Cuando se ve lo que pasa en un país de tanto orden y desarrollo como el Japón se eriza la piel al pensar en lo que puede pasar en zonas muchísimo menos preparadas en todo sentido para encarar desastres.
Escrito por Editorial.15 de Marzo. Tomado de La Prensa Gráfica.
El catastrófico terremoto en Japón ha conmovido la conciencia universal y ha vuelto a disparar las alarmas sobre las vulnerabilidades que amenazan en todas las latitudes. Japón es un país altamente preparado para resistir desastres, y a la vez es una sociedad de extraordinario desarrollo y de disciplina ejemplar; sin embargo, un golpe como éste es demoledor en cualquier parte, y lo peor de todo es que la desgracia acarrea efectos desastrosos en cadena, que en este caso implican trastornos gravísimos en áreas tan sensibles y peligrosas como la de la energía nuclear.
Un sismo de proporciones colosales que se lleva vidas y bienes materiales, una gran cantidad de réplicas sucesivas, el tsunami que llega arrasando cuanto está a su paso, de inmediato los accidentes en las plantas nucleares de la zona, y como corolario los esperados impactos en la economía global, han convertido esta trágica situación en un muestrario impactante de las vulnerabilidades que a todos nos azotan en esta era en que la naturaleza está pasando factura y en que la realidad económica padece quebrantos que no se quedan a la zaga.
Una de las inseguridades más alarmantes es la de no saber hasta dónde llegarán los círculos concéntricos, tanto naturales como socioeconómicos, de acontecimientos como el que ahora sacude a la humanidad entera. Lo que esto significa como mensaje de reiterada advertencia debe ponernos a todos en actitud de alerta máxima frente a lo que este momento nos demanda, como humanidad y como sociedades nacionales, para hacer todo lo que sea necesario a fin de humanizar la vida en todos los órdenes y de ponernos en armonía con el mundo natural, que ha sido tan degradado y tan depredado.
Como venimos diciendo con insistencia, la globalización nos ha ubicado a todos en el mapamundi, para tener acceso tanto a las posibilidades como a las responsabilidades. Cuando se ve lo que pasa en un país de tanto orden y desarrollo como el Japón se eriza la piel al pensar en lo que puede pasar en zonas muchísimo menos preparadas en todo sentido para encarar desastres. Esta es una lección demostrativa que no debe ser vista de reojo, sino asimilada en lo que tiene de aleccionador.
Esta catástrofe se suma, ahora mismo, en sus consecuencias previsibles, a otros aconteceres de alta peligrosidad como la crisis terminal de los regímenes anacrónicos del mundo árabe, que de seguro repercutirá como sacudida terapéutica en otras latitudes, incluyendo la latinoamericana. Estamos en un momento de explosivos desafíos de toda índole, y a eso hay que responder con un nuevo orden internacional y con dinámicas modernizadores que pongan al ser humano en la primera línea de la acción universal.
En el caso específico de nuestro país, que tiene tan profundos lazos de afecto y gratitud con el pueblo y el Gobierno de Japón, el impacto de solidaridad debe derivar en un estímulo verdaderamente motivador de la autoconciencia sobre lo que nos toca hacer, cuanto antes, para tomar en serio el manejo de nuestras múltiples vulnerabilidades. De nada sirve lamentarse cuando las tragedias están encima, y Dios nos libre de ellas.
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