El ambiente está cargado de malas vibras. La inseguridad campea por doquier, sobre todo en las zonas superpobladas. La política parece inmersa en un desconcierto de pronóstico reservado. La economía está estancada. Los valores se deshojan como árboles otoñales. ¿Estaremos sumándonos a una visión pesimista sobre el acontecer real del país? Nunca ha sido nuestra línea, y de seguro nunca lo será. Pero tampoco se pueden negar, ocultar o disimular los hechos como tales. Y los hechos que vienen ocurriendo y que ocurren con creciente desenvoltura nos indican que este es un momento en que se requiere mucha fe en el país, a la vez que muchísima sinceridad sobre el país. Sincerarnos es el primer paso, indispensable por cierto, para sincerar el fenómeno real.
Escrito por David Escobar Galindo.19 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.
La sinceración es siempre un acto de conciencia, y esto indica que lo primero que tenemos que hacer los salvadoreños, en esta precisa coyuntura del proceso transicional que venimos viviendo en la posguerra, es tomar conciencia auténtica y suficiente de nuestros desafíos, de nuestros riesgos, de nuestras amenazas y de nuestras oportunidades. Es, en primer término, un ejercicio de conciencia moral. Nos viene fallando la conciencia moral en el país, por descuido y por cálculo. Reconstruirla, con todas las seguridades del caso, es, pues, una función inherente a la buena marcha del proceso evolutivo nacional. Ese trabajo de concienciación tendría que hacerse en tres vías: en la de los individuos, en la de la colectividad y en la de la institucionalidad.
En esas condiciones, ¿qué rol juega el desarrollo de la espiritualidad en el proceso del crecimiento individual y colectivo? El rol de motor inspirador, de cuya energía irradiadora depende que la vida se despliegue en todas sus potencialidades. La fe y la esperanza, en clave religiosa, son ahí factores detonantes. Por consiguiente, cultivar el sentimiento religioso es un recurso altamente efectivo para asegurar que la persona crezca dentro y fuera de sí misma. Aquí no se habla, desde luego, de ninguna confesión religiosa en particular, porque la competencia por el monopolio de la verdad de Dios es una de las distorsiones más negativas a lo largo de la historia. Yo creo lo que creo, usted cree lo que cree, ambos tenemos el derecho a hacerlo. Dios brilla al fondo, uno e inconfundible.
Los grandes mensajes religiosos tienen una semilla común, que germina por debajo de las diferencias. Es cuestión de elección personal. Cada quien su opción, todas válidas. Un día, mientras me dirigía a una multitud de niños y jóvenes estudiantes de un muy distinguido colegio evangélico, al que me habían invitado como partícipe en una vibrante semana cultural, un niño que no pasaría de los ocho años, con la espontaneidad inocente de que se es capaz a esa edad, me preguntó: --Y usted, ¿a qué culto pertenece? Le respondí: --Yo soy católico, pero a mi vez te pregunto: ¿Crees que allá arriba, si llego ahí, Dios me va a hacer una pregunta como esa? Y el “¡No!” de la concurrencia de niños y jóvenes fue estentóreo. Nos reímos todos, entre los pucheros de los profesores.
Si se trata de la Biblia, yo tengo para mí que hay una diferencia fundamental entre el llamado Antiguo Testamento y el que conocemos como Nuevo Testamento; y tal diferencia yo la resumiría en una cuestión de espíritu. El espíritu de Jesús de Nazaret. Y, a partir de ese espíritu, un mensaje que depura y sublima todo lo anterior. Basta leer el Sermón de la Montaña, lanzado al mundo de todos los tiempos desde la elevación cercana al Mar de Galilea, para tener evidencia inequívoca de que hay ahí una sustancia transcendental y moral incomparable. El punto clave, pues, no es “leer la Biblia” a secas, como establece el decreto simplista que aprobara la Asamblea Legislativa, sino interiorizar a fondo una lectura que se haga no por obligación, sino por estímulo.
En el país, necesitamos emprender una reconversión moral en prácticamente todos los sentidos, para vitalizar el cuerpo social, aquejado con persistencia endémica por tantas contaminaciones, desajustes y quebrantos. Lo que se menciona con frecuencia como crisis de valores viene produciendo un desgaste nacional de consecuencias cada vez más graves y dañosas, y la vitrina más alarmante de ello es la delincuencia, en auge de desfachatez y de crueldad. Lo que necesitamos es recomponer valores, desactivando antivalores. Y esto no va a lograrse con medidas de ocasión ni con impulsos emotivos. Se tiene que restablecer la escuela del buen ejemplo, en la familia, en la práctica social y económica, en las organizaciones de todo tipo, en el Estado… Es vital e impostergable.
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