La política cansa. Esta no es frase mía: me la dijo, hace unos días, una amiga muy inteligente, que durante algún tiempo militó en un partido y logró posiciones importantes en el ámbito gubernamental.
Escrito por David Escobar Galindo.24 de Mayo. Tomado de La Prensa Gráfica.
La política cansa. Esta no es frase mía: me la dijo, hace unos días, una amiga muy inteligente, que durante algún tiempo militó en un partido y logró posiciones importantes en el ámbito gubernamental. Intrigado, más que por la frase en sí, por venir de quien venía, quise indagar en aquella aseveración: --¿Y de qué deriva ese cansancio de la política al que te refieres de manera tan tajante? Su respuesta fue inmediata, como hubiera estado esperando la pregunta: --De que los políticos la han hecho repetitiva, abusiva e intrascendente.
En el ambiente, en efecto, hay fatiga política, y no sólo en la ciudadanía, sino también en los distintos actores partidarios. Entre los ciudadanos, esa fatiga se manifiesta en escepticismo frente a la actividad política como tal, en escasa confianza sobre la efectividad de las instituciones y en incredulidad crónica sobre el rumbo que lleva el país. Entre los actores partidarios, la fatiga aludida se expresa en dejadez rutinaria, en resistencia a emprender nuevos derroteros y en improvisación hasta de lo más decisivo para su propia suerte.
Toda esa conjunción de ánimos pesa en el sentir general, y de seguro por ello hay una cuestión que surge sin necesidad de provocación cuando se trata de la problemática nacional: ¿Hay soluciones a la vista? Soluciones hay, desde luego; siempre las hay, con mayor o menor complejidad, según las circunstancias; pero el punto está en disponerse a buscarlas y a encontrarlas, y para ello se requiere, en primer lugar, una disposición anímica que induzca a la acción. En los momentos actuales, es en esa disposición a la acción donde parecen estar fallando más los motores de nuestra realidad.
La política debería ir siempre a la vanguardia, en lo que a motivación evolutiva se refiere. Para eso está la política: para interpretar la dinámica histórica y para proponer liderazgos y programas que muevan las interpretaciones ajustadas a lo real y promotoras de lo perfectible. Entre nosotros, sin embargo, la experiencia indica que ha habido un trastorno distorsionador en esa ruta: la política, en vez de ir a la vanguardia, está a la retaguardia, en comparación con las aspiraciones y visiones de la ciudadanía. Y eso crea un sentimiento generalizado de impaciencia ciudadana, proclive al malestar permanente.
Los salvadoreños, cuando se nos pregunta para las encuestas de opinión, somos a la vez sinceros y corteses. Sinceros frente a los hechos, corteses frente a las valoraciones respecto de los que gobiernan. Éstos últimos salen siempre bien evaluados, con matices circunstanciales. Es una especie de actitud ciudadana ya establecida. Lo curioso es que los que gobiernan imaginan siempre que ellos son los primeros bien evaluados, y se la creen. Entretanto, la realidad sigue ahí, palpitante y lacerante, sin cambios verdaderamente significativos, independientemente de los gestos y las gesticulaciones.
La crisis de credibilidad que padece, en efecto, nuestra “clase política” es notoria e indisimulable. Se nota bastante más en la calle que en las urnas, porque en la calle se vive a diario y a las urnas se va sólo cuando lo marca el calendario. Retomo la elocuente frase de mi amiga: la política cansa. Pero he oído algunas más fuertes, como: la política hiede. O: la política da alergia. ¿Será para tanto? En todo caso, no hay que desoír o descartar lo negativo, pues puede orientar para hacer las debidas correcciones. Habría que repensar en serio nuestra política, poniendo en juicio lo que haya que poner, para salud del ambiente.
Estamos en un momento clave de la transición democrática. Hay muchas confusiones circulando por la cargada atmósfera nacional. Y, en tales circunstancias, la política tendría que funcionar como brújula; pero, tal como están las cosas, no pasa de hacerlas de veleta. Es por ello vital que los políticos, que han asumido por propia y exclusiva voluntad tal condición, se animen de veras a replantearse su propio rol, que es de servicio, no de autoservicio. De no hacerlo, desembocaríamos casi seguramente en la zona más oscura de lo imprevisible.
El tiempo apremia, prácticamente en todos los órdenes de la agenda nacional. Y tal apremio deriva, en gran medida, de que las tareas respectivas no se han hecho ni a fondo ni a tiempo. La política es una de las actividades más lastradas por la responsabilidad incumplida. Ya no bastan las buenas escenografías ni las ingeniosas coreografías. Se necesitan y se demandan varias cosas urgentes: un elenco capaz, un libreto inteligente, una puesta en escena que convenza en todo sentido. Hagámonos cargo todos de ese imperativo, que es a la vez inmediato e histórico.
Como pueden reducir este tema a una encuesta?. Triste constatar que al rascar un poquito en la cascarita de tonalidad liberal que este periodico tanto se ha esforzado por vender es bien delgadita y facil de levantar. Estan cortados con la misma tijera que los otros cavernicolas del edh.
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