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2010/11/08

LPG-Tenemos que procesar inteligentemente este momento

 Como siempre ocurre, la percepción sobre los contenidos y posibilidades del fenómeno real, en cualquier parte y en cualquier circunstancia de que se trate, puede ser enfocada desde dos ángulos posibles: el ángulo de lo negativo y el ángulo de lo positivo. Desafortunadamente, tanto lo positivo como lo negativo vienen siendo caricaturizados de manera ya tradicional, y eso induce a creer que lo negativo es negro y que lo positivo es blanco; o, para ponerlo dentro de un colorido más acorde con los tintes actuales: lo negativo es rojo y lo positivo es rosa. Nada de eso es realista. La visión negativa es la que privilegia el conflicto sobre las eventuales soluciones; la visión positiva es la que privilegia las eventuales soluciones frente al conflicto. No es un pulso entre ingenuidad y astucia; es un pulso entre la visión de muro y la visión de tránsito.

Escrito por David Escobar Galindo.08 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.

“Hemos estado dominados por el maleficio de la fuerza, que antes se manifestaba como imperio militar y hoy se refugia en las trincheras de los intereses.”

Aunque en el ambiente hay gran cantidad de brotes de explosividad retórica, que se dan sobre todo porque los actores políticos se dejan llevar por la ira cuando la crítica les disgusta, lo cierto es que en términos más sustantivos hay bastantes señales que inducen a pensar que hay buenas posibilidades para construir una sólida plataforma de entendimientos, siempre que los liderazgos nacionales se decidan en conjunto a hacer interactuar tres virtudes prácticas indispensables: el respeto, la comprensión y la paciencia. En la falta crónica de tales virtudes en movimiento está el detén principal de cualquier esfuerzo para enfrentar en serio la problemática básica del país. Esas virtudes fueron las que, al manifestarse en forma providencialmente espontánea durante el proceso de negociación de la paz, hicieron posible que éste llegara a buen término.

Es claro que esas tres virtudes señaladas, que al existir de veras se convierten en actitudes gestoras, son de seguro de lo más difícil de encontrar en cualquier conglomerado humano, y ya no se diga cuando estamos hablando de lo que ha ocurrido y ocurre en un ambiente como el nuestro, sistemáticamente distorsionado por el predominio de las pasiones detonantes. Pero la realidad tiene su lógica de recorrido, y, al hallarse dicha lógica bajo el signo de la democracia en evolución, ya no es posible hacer las cosas como antes sin pagar consecuencias cada vez más gravosas. Hoy, el respeto es un requisito de la convivencia; la comprensión es una demanda de la funcionalidad; la paciencia es un recurso metodológico del progreso. Estamos, pues, compelidos a la reeducación personal y colectiva, para que nuestros diversos procesos se mantengan vivos y sanos.

Una de las claves fundamentales para asegurar que el proceso nacional vaya por vía segura y progresiva consiste en lograr y consolidar una alianza básica: la alianza entre la inteligencia y el poder. Aquí nos sirve como anillo al dedo una de esas citas que verdaderamente valen oro: “Las sociedades no están bien gobernadas, de hecho y de derecho, sino cuando estas dos fuerzas, la inteligencia y el poder, se superponen”. No es una cita de hoy, pero sí para hoy; más que nunca para hoy. Eso lo escribió nada menos que Víctor Hugo, uno de nuestros guías intelectuales de siempre, en agosto de 1830, hace 180 años, en su “Diario de ideas y opiniones de un revolucionario de 1830”. Desde que la política es política, la inteligencia y el poder nunca han sabido entenderse como Dios manda. Y por eso la historia es lo que es.

En nuestro país, la tradición política ha sido más bien desestimuladora y desactivadora de la posibilidad de que la inteligencia y el poder se integren. Hemos estado dominados por el maleficio de la fuerza, que antes se manifestaba como imperio militar y hoy se refugia en las trincheras de los intereses. El presidencialismo egocéntrico, derivación del viejo caudillismo, constituye uno de los valladares estructurales de la modernización del país. Y esto es aún más patente en el tramo actual de nuestra evolución, cuando la naturaleza del dinamismo político imperante demanda un tratamiento inteligente mucho más eficaz. Y dicha inteligencia debe manifestarse tanto en los contenidos como en las formas de la acción. No es casual, entonces, que los contenidos frívolos y las formas descontroladas estén cada vez más en la picota.

La crisis global detonada en 2008 ha venido a desnudar la necesidad imperiosa de poner en práctica la inteligencia global. Y esto vale para todos los órdenes, comenzando por lo económico y lo político. E internamente, en nuestro caso, los desafíos que tenemos entre manos, y que de ninguna manera podríamos eludir en las circunstancias y condiciones presentes, exigen una urgente interacción entre inteligencia y poder. Para ello se necesita que la inteligencia se manifieste y que el poder se ordene. Y en la democracia a quien le corresponde mantener el ojo puesto en que esto se realice es al ciudadano, que tiene a su disposición no sólo la fuerza del voto sino también el barómetro de la opinión. Por eso las mejores salvaguardas del proceso tanto global como nacional son la inteligencia y la vigilancia ciudadanas.

Tenemos que procesar inteligentemente este momento

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