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2010/11/13

LPG-La caída de los puntos cardinales

 El 9 de noviembre de 1989 significó para la historia mundial no solo el derrumbe del Muro de Berlín (construido el 13 de agosto de 1961) sino el fin de las utopías del socialismo real para la Europa Oriental.

Escrito por David Hernández.13 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.

A partir de ese histórico día, todo el castillo de naipes del sueño socialista soviético, hegemonizado por un partido único y por la economía de comando planificada cayó, como en un efecto dominó, en menos de dos años.

En realidad no se trató de una derrota militar o política sino más bien de una implosión en el seno mismo del sistema socialista soviético europeo, lo cual llevó a las élites gobernantes a realizar un virtual hara-kiri que entregó, sin mayor contrapartida, la totalidad de países socialistas en manos de un capitalismo salvaje que engulló, con una voracidad de hiena, todos los aspectos positivos y las conquistas sociales logradas por el socialismo real como la salud y educación gratuitas o la garantía de empleo para toda la población.

Ello propició el surgimiento de las mafias de poder, generalmente ex miembros de los servicios especiales y jerarcas del partido comunista, que monopolizaron la privatización completa de estos países, comprando a precios de quemazón toda la infraestructura económica que pasó intacta a los nuevos magnates y políticos surgidos de las cenizas del antiguo régimen.

Tres son las causas que influyeron en la decisión de los dirigentes soviéticos comandados por Mijaíl Gorbachev para capitular sin presentar batalla ante Occidente, vale decir, ante el capitalismo real: su convencimiento, luego del proceso de perestroika (reestructuración) y glasnost (transparencia) de que la economía socialista planificada de comando era un fracaso y por lo tanto la carrera armamentista sostenida con Estados Unidos y sus aliados occidentales iban a perderla; la no solución del problema de las nacionalidades en una Unión Soviética que por entonces contaba con más de 150 naciones, que comenzaban a poner en crisis la existencia misma de la URSS en ese entonces; la ingenua convicción de que podrían reformar la parte del sistema socialista podrida coexistiendo con formas capitalistas de producción.

Esta conclusión, en la cual influyó también el convencimiento de que una tercera guerra mundial no dejaría seres humanos vivos sobre el planeta, la llamada Política de Mutua Destrucción Asegurada, fue la que privó en el ambiente político-social alemán ese noviembre de 1989, que condujo a la caída del Muro.

Prueba de que había un consenso tácito en la jerarquía política que propiciaba estas acciones fue el hecho de que ninguno de los 400,000 soldados soviéticos del Ejército Rojo estacionados en la República Democrática de Alemania (RDA, comunista) fueron movilizados para defender la “vitrina del campo socialista”, como se conocía a la RDA. Tampoco se apretó ningún botón nuclear de los centenares de misiles y ojivas atómicos de corto y largo alcance que los ejércitos del Pacto de Varsovia tenían instalados en bases ubicadas a lo largo y ancho del territorio de la RDA.

Hay que decir, en honor a la verdad, que la euforia y alegría de la población fue unánime tanto en la RDA como en la República Federal de Alemania (RFA). Era el reencuentro de una sola nación, dividida por disputas de hegemonía mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

Si hay una lección que podamos sacar de este trascendental suceso es la de que privó la aterciopelada violencia de la razón en todos los actores involucrados, lo cual llevó al derrumbe y al colapso de todo un país, la RDA, y de todo un sistema, el socialismo real de la Europa Oriental, sin que se disparase un tan solo tiro y sin ningún muerto o herido.

La caída de los puntos cardinales

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