Mario González.20 de Marzo. Tomado de Diario de Hoy.
Anochecía ese domingo y el autobús azul y blanco de la ruta 5 se deslizó sin prisas frente al Palacio Nacional y subió hasta llegar cerca de la iglesia de El Calvario, para perderse en las vecindades del Cementerio General. Los pasajeros, sentados, unos con la mirada fija y otros apoyando la frente en la ventanilla, comentaban y hacían gestos de aprobación al ver el imponente y recién inaugurado Mercado Central, pero, sobre todo, que las calles adyacentes estaban despejadas y limpias.
Corría 1974 y el gobierno municipal de la Democracia Cristiana había cumplido una de sus promesas: el nuevo complejo de abastos, durante cuya construcción algunas calles importantes, como la 5a. Avenida Norte, se habían inundado de vendedoras con sus delantales y canastos "provisionalmente" y cada vez arrinconaban a los mensajeros en tronadoras motos del antiguo Telégrafo, que más parecía otro escenario de la película "A toda máquina", de donde en cualquier momento saldrían Pedro Infante y Luis Aguilar en persona, con uniforme azul y casco rojo.
La alcaldía despejó la mayoría de calles, pero no la 5ª Avenida. El resto estaba limpio y libre. Pero al poco tiempo, muchas vendedoras comenzaron a salirse del mercado alegando que "adentro no vendemos porque la gente no nos ve" y se volvieron a tomar no sólo los puntos adyacentes al mercado, sino medio corazón de la capital, casi a las puertas de los establecimientos que marcaban época y eran los buques insignia de la zona como Simán, Kismet, Discolito, la Casa Rivas, La Camisería Española o Bigit y Molina Civallero.
Nadie los contuvo sino que, 12 años más tarde, formalizaron el desorden permitiéndoles instalarse en la calle Arce-Delgado y convertirla en "zona peatonal" al punto que después casi todo el centro llegó a parecer un mercado persa y los puestos ya no eran simples canastos o velachos, sino cuartos con electricidad y piso de cerámica. Lo que estaba reducido a quizá sólo dos calles se expandió a todo el centro, cercando los almacenes formales en los cuales ya no se podía pasar a vitrinear, mucho menos a comprar sin riesgo de ser asaltado. La escena se recrea en una canción muy de moda entonces, "La cartera", de La Fiebre Amarilla, que cuenta la desgracia de un peatón al que le roban la cartera con todo su dinero dos ladrones en el parque Hula-Hula y, al denunciarlos, un policía le aclara que "esas no son vendedoras…".
Estos hechos marcaron la defunción del centro sano y familiar y dieron paso al desorden y a la inseguridad. Ahora el mismo fantasma parece rondarnos, con el riesgo de que algunos oportunistas quieran tomarse el espacio despejado de buses, aprovechando que ahora menos querrían ir los capitalinos a los mercados para no caminar mucho. Enhorabuena que se ha liberado el centro de buses, pero lo que todos se preguntan es: ¿qué pasará con las ventas? ¿Proliferarán al haber más espacio y la oportunidad de construir puestos hasta con ladrillo de cerámica y luz eléctrica incluida? ¿Cuánto tiempo mantendrá la Policía hasta dos agentes por cuadra como ahora? Porque no podrán hacerlo todo el tiempo y, entonces, ¿qué vendrá después?
Un plan como ese tiene que sostenerse en el tiempo y no sólo ahora, como dicen algunos, para robarle el proyecto al alcalde o porque viene el presidente Obama. No se trata de atacar a nadie, pero esa es la idea que ha quedado, sobre todo porque como que se quisiera olvidar que esto se originó por los graves y constantes accidentes causados por buseros y que siguen sin freno.
El gobierno no puede celebrar y perpetuar sus siete minutos de gloria, sino que para demostrar que los propósitos son eminentemente cívicos y de beneficio popular, debe trabajar con el alcalde para ayudarle a proveer de locales dignos a los vendedores --que en su mayoría son personas luchadoras que hasta tienen que llevar a sus bebés en canastos--, porque esa es la otra parte del problema, así como ayudar a los capitalinos que tendrán que recorrer grandes trechos para trasbordar (bueno que haya calles libres para los que andamos en carro, pero ¿y los de a pie?). Si no, y como en 1985, sólo habrán preparado el terreno para la caída definitiva de nuestro San Salvador y nosotros nos sentaremos a llorar como Cristo al contemplar a Jerusalén...
elsalvador.com, Al plan le falta resolver los accidentes y las ventas
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