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2009/11/17

No culpes a la lluvia

 

Escrito por Alejandro Alle. Martes 17 de Noviembre.Tomado de El Diario de Hoy.

El duro golpe recientemente asestado por la naturaleza a muchas familias salvadoreñas obliga, en primer lugar, a expresar muestras de condolencia y de respeto.
En segundo término, pone de manifiesto la solidaridad de incontables personas, cuya colaboración anónima estuvo tanto en las tareas de rescate como en el envío de ropa y alimentos.

Y en tercer orden, abordando ya los aspectos económicos del asunto, este doloroso evento constituye una nueva ocasión para dejar de confundir, de una vez por todas, las causas con las consecuencias. Un habitual trastorno que impide encontrar las soluciones correctas.

Es evidente que los destrozos materiales ocasionados por los fenómenos naturales no contribuyen a generar riqueza: un puente roto será siempre una mala noticia.

Hay otra peor. El impacto negativo, también palpable, que esos fenómenos tienen en la situación económica de las familias directamente afectadas, en cuya contención debe concentrarse la ayuda para que puedan recuperarse rápidamente.

Pero sería un error limitarse a estimar el monto económico de los daños, determinando mecánicamente "los puntos porcentuales que restará al PIB", desperdiciando miserablemente la oportunidad de pensar en serio sobre temas más importantes. Preguntándose, por ejemplo, si los huracanes y los terremotos condenan a un país a la pobreza.

Privilegiar equivocadamente la ejecución de "precisos" (¡?) cálculos con datos inciertos a expensas de efectuar una reflexión conceptual sobre asuntos muy ciertos, es un lamentable clásico latinoamericano. Pero usted bien lo sabe: mal de muchos, consuelo de tontos.

La realidad es que ni los Estados Unidos ni el Japón parecen demostrar que los fenómenos naturales sean condena alguna a la pobreza: se trata sin dudas, y paradójicamente, de las dos economías más grandes del mundo, pese a los frecuentes impactos meteorológicos que afectan a los primeros, y a los permanentes movimientos telúricos que golpean a los segundos.

Además de ser una falacia, hacer énfasis en las hipotéticas condenas de la naturaleza desvía la atención de los problemas de fondo para (supuestamente) limpiar responsabilidades por las labores que el Estado nunca efectuó, o que efectuó mal. Por ejemplo, la implementación de una adecuada planificación territorial.

La buena noticia es que nunca es tarde para comenzar. Y quien lo haga tendrá el mérito bien ganado.

Acusar a la naturaleza sirve también de excusa para justificar la persistencia del subdesarrollo, y para olvidar cómodamente las cosas que están pendientes de hacerse. Los políticos, de todo color, suelen estar distraídos en sus discusiones pseudo-ideológicas como para pensar en esas nimiedades.

En este punto es importante destacar que el dinero no es necesariamente un problema: con los más de 160 millones de dólares que el Estado invirtió en el Puerto de La Unión, y que debería haber logrado que aportaran inversionistas privados (aunque todavía se está a tiempo), se podrían hacer cosas más útiles que tener un puerto parado. Sin vías férreas ni autopista.

También hay dinero para construir un camino que une la nada con ningún lugar: la donación de 461 millones de dólares de los fondos del milenio. Había otras prioridades.

¿Conclusión? Ni los huracanes ni los terremotos son una condena a la pobreza. Por el contrario, es la pobreza la que condena a una sociedad a lidiar en desventaja con los fenómenos naturales adversos, agravando sus efectos negativos: desgracias personales e impactos económicos familiares.

Finalmente, por pobreza no sólo deben entenderse las carencias materiales, sino principalmente las faltas de criterio, que permiten la existencia de asentamientos humanos en lugares claramente peligrosos. Por donde pasa la corriente cuando el río desborda.

¿Llueve? No culpes a la lluvia. Ni a la playa. Ni a la noche. Culpá a la falta de planificación. De reglamentos técnicos. Y de infraestructura.

La escasez de ideas, de orden, y de voluntad no son nimiedades, sino anclas a la pobreza. El costo de no levantarlas es demasiado caro: hay más de 180 salvadoreños que deberían seguir vivos. Pero desgraciadamente están muertos. ¿Nadie se hará cargo?

Hasta la próxima.

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