Marvin Galeas.24 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy.
Hace tres décadas, toda una barbaridad de años, antes de irme para el frente de guerra de Morazán conocí en Managua, Nicaragua, a dos italianos aventureros, que tenían la firme intención de enrolarse en la guerrilla salvadoreña. Uno se llamaba Giuseppe Petrucci, de risa fácil, genial sentido del humor y regordete. Marco, por su parte, era serio y ordenado. Su físico era el del típico romano aunque no muy alto. Parecía un pequeño centurión de películas sobre la época de los césares.
Junto a un chileno y un uruguayo formamos un improvisado grupo de teatro. De todos nosotros, el chileno, de nombre Alejandro, era el único que había tenido alguna experiencia como actor. Nico, el uruguayo, tocaba la guitarra y cantaba muy bien, un poco al estilo de Daniel Viglietti. Nos propusimos, mientras esperábamos el viaje a los frentes, presentar una "obra" para despertar la solidaridad con la guerrilla salvadoreña. La guerra en El Salvador, comenzaba a ser una de las principales noticias en el mundo entero.
Por decisión del flamante grupo a mí me tocó escribir el guión de la obra. Alejandro fue el director, Nico le puso música y Marco fue el encargado de conseguir todo lo necesario para el montaje, es decir la produjo. Al mismo tiempo todos actuamos. Nos presentamos durante unas seis semanas en colegios, universidades, fábricas y plazas públicas. La gente nos aplaudía, más por solidaridad que por arte.
Todos teníamos entonces menos de 23 años. Estábamos seducidos por la revolución sandinista, que apenas comenzaba y estaba en plena luna de miel, muy fugaz por cierto. Todos soñábamos con un mundo mejor, un mundo por el que valía la pena exponer la vida. Las semanas que anduvimos presentando la obra fue una intensa experiencia humana.
Discutíamos sobre los diferentes matices de la izquierda, sobre la literatura comprometida, los artistas y la revolución, el cine y hasta decidimos que después del triunfo de la revolución salvadoreña (cosa de unos seis meses), no aceptaríamos ningún cargo en el gobierno revolucionario, sino que nos iríamos, como el Che, a seguir peleando con los hierros en la mano, en otros países de América Latina.
Cuando ya estaba casi todo listo para que entráramos en una fase de preparación previa e ingresar clandestinamente a El Salvador, el grupo comenzó a desintegrarse. Pepe dijo que habían surgido problemas familiares en Italia que requerían su regreso. Se fue. Nico también se marchó con su guitarra para México.
Alejandro, Marco y yo nos sometimos a un duro entrenamiento en la Escuela Militar Carlos Agüero, ubicada en las afueras de Jinotega. Éramos soldados del batallón 5013 de las Milicias Populares Sandinistas, formado en un alto porcentaje por extranjeros: uruguayos, argentinos, venezolanos, españoles, chilenos, mexicanos, guatemaltecos y salvadoreños.
Después de dos meses en la Escuela Militar yo terminé en Radio Venceremos, Alejandro tuvo un final trágico en Managua en donde se mezclaron la ideología, el fanatismo y las pasiones y Marco, en contra de su voluntad, fue obligado a regresar a Italia. Pasó la guerra. Pasó la paz. Pasó el tiempo: treinta años. En algunos momentos, tanto en la guerra como en la paz, recordé a mis amigos italianos de los tiempos locos del teatro y los sueños guevarianos.
Un día, hace unos meses, recibí un mensaje en Facebook: ¿Eres tú el mismo Marvin que conocí hace años en Managua? Era Marco. La amistad, de modo silencioso, había permanecido. Intercambiando mensajes. Nos pusimos al día. Nos debíamos 30 años de chambres. Me contó que se dedica a producir películas. Una gran coincidencia, porque en estos días ando empecinado, junto a otros amigos, en producir una película sobre un hecho ocurrido en el país en 1978. Un proyecto complejo que requiere paciencia y mucho dinero por cierto.
Marco me invitó a su casa en Roma. El reencuentro fue muy emotivo. Tiene una familia espléndida. El y su esposa, la también productora Ute Leonhardt, han triunfado en el cine con su empresa Panorama Films. Entre sus grandes producciones están Ángeles y demonios, El Milagro de Santa Ana, las series de televisión para HBO: Roma y Los Sopranos y decenas de series y películas más. Mi favorita es Cartas a Juliet.
En su casa Marco Valerio Pugini, sacó unas viejas y arrugadas hojas de papel. Era la obrita de teatro de hace 30 años. Allí estaban nuestros nombres escritos con máquina de escribir. "Esta fue la primera obra que produje en mi carrera", me dijo con una sonrisa llena de nostalgias por un país, por unos tiempos y por unos sueños.
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