Hasta los 60, el país estuvo sometido al triángulo férreo de la Fuerza Armada, la Iglesia Católica y la oligarquía económica. Las tres se apoyaban, de modo que cuando se sintieron amenazadas por vientos de cambio en 1960, la Iglesia corrió a organizar la resistencia entre los campesinos y llevó a miles a una demostración el 15 de agosto, que resultó vergonzosa e indignante. El 16 los estudiantes universitarios y otras asociaciones populares convocamos a la respuesta, masiva y aterradora para el gobierno, que se apresuró a dictar la represiva Ley de Reuniones Públicas, que los estudiantes desafiamos convocando a una nueva manifestación el 19, la cual partiría de la Facultad de Medicina, con anticipación circundada por la Policía. Ante la arremetida de esta, unos 300 estudiantes nos encerramos en la Facultad donde por la autonomía universitaria los agentes no entraron, pero la rodearon.
Escrito por Ivo Príamo Alvarenga.10 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.
Los policías no tenían órdenes de disparar, según descubrimos cuando desde la terraza los insultábamos y les lanzábamos piedras. Nos apuntaban sus metralletas para asustarnos, pero no lo lograban y arreciábamos nuestra lluvia de palabras y pedruscos. Llegaron entonces los bomberos, cuyas mangueras sí nos ahuyentaron al interior del edificio, cuyas ventanas y muchos aparatos científicos fueron destruidos por los chorros.
Durante la noche, dos militares de alto rango, el general Rodríguez y el mayor Buitrago, que como diputados se habían transformado en opositores, atravesaron el cerco policial y nos llevaron cajas de pollo rostizado y bebidas.
Los sitiados dizque para organizar la “defensa” del edificio y otros menesteres decidimos formar un Consejo Ejecutivo. Nos reunimos en la rotonda todos los que teníamos cargos directivos estudiantiles en las distintas Facultades y el pleno de los refugiados, exceptuando a los que montaban guardia en lugares clave. Se designaron los integrantes del Consejo y por último, para la presidencia, quedábamos solo Roque Dalton y yo. Alguien desaconsejó elegir al primero, porque su fama de comunista ayudaría al gobierno a darle al movimiento ese matiz que sin duda le atribuiría. Me nombraron a mí.
A la mañana siguiente, a medida que las tropas se retiraban, iban acercándose grupos de personas, aparecidas no se sabe de dónde, que pronto fueron multitud. Cuando salimos los estudiantes, nos recibieron aplausos, vítores, consignas contra el gobierno y gritos de que se hiciese allí mismo un mitin. El pueblo estaba en pie de lucha.
A los pocos días, una asamblea general de estudiantes me designó presidente de un Consejo, con plenos poderes para conducir la lucha, eligiendo sustitutos de los miembros inmovilizados por estar encarcelados o perseguidos; quedando los que tuvieran posibilidad de actuar, facultados para cualquier decisión. Se acordó también una manifestación para el 2 de septiembre.
Ese día, la ciudad fue ocupada militarmente. A la Policía se unieron la Guardia Nacional, la Policía de Hacienda y el Ejército, especialmente el Regimiento de Caballería. En cada esquina había hombres con fusil y bayoneta calada, que la gente no temía, pues trataba de concentrarse donde creían que podía hacerse un mitin, siendo dispersados por las tropas a las que les contestaban con pedradas. Aún no había orden de disparar.
La Rectoría de la Universidad quedaba en el ex colegio Sagrado Corazón, una cuadra al poniente y una al sur del Palacio de Telecomunicaciones donde después estuvo la ANTEL. En la esquina de la calle Rubén Darío se juntaron miles de personas y se comenzó el clamado mitin, disuelto con terribles consecuencias.
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