Escrito por Geovani Galeas.16 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.
geovanigaleas@hotmail.com
En mi columna anterior afirmaba que el FMLN, entrampado entre el cálculo electoral y las pugnas por el control cupular del aparato partidario, ha respondido con medidas meramente administrativas, como la depuración de su padrón por ejemplo, a los crecientes cuestionamientos de sus militantes y simpatizantes. Pero esos cuestionamientos han pasado al nivel político e ideológico.
No se trata ya de reprobar la prolongada rotación de las mismas personas por los cargos públicos y sus respectivos privilegios económicos, sino de negar incluso el talante revolucionario de la dirigencia en pleno. El asunto se presenta, aparentemente, como un nuevo análisis que considera las pasadas elecciones presidenciales no solo como un error estratégico de la cúpula, sino más bien como un engaño deliberado a la militancia y al pueblo.
Digo aparentemente porque en esencia se trata de un viejo debate que se creía sepultado junto al cadáver de Salvador Cayetano Carpio. En el centro de esa discusión aparece el diálogo, la negociación y el acuerdo de paz, en tanto contrapartida de la guerra popular prolongada, no como un avance significativo ni como una conquista, sino como una simple claudicación que se intentó justificar con la tesis del cansancio de guerra.
La izquierda que hoy se reagrupa, fuera del FMLN y de la mano del fantasma del comandante Marcial, plantea que no se derramó tanta sangre solo para acceder a una “democracia burguesa”, que por supuesto considera despreciable, sino con el objetivo de imponer la dictadura del proletariado como fase de transición hacia el socialismo. Por eso es que el concepto de lucha de clases, que habría sido abandonado por la actual dirigencia del FMLN, vuelve a la agenda de la izquierda.
Y con ello la izquierda (y de paso el país en alguna medida) retrocede a los años setenta del siglo pasado, cuando los jóvenes revolucionarios consideraban la vía electoral como un mero juego burgués. Solo que algunos de aquellos jóvenes son ahora los vetustos dirigentes a quienes han comenzado a gritarles: “electoreros, al basurero”. Pero si según esa izquierda emergente la vía electoral ha quedado de nuevo cancelada, como lo afirman en sus publicaciones, ¿se plantea otra vez la vía armada?
Pareciera una broma pero no lo es. Los delirios ideológicos suelen ser siempre mucho más que una broma y también suelen teñirse de sangre. Lo más irónico es que, cuando en realidad hubo guerra, los nuevos radicales evitaron tomar las armas y se refugiaron en los partidos tradicionales, la academia, las oenegés, las iglesias evangélicas y hasta en Estados Unidos y otros países. De ahí provienen en su mayoría los que sienten nostalgia por lo que no fueron en su momento y hacen sonar en desfase los tambores de guerra.
En 1983, la comandancia guerrillera advirtió a los partidarios del fallecido comandante Marcial que no había revolucionarios fuera y mucho menos contra el FMLN. En 2005, José Luis Merino, ahora biógrafo y ferviente admirador de sí mismo, dictaminó que en El Salvador no había izquierda más allá del FMLN. Ahora la izquierda agita al fantasma de Marcial y decreta que el FMLN ha dejado de ser revolucionario y de representar los intereses del proletariado.
¿Cuánto anacronismo e incesante pleito interno es capaz de resistir una fuerza política? ¿Cuánto retroceso histórico es capaz de tolerar un país que ya pasó por un espantoso baño de sangre? Tropezarse una y otra vez con la misma piedra puede ser la vocación fatal de un grupo de sectarios aferrados a un dogma ideológico, pero no puede ser el destino nacional. La racionalidad del diálogo y la concertación, entre todos los sectores del país, debe imponerse por sobre las vociferaciones del odio de clases.
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