El poder es potencialmente esquizofrénico, en el sentido de que induce a creer que la realidad está a su servicio y no al revés, como debe ser.
Escrito por David Escobar Galindo.06 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.
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Cuando se habla del arte de gobernar lo común es poner de inmediato el foco de atención sobre la política, como si sólo ahí se pudiera dar el ejercicio gubernativo. En realidad, el arte de gobernar es una práctica que comienza con la vida misma de cada quien, trátese de los individuos o de las asociaciones de todo tipo que aquéllos forman. Aunque no nos demos cuenta, desde que somos capaces de tomar una decisión, aun antes de la conciencia plena, estamos haciendo labor de gobierno. Y si algo viene a ser esencial para el buen desempeño en el oficio de vivir es el temprano, tempranísimo adiestramiento en las líneas maestras del autogobierno. Hay que comenzar por decir, pues, que el arte de gobernarse y de gobernar requiere, insoslayablemente, del aprendizaje sostenido y articulado, que en realidad nunca concluye.
Gobernarse y luego gobernar realidades externas implica, pues, un ejercicio constante de elección. El ser humano tiene ante sí, siempre, un catálogo de posibilidades. Escoger entre ellas es lo que va siendo inevitable en la medida que los acontecimientos se suceden. Y dicha elección, como es perfectamente sabido por experiencia, puede hacerse por voluntad activa o por dejación pasiva. La voluntad activa implica alguna forma de compromiso; la dejación pasiva va de la mano del ausentismo existencial. Aquélla es una expresión del ser que se anima a autoposeerse; ésta es una evidencia del ser que se niega a sí mismo. Somos, pues, queramos o no, nos demos cuenta o no, seres de elección, desde la más insignificante hasta la más trascendental. Y tomar conciencia de ello es el comienzo de toda autorrealización real.
La práctica del autogobierno nos habilita progresivamente para ejercer dos controles indispensables: el control de las propias emociones y percepciones, y el control de los desafíos externos. Es decir, cada ser humano, sin importar la actividad que realice y el ámbito en que desenvuelva su propia realidad, está llamado, desde el momento en que le toque asumir lo que podríamos llamar la administración de la conciencia, a poner en práctica una especie de política ordenadora de su vida individual y de las consecuencias con que dicha vida se proyecte. El punto focal, pues, es la conciencia; y la tarea principal es el manejo creativo y responsable de la misma. Sin ese autogobierno aludido, el primer resultado nefasto es el desperdicio del tiempo existencial, que siempre es escaso, y, por ende, tiene un valor muy superior al que le asigna el calendario.
El autogobierno efectivo o la falta del mismo se ponen en evidencia de manera dramática cuando la persona está llamada a ejercer funciones de liderazgo, de cualquier naturaleza o nivel que éste sea. Y es que la prueba suprema del autogobierno –desde cualquier ángulo que se vea este fenómeno— está en el ejercicio del poder. El poder, en su diversidad de expresiones, tiende a volverse una especie de droga alucinatoria, capaz de trastocar los juicios sobre la realidad. El poder es potencialmente esquizofrénico, en el sentido de que induce a creer que la realidad está a su servicio y no al revés, como debe ser. Tener presente este peligro es una ayuda significativa en la línea de desarrollar los necesarios autocontroles y, colateralmente, los controles externos para que la función servicial del poder se imponga sobre su tentación egocéntrica.
De un análisis que no necesita ser profundo se colige que la efectividad del autogobierno, al servicio de cualquier expresión de gobierno, requiere algunos factores básicos articuladamente concurrentes: dominio de la función emocional, destreza suficiente en la función racional, comprensión progresiva del fenómeno real. Es decir, administración consistente y consecuente de pasiones, de razones y de percepciones. La trenza de las tres inteligencias: la emocional, la racional y la perceptiva. En ninguna parte del mundo se produce fácilmente ese concierto virtuoso. Por el contrario, lo que vemos en todas partes es un déficit desolador al respecto. Un déficit que igualmente se presenta en los países llamados desarrollados y en los demás. No es de extrañar entonces que la inseguridad global sea tan amenazante.
La dinámica del momento histórico que vive El Salvador en nuestros días nos impele a considerar, con más atención que nunca antes, el tema siempre vivo y siempre decisivo del arte de gobernar. Porque no es una práctica simple, que puede asumirse de manera improvisada y casual: es un arte que requiere formación y disciplina, como todas las artes conocidas, y de seguro más que cualquiera de ellas. No haberlo visto y asumido en tal condición nos ha llevado, como sociedad, a muchas fallas y desajustes evitables. Es hora de prevenir el error.
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