancada legislativa, son cada vez más constantes, abiertos y furibundos de sectores radicales de la izquierda, incluyendo una buena parte de sus propias bases partidarias. Hubo un momento en que ese malestar fue manejado en sordina “para no darle armas al enemigo”, pero las cosas parecen haber llegado ya a un punto en que ese argumento ha dejado de importar.
Escrito por Geovani Galeas.09 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.
Las cotas más altas de esas críticas, las ha establecido la denominada Tendencia Revolucionaria, la cual define al actual gobierno como “un simple continuismo de la derecha neoliberal”, y cuestiona el papel que el FMLN juega en ese gobierno “anti popular y al servicio de la oligarquía, de las transnacionales y del imperialismo”.
A esa postura básica se han sumado poco a poco los otros sectores, que en un primer momento centraron sus críticas de forma exclusiva contra el presidente Funes y sus amigos, pero abrieron un compás de espera respecto a la cúpula del FMLN. El problema es que, a esa cúpula, las encuestas le dicen que la popularidad del presidente se consolida en la medida en que se aleja de las veleidades radicales, en tanto que la aceptación del FMLN decrece en la medida en que se aleja del presidente. Y el tema pasa entonces al terreno pragmático del cálculo electoral.
No se trata de un problema menor. El FMLN ganó las pasadas elecciones presidenciales porque su candidato, renunciando de manera expresa al socialismo del siglo XXI, y eligiendo como a uno de sus referentes políticos al presidente de Estados Unidos, logró atraer el voto moderado, es decir, sumar el centro a la izquierda, la cual a su vez garantizó la adhesión, al menos coyuntural, de los sectores más radicales. Con manifiestas reservas, es verdad, pero hasta la Tendencia Revolucionaria votó por aquel candidato.
Para el FMLN no había ni hay otra forma de ganar. Pero, dadas las circunstancias y los actuales resquemores o desconfianzas, parece muy difícil que aquella misma operación de suma vuelva a ser viable. La indefinición y el silencio de la dirigencia del FMLN ante el reclamo de sus propias bases y del llamado movimiento social, por lo que consideran su aval a un gobierno neoliberal, ha dado pie a que los disidentes comiencen a plantearse la necesidad de reagruparse, ya sea en torno a candidaturas no partidarias o incluso a un nuevo partido de izquierda.
¿Pero es capaz el FMLN de volver a seducir al centro político por sí mismo y sin un intermediario decididamente moderado? Y si de nuevo optara por un intermediario con ese perfil, ¿cuántos votos más perdería por su extremo izquierdo? Se trata de un problema político que, como tal, no es imposible de resolver si se enfrenta políticamente. Pero eso es lo que el FMLN no está haciendo ni de cara a su propia militancia, cada vez más confusa, ni frente a la sociedad en general.
Como ya se había señalado al advertir la inminencia de este escenario, la derecha bien podría guardarse sus críticas al gobierno y al FMLN. Eso lo está haciendo de manera más feroz y devastadora la misma izquierda. Pero siempre ha sido así en un universo ideológico donde, quienes en un momento son considerados héroes tarde o temprano pasan a ser llamados traidores, como sucede ahora con los miembros de la cúpula efemelenista, “vergonzosa coyunda de mediocres política, ética e intelectualmente, que son dirigentes y también son comerciantes”, según las palabras textuales de Dagoberto Gutiérrez.
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