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2009/11/15

Cuando la guerra bajó de los cerros

El cielo anunció guerra. Las balas sorprendieron a una ciudad que no imaginó tener el combate en sus barrios y colonias. Las familias se quedaron sin comida. No hubo agua, luz o teléfono. Aquel 11 de noviembre de 1989, la guerrilla llegó del campo a la capital con fusiles y bombas. Ellos y la Fuerza Armada marcaron con fuego y sangre uno de los capítulos más trágicos de la historia salvadoreña. Veinte años han pasado y algunos de sus protagonistas, desde trincheras diferentes, recapitulan el hecho y lo catalogan como clave para la salida negociada del conflicto armado.

Escrito por Rossy Tejada. Domingo 15 de Noviembre. Tomado de La Prensa Grafica. 

Aquel sábado, toda una ciudad se despertó para lo que pensó sería un día cualquiera. El 11 de noviembre de 1989 había transcurrido como cualquier otro para San Salvador, una urbe que poco sabía de tener una guerra en el patio de la casa. Pero al ocultarse el sol, las explosiones desperezaron barrios y colonias. La insurgencia penetraba la capital.

Ese día significaría un quiebre de la normalidad para una ciudad que, pese a estar inmersa en una guerra civil desde principios de la década, aún podía distraerse con las “maravillas” de Hollywood. En cartelera, “Batman” y “Los Cazafantasmas 2” dominaban los gustos. La Feria del Hogar, inaugurada el 3 de noviembre, recibía a centenares de capitalinos. Por aquel tiempo, los estudiantes sacaban provecho de sus vacaciones. Maquillaje recargado, pantalones ceñidos como chicle y, por supuesto, los peinados abultados. Eran finales de los ochenta. A los citadinos, la guerra aún les sonaba a campo.

Lo que no sabían era que en Managua, Nicaragua, a 362 kilómetros de distancia, esa noche un entusiasta Joaquín Villalobos, comandante en jefe del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), escuchaba por radio que las unidades en El Salvador habían tomado posición.

Solo meses atrás, en julio de 1989, desde una amplia casa de habitaciones grandes en suelo nicaragüense, los comandantes Francisco Jovel, Salvador Sánchez Cerén, Eduardo Sancho, Joaquín Villalobos y Shafick Hándal aún participaban de una de tantas jornadas de organización de la ofensiva que dirigirían. Esa que la comandancia general del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) bautizaría luego como “ofensiva hasta el tope”.

La primera advertencia clara llegaría ese mismo noviembre, el día 9. Desde Managua, retaguardia estratégica de la comandancia, Sánchez Cerén y Eduardo Sancho anunciaron que el accionar guerrillero se intensificaría. Y no solo eso: la guerrilla ya no iba a participar de una ronda de diálogo, palabra tan de moda en aquel tiempo, programada para el 20 y 21 de noviembre en Caracas, Venezuela. Para entonces, en las entrañas de la Fuerza Armada se agitaban sospechas de una incursión militar insurgente.

Eran las 7:15 de la noche del sábado 11 cuando el comandante Villalobos recibió aquella notificación y se tomó un trago de whisky. Minutos después, el país era escenario de la mayor ofensiva guerrillera de su historia. La insurgencia coloreada de verde olivo se alojaba en las casas de los citadinos. La guerra había bajado de las montañas hasta la capital.

San Salvador se convirtió en el ojo del huracán de combates que se extendieron a Santa Ana, Zacatecoluca, San Miguel, Usulután y Chalatenango. La ofensiva pretendía desestabilizar los centros militares más importantes del país. Lo que para el Gobierno y el Ejército comenzó como una simple incursión guerrillera sería, 48 horas después, un combate insurgente de grandes proporciones. El domingo 12, el Gobierno decretó el estado de sitio.

Los días previos a la ofensiva final no fueron menos convulsos. Una bomba destruyó el local de la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños (FENASTRAS), en la 10.ª avenida norte, frente al mercado Cuartel. En el atentado murió la líder sindical Febe Elizabeth Velásquez junto a nueve compañeros.

Sin embargo, dirigentes guerrilleros de aquel entonces aseguran que ese hecho no modificó los planes originales. La incursión se venía cocinando desde hacía más de un año. Los preparativos estaban avanzados aun cuando el FMLN volvió a sentarse en la mesa de diálogo, esta vez con el primer gobierno arenero, en junio de 1989, encabezado por Alfredo Cristiani.

Pero en aquel tiempo, la coyuntura internacional también mutaba. ¿Pudo haber influido la caída del muro de Berlín, dos días antes del lanzamiento de la operación guerrillera, en la ejecución final del operativo? Antonio Martínez Uribe, politólogo y representante político del FMLN en Francia durante los años ochenta, cree que este acontecimiento generó sentimientos encontrados entre los miembros de la comandancia del Frente.

A un grupo de dirigentes en el FMLN, afirma Martínez, la caída del muro les reforzó el planteamiento de que había que buscar una salida negociada fuera del conflicto armado. Joaquín Villalobos y Eduardo Sancho eran algunos de ellos.

“Pero el otro grupo, donde encontramos a Shafick Hándal, a (Salvador) Sánchez Cerén y a Francisco Jovel, en cierta forma, sintió duro darse cuenta de que la URSS y la teoría que movía a miles de millones de personas había fracasado”, sostiene Martínez.

Facundo Guardado, coordinador en San Salvador de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), otra agrupación que integraba el FMLN, así lo plantea: “Si bien se iniciaron conversaciones con Cristiani, no habíamos cambiado nuestra convicción de que una negociación razonable solo iba a ser posible posterior a una demostración de fuerza de nuestra parte”.

Aun 20 años después, hay quienes debaten el objetivo de la ofensiva de 1989. ¿Fue un último intento por empujar al diálogo o por tomar el poder por la vía armada? Ambos, dice el ex comandante guerrillero Francisco Jovel. Desde su cubículo de asesor en la segunda planta de la Asamblea Legislativa, Jovel coincide con Guardado en que aun cuando el FMLN no resultara vencedor, quería demostrar suficiente capacidad militar como para presionar a una salida negociada.

El FMLN no estaba disminuido como el Ejército pensaba. Durante el conflicto y hasta febrero de 1989, la guerrilla se fortaleció militarmente por cortesía del Ejército Popular Sandinista (EPS), que envió armas de origen soviético a través del golfo de Fonseca: municiones, fusiles de asalto AK-47, ametralladoras RPK y bazucas RPG-7 eran parte del arsenal. Hacia el final de la ofensiva fracasaría su conocido intento por hacerse de 24 misiles tierra-aire, los que sí llegaron, pero ya era tarde como para modificar el rumbo de los combates a favor del FMLN.

Durante los días previos a la incursión capitalina, la guerrilla movió tropas, unos 2,000 hombres, desde el interior del país hacia los centros urbanos, a colonias populosas como Soyapango, Apopa, Ayutuxtepeque, Cuscatancingo, Ciudad Delgado, Mejicanos y Zacamil. Junto al ERP y las FPL entraron las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), la Resistencia Nacional (RN) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC). Y así, las columnas de guerrilleros penetraron la ciudad desde puntos estratégicos de despliegue: volcán de San Salvador, cerros de San Jacinto y de Guazapa.

De la nada, bodas sorpresa, fiestas y otras celebraciones fueron mayoría en la periferia de la capital. Sirvieron de fachada para esconder a los insurgentes.

Mientras la guerrilla intentaba camuflar su avance, incluso durante las noches, sus planes ya estaban en el radar del Ejército. “Villalobos manejó muy bien la estrategia de la guerrilla. Sabíamos que algo pasaba, pero el error táctico fue no determinar la magnitud”, analiza el general retirado Mauricio Vargas, en ese entonces comandante de la Tercera Brigada de Infantería, en San Miguel.

El ex presidente Cristiani se remonta 20 años atrás y no duda en decir que fue hasta “48 horas después que vieron lo fuerte de la acción”. En una entrevista de televisión, Cristiani se recuerda a sí mismo aquel sábado 11 de noviembre: “Yo estaba en el lago de Coatepeque esa noche, cuando me avisaron tipo 8 de la noche que había enfrentamientos. Pedí que me llegaran a recoger y llegaron hasta las 5 de la mañana del día siguiente, fue cuando salimos en helicóptero a la capital”.

Y uno de esos primeros enfrentamientos fue el suscitado en Ayutuxtepeque. En la oscuridad, una columna de insurgentes de las FPL se desvió del camino y fueron descubiertos antes de tiempo por el Ejército. Les llovieron balas. Sin embargo, la guerrilla contraatacó usando dos cohetes RPG-7. “Estaban preparados y se controló la situación”, dice Guardado.

A partir de ahí, la Fuerza Armada comenzó a organizar el traslado de la población hacia refugios temporales. Los civiles, en esa zona, no tenían comida, ni agua, ni electricidad. Las banderitas blancas ondeaban entre los multifamiliares de la Zacamil y otras zonas ya para entonces tomadas por la guerrilla. “El que tenía el elemento sorpresa era el FMLN, escondido dentro de las casas”, admite Cristiani.

Ventaja o no, el FMLN se quedó esperando un alzamiento masivo de la población civil. Una vez en las entrañas de barrios y colonias, la población, temerosa, no quería saber nada de fusiles y escopetas. Prefirió protegerse de los ataques como pudo y con lo que pudo. Sin embargo, la muerte alcanzó a muchos que se vieron atrapados en aquellas trincheras.

José Melara, empleado de maquila, perdió a su madre y a su hermano mayor en un fuego cruzado durante los primeros días de ofensiva. José era un adolescente. Hoy, este hombre de 34 años aún habla con rabia de aquel momento que les tocó vivir en Soyapango, una de las zonas más afectadas. Todavía se acuerda del olor a pólvora y de los niños y adultos corriendo agachados para no ser vistos. “Pasábamos encerrados en la casa. Un día mi mamá y hermano salieron con su banderita blanca porque escucharon disparos en la vivienda de una tía. No lograron llegar muy lejos. Yo solo escuché un estallido y el tiroteo. Una granada los mató”, dice.

José creció viendo y escuchando noticias de guerra. A él, a quien la ofensiva le arrancó dos familiares, el conflicto y los motivos que derivaron en la ofensiva no le sirven de nada. Le suena a pleitos políticos.

“La pregunta que me hago después de todos estos años es ¿qué cambio hubo para las familias de los miles de personas que murieron, para quienes quedamos en medio? No importa el bando, perdimos a alguien... y hasta el día de hoy siguen peleando por tener un poder con el que no son capaces de trabajar para ayudar a los demás”, reflexiona en su dolor.

Los combates continuaron más de lo esperado por los militares. Para el 15 de noviembre, una de las metas de la guerrilla se cumplía: la permanencia mínima de 72 horas en la ciudad. Fue entonces cuando el Ejército, al que el Gobierno de Estados Unidos había enviado fusiles de asalto M-16 y otro tipo de armamento, decidió llevar los enfrentamientos a otro nivel: las zonas del norte de la capital fueron bombardeadas por la Fuerza Aérea.

Los residentes en Soyapango y otras barriadas recuerdan la noche del 15 de noviembre como la peor en cuanto a bombardeos de este tipo. Para entonces, a José, el adolescente que perdió a su madre y hermano, un pariente se lo había llevado de ahí.

“Yo di la orden. Decidimos una contraofensiva para sacar al FMLN de estas ciudades. Lo hicimos en San Salvador, San Miguel, Usulután y Zacatecoluca”, esboza con orgullo René Emilio Ponce, general retirado y que para entonces figuraba como jefe del Estado Mayor Conjunto.

Ponce atiende esta entrevista desde la oficina de una gasolinera en San Salvador, su negocio. Detalla que se reunió el miércoles 15 de noviembre de 1989 a las 6 de la tarde con los jefes de los comandos militares posicionados en el área metropolitana. “Analizamos lo que teníamos que hacer para recuperarlas. Nos dimos cuenta de que teníamos que tomar medidas más enérgicas.”

Dos días antes de esa reunión, el lunes 13 de noviembre, se había ordenado un cateo al interior de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), específicamente dentro de la residencia de los padres jesuitas. Para la guerra civil, el centro de estudios había sido marcado como un refugio de insurgentes.

El registro estuvo a cargo del batallón Atlacatl, uno de los comandos élite creado en 1981 y entrenado por Estados Unidos. No encontraron nada. Ese mismo lunes 13, en horas de la tarde, se estableció una zona militar para proteger los lugares aledaños al Estado Mayor, la Escuela Militar y la colonia Arce, situada, precisamente, enfrente del portón principal de la UCA. Este perímetro de seguridad quedó bajo las órdenes del coronel Guillermo Alfredo Benavides Moreno, entonces director de la Escuela Militar.

Hubo quienes pensaron que la decisión de matar a los jesuitas salió de la reunión del 15 de noviembre. Eso, o que el coronel Benavides malinterpretó lo que ahí se dijo acerca de ir contra los “puestos de mando” del FMLN.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) consigna en un informe que un conocido militar retirado, el coronel Ochoa Pérez, declaró en una entrevista del programa “60 Minutes” de la televisión norteamericana el 22 de abril de 1990 que estaba convencido de que el coronel Benavides no había actuado solo, sino que había recibido órdenes de un grupo pequeño de oficiales tras la reunión amplia del Estado Mayor, la noche del 15 de noviembre.

La madrugada del 16 de noviembre de 1989, aquella vorágine de guerra y fuego penetró el campus. Un comando del Ejército asesinaba a los seis sacerdotes, a la empleada doméstica y a su hija. El Gobierno atribuyó en un inicio la matanza a la guerrilla.

No son pocos los que creen que el asesinato de los jesuitas fue el error político más grande que, en desesperación, cometió la Fuerza Armada. Una de esas voces es la del actual rector de la universidad, José María Tojeira. Otra es la del mismo Ponce.

El sacerdote aún recuerda su último encuentro con el padre Ignacio Ellacuría, entonces rector de la UCA y partidario de una salida negociada al conflicto. Habló con él un día antes de morir: “La última conversación fue el 15 de noviembre en su casa, tomando café después del almuerzo. Me comentó que estaba intentando hacer contacto telefónico con algunos militares y con (el presidente) Cristiani, pero que todavía no lo había conseguido. Me repitió que la ofensiva había sido un error, pero que había que trabajar en convertir ese error en un motivo más para acelerar las conversaciones de paz”.

“¡Ha sido una pesadilla!”, se queja Ponce. Hablar de la muerte de los jesuitas despierta resquemor en este ex militar de pelo crespo, pocas canas y abundante bigote. Asegura que después de dos décadas, aquel asesinato regresa cada noviembre a pasarle factura. “Le digo que es una pesadilla porque nadie en el Alto Mando le dio orden al coronel Benavides de enviar tropas a la UCA y mucho menos de matar a los jesuitas. Fue algo lamentable.” Y continúa: “No es cierto que yo di esa orden. Es difícil todavía aceptar que luego de 30 años dedicados a la Fuerza Armada asocien el nombre de “Ponce” al asesinato de los jesuitas”.

Tojeira está convencido de que la ofensiva hubiera retrasado las negociaciones si la muerte de los jesuitas no hubiera levantado un clamor tan general a favor de la paz.

En el combate aéreo, la guerrilla nunca pudo extender las alas en toda su envergadura. Los tan ansiados misiles tierra-aire no llegaron a tiempo como hubieran querido para cambiar el curso de los enfrentamientos.

En la madrugada del sábado 25 de noviembre, poco antes de que terminara la incursión, una avioneta tipo Cessna procedente de Managua que transportaba armamento ruso para el FMLN se estrelló en un descampado del cantón Piedra Pacha, cerca de El Tránsito, Usulután. En su interior, 24 misiles tierra-aire marca SAM-7 de fabricación soviética, un cañón antitanque de 75 milímetros y un misil tierra-aire conocido como “Red Eye” de fabricación norteamericana, entre otro arsenal.

Jovel descarta la teoría de la inexperiencia de la tripulación. “Debió ser otra cosa.”

Ante aquello, optaron por hacerlo vía terrestre y marítima. Por aire, como ya habían visto, resultaba más complicado. Y caro. Pero los que llegaron por barco tampoco sirvieron. Fue hasta después de las elecciones de Nicaragua que el FMLN pudo adquirir misiles rusos, los que utilizaron en la poco conocida ofensiva de 1990.

Ocho días después de la incursión guerrillera, el FMLN llevó el combate de los barrios a las colonias de clase media y alta. La insurgencia penetraba en la Escalón y la San Benito. El objetivo: desestabilizar al Ejército.

Haber mantenido una unidad permanente en las faldas del volcán de San Salvador facilitó las cosas para entrar a la Escalón. Otro propósito fue tocar puntos neurálgicos como la Residencia Presidencial y el Estado Mayor.

La llegada a la Escalón había cumplido otra función: en la madrugada del 21 de noviembre, 11 días después de iniciada la ofensiva, fuerzas de las FPL y ERP se tomaron la torre VIP del Hotel Sheraton, ahora Radisson. Ahí estaba un grupo de asesores norteamericanos y Joao Baena Soares, secretario general de la OEA. Veinte años después, algunos dirigentes afirman que la presencia de los funcionarios en el lugar les cayó de sorpresa.

La misión no duró mucho. El Ejército desalojó a los insurgentes del hotel y colonias cercanas. Esas fueron de las últimas incursiones guerrilleras. Para el 23 de noviembre, los combates habían disminuido sustancialmente en San Miguel y las demás ciudades. Los insurgentes comenzaron a replegarse a sus retaguardias. La “ofensiva hasta el tope” ya era parte de la historia en los primeros días de diciembre. Un informe posterior de la CIDH estimó que el saldo de muertes durante los meses de noviembre y diciembre que duró la ofensiva ascendió a 2,400 víctimas, las que se sumaron al total de 75,000 salvadoreños muertos durante los 12 años de guerra. Un precio demasiado caro, vidas perdidas que ningún ideal justifica.

Ni vencedores ni vencidos. La frase aún aplica al análisis 20 años después de la ofensiva guerrillera. Como sea, los escenarios quedaron estructurados de forma diferente luego de aquello.

A la coyuntura nacional, de práctico empate militar y agotamiento de la población tras una guerra demasiado larga, se sumó el cambio sufrido por los países del socialismo real y la nueva postura de los Estados Unidos, favorables ahora a una solución negociada al conflicto. El asesinato de los jesuitas, ante la condena mundial, tampoco abría la puerta a otra salida que no fuera la negociación. Para muchos, ese escenario transformado fue el gran papel que, pese al luto, jugó la ofensiva en la historia salvadoreña.

En abril de 1990 la guerrilla y el Gobierno aceptaron en Ginebra la mediación de la ONU en las conversaciones de paz. Los profundos problemas políticos y sociales que durante 12 años llevaron a un sangriento enfrentamiento civil y militar en El Salvador llegaron a su término con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992.

En capítulos más recientes, en noviembre de 2007, el FMLN, convertido en partido político tras la firma de la paz, se embarcó en una nueva ofensiva: la de llegar a la presidencia. Y el 1.º de junio de 2009, con el rostro de un periodista, el primer gobierno de izquierda se instalaba en El Salvador. El día en que el FMLN llegó al poder mediante las urnas y no con balas. Pero esa es una historia aún joven para ser contada.

2 comentarios:

  1. Gracias por escribir esto, me ha ayudado mucho. Sabes que necesito saber en qué cerro cercano a San Salvador se ubicaba la guerrilla en marzo del año de las elecciones... te lo garadecería porque me ha costado mucho saber ese dato y lo necesito para un cuento que estoy escribiendo.
    Jessica Acuña
    jacunaneira@gmail.com

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