La vulnerabilidad ha estado presente en la vida nacional desde que se tiene memoria; pero eso no debería justificar, de ninguna manera, el permanecer en lo mismo, como si se tratara de una fatalidad natural o histórica.
Escrito por Editorial. Lunes 09 de Noviembre. Tomado de La Prensa Grafica.
Las torrenciales lluvias desatadas en el territorio nacional, ya en las postrimerías de la estación lluviosa normal, han dejado esta vez una secuela de muertes y desgracias que ponen una vez más en evidencia la vulnerabilidad extrema que caracteriza las condiciones de vida de buena parte de la población. Inundaciones, deslaves, derrumbes y otras calamidades se hacen presentes por doquier cuando los efectos de los trastornos climáticos se hacen sentir; y, aunque es previsible que fenómenos como éstos se produzcan con gran facilidad y recurrencia en estos tiempos de inestabilidad atmosférica global, la impresión que queda siempre es que estamos expuestos a lo peor sin que haya respuestas verdaderamente eficaces frente a los desastres.
Los esfuerzos de protección durante y después de las emergencias son desde luego vitales para, al menos, aliviar el sufrimiento de las víctimas y evitar en el momento males mayores; pero lo que en verdad se requiere en el país es no sólo una política preventiva por parte de la institucionalidad sino una cultura también preventiva en el ámbito social. Y lo básico es, desde luego, que las condiciones de vida se vayan volviendo seguras en lo fundamental. Esto es lo que habría que proponerse y realizar cuanto antes.
La vulnerabilidad ha estado presente en la vida nacional desde que se tiene memoria; pero eso no debería justificar, de ninguna manera, el permanecer en lo mismo, como si se tratara de una fatalidad natural o histórica. La modernización pasa por tomar conciencia de que todas las vulnerabilidades son superables, y actuar todos en consecuencia, para que los azotes inevitables encuentren barreras permanentes y suficientes.
LA PREVENCIÓN ES TAREA ESENCIAL
Se ha dicho cuantas veces ha sido oportuno: si algo ha caracterizado el modo de actuar de los salvadoreños es esa especie de dejadez endémica que nos hace vivir “a salto de mata” y “a lo que venga”, sin ningún empeño sostenido de organizar la vida tanto institucional como social en línea a un propósito de seguridad general integral. Se habla mucho de inseguridad, pero casi siempre se hace referencia a la falta de seguridad pública; y aun en este enfoque limitado hay un reduccionismo adicional: se habla de seguridad pública en relación con medidas inmediatistas, como es, ahora mismo, el rol complementario que se le está asignando a la Fuerza Armada en la lucha antidelincuencial.
En lo que toca a las distintas vulnerabilidades que nos aquejan, hay que tener presente que al no haber tenido una política integrad ora al respecto lo que se ha creado es un estado de vulnerabilidad, que se manifiesta de distintas maneras. En el caso de los desastres provocados por causas naturales ese estado de vulnerabilidad se pone en evidencia cuando se hace el recuento de los daños luego de los desastres sucesivos. Son las vidas humanas –no sólo las que se pierden, sino las que quedan más vulnerables que antes— las que se muestran en la primera línea del quebranto.
Es hora, pues, y viene siéndolo desde hace tiempo, de que tomemos todas nuestras vulnerabilidades en serio, y más que hacer la bulla pasajera cuando ocurren los desastres se concrete la voluntad de hacer algo de veras concreto para transformar la realidad.
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