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2010/10/25

LPG-Hay que generar condiciones para la seguridad de largo alcance

 En el país hay un serio déficit de seguridad, como se vive y se dice a diario. La seguridad y su cara contraria, la inseguridad, son fenómenos de raíz profunda, que no se dan nunca de la noche a la mañana. En los años anteriores a la guerra, y desde luego durante ésta, la inseguridad básica estaba instalada en el sistema político: dicho sistema era entonces, y desde hacía muchos decenios, un artificio creciente, con todo lo que eso acarrea de irrealidad y de distorsión. En los años posteriores a la guerra, la inseguridad básica sigue existiendo, pero ya no en relación con el sistema político como tal –la democracia tiende a generar seguridad dinámica, pese a todos los problemas y obstáculos de recorrido--, sino en razón de la falta de capacidad suficiente por parte de las fuerzas políticas para generar confianza de futuro.

Escrito por David Escobar Galindo.25 de Octubre. Tomado de La Prensa Gráfica. 

“Y la inseguridad se acrecienta cuando a la hora de escoger candidaturas la selección se hace no según trayectoria sino conforme a popularidad circunstancial; y cuando ningún partido tiene cuadros formados y los equipos se van sacando de la manga”.

En el pasado, la inseguridad básica estaba vinculada íntimamente con la tozuda resistencia a evolucionar; en el presente, la inseguridad básica se relaciona umbilicalmente con la resistencia a acompañar la evolución. Y aquí hay que hacer referencia directa al fenómeno político, tal como se vive en estos días. Estamos experimentando una situación política muy especial, que no es anecdótica, como muchos parecen imaginar, sino que está ligada en directo con las realidades concretas que se han venido dando el desenvolvimiento de nuestro proceso democrático. Desde 1992 hasta 2009, la conducción ejecutiva del país estuvo en manos del partido ARENA, la principal fuerza de derecha; en 2009, dicha conducción pasó al ámbito de la izquierda, pero sin que pueda decirse que está en manos del FMLN.

Hay aquí un matiz singular que es preciso tener en cuenta para el buen entendimiento del momento en que realmente nos encontramos. Los 20 años de ARENA a la cabeza del gobierno tuvieron dos épocas identificables sin dificultad a estas alturas: la de los dos primeros Gobiernos y la de los dos últimos Gobiernos antes de la alternancia. Los dos primeros, fuertes por la vitalidad de la paz recién lograda, que generó energías prometedoras; los dos segundos, débiles por el desgaste de la permanencia cada vez más artificiosa, que potenció vicios mucho más que virtudes. En 2009, ARENA ya no tenía vigor para continuar, y todos sus movimientos electorales lo evidenciaron. El FMLN, después de apostarle a fichas guerrilleras en 1994 y 1999, llevó como candidato a una figura independiente, con el propósito de superar el trance.

Pero aquí entramos en la fase de los contrastes. Así como es malsano que el Gobierno se confunda con el partido que le sirvió de vehículo para llegar, como fue el caso de ARENA en sus últimos tramos, y ya como prueba viva de las distorsiones que provoca el anhelo obsesivo de permanecer, también es de alto riesgo que el Gobierno no tenga detrás un partido que no sólo le sirva de buen sostén político en lo inmediato sino que le estimule al Gobierno la responsabilidad más allá de los días contados en su propio período. ARENA pecó por confusión; el FMLN está pecando por disociación. Y este pecado de la izquierda, que es responsabilidad tanto del partido FMLN como del Presidente que llegó bajo su bandera, es uno de los factores que contribuyen más notoriamente a la incertidumbre imperante, aunque para muchos pueda parecer lo contrario.

La seguridad de largo alcance, que es la que necesitan el proceso, el sistema y el país para avanzar sin innecesarios y costosos sobresaltos en la ruta de la democratización definitiva, sólo podrá garantizarse de veras cuando, en lo que toca a la conducción nacional, pasemos de la ansiedad periódica por las expectativas imprevisibles al flujo natural de los cambios de línea ideológica y política. Esto está íntimamente vinculado con la falta de definiciones inequívocas y permanentes en los idearios de los partidos. Izquierda, sí, ¿pero qué tipo de izquierda? Derecha, sí, ¿pero qué tipo de derecha. Y la inseguridad se acrecienta cuando a la hora de escoger candidaturas la selección se hace no según trayectoria sino conforme a popularidad circunstancial; y cuando ningún partido tiene cuadros formados y los equipos se van sacando de la manga.

Ninguno de los juicios que aquí se vierten van dirigidos a personas específicas, porque no se trata de juzgar lo consumado sino de expresar criterios articuladores de cara al futuro. La inseguridad es hermana siamesa de la improvisación. Y cuando se está en un proceso que por su propia naturaleza se halla tan lleno de imprevistos, lo menos que se puede hacer para darle asideros firmes es tener bien consolidado lo básico; en este caso, la identidad y responsabilidad de los actores, las bases y mecanismos de competencia y los márgenes de movimiento dentro de los cuales todos pueden moverse. Necesitamos seguridad no para tres, cuatro o cinco años, sino para tiempos razonablemente indefinidos. Y sólo cuando la tengamos se podrá hablar solventemente de reactivación, de paz social y de desarrollo sustentable.

Hay que generar condiciones para la seguridad de largo alcance

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