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2010/11/04

Co Latino-A través de las tinieblas: viviendo con miedo (2) | 03 de Noviembre de 2010 | DiarioCoLatino.com - Más de un Siglo de Credibilidad

 René Martínez Pineda.04 de Noviembre. Tomado de Diario Co Latino.
(Coordinador General del M-PROUES)*

En los burgos (nombre originario de la ciudad) nacieron labores distintas a las agrícolas, las que al institucionalizarse especializaron las profesiones (vía gremios y pre-fábricas) y monetizaron la economía, tejiendo la red económica donde el hombre rural se “liberó” de sus grilletes milenarios (esclavitud y servidumbre); y forjando con vapor las nuevas cadenas (trabajo asalariado), lo que no le importó al principio, debido a que disfrutaba de una alucinación adictiva: el anonimato, esa apócrifa naturaleza humana resumida en la frase publicitaria de entonces: Stadtluft macht frei: “el aire de la ciudad te hace libre”.
Pero, así como el burgo –ya convenimos tácitamente en que ese nombre usaré- se convirtió en el centro económico-cultural por excelencia, pues ofrecía las mejores posibilidades para la producción de mercancías y la reproducción de los saberes, descubrimientos y creencias, también se convirtió en el receptor de los males sociales más infames.
Por eso las universidades, en los siglos XII y XIII, jugaron un papel de primer orden en el progreso y complejización de la cultura local –trocándola en un hecho regional cada vez más desmadrado- así como la delincuencia común lo jugó en los hábitos de comportamiento cotidiano y en el nacimiento de los nuevos miedos, originariamente vinculados a los problemas sanitarios (miedos primarios de orden biológico, los más fuertes del momento) y, después, a los derivados de la miseria colectiva (miedos secundarios de orden social) sobre todo en los burgos más poblados.
Desde la perspectiva sociológica, el miedo urbano es complemento y extensión de la función del dolor social, en tanto nos alerta sobre los peligros que, si bien no conciernen a nuestro cuerpo-sentimiento en un momento real, es decir que no nos han ocasionado dolor todavía, pueden ser una amenaza para la salud o la sobrevivencia. Mil años después, la jerarquía ha cambiado, y el miedo urbano es ya una originaria emoción sociocultural y no biológico-primaria, por eso tiene tantas expresiones como espacios sociales existen. Dentro de esas expresiones, el miedo a la inseguridad personal (específicamente la personal, por ser un reflejo de la incertidumbre) es, sin duda, el más latente, el que más agobia, el que más le quita el sueño al urbano, el que mejor representa a la personalidad social moderna: la incertidumbre.
Por tal razón, es tan devastador como el miedo al desempleo, a la pobreza, a no ser aceptados socialmente, y su lacerante vigencia debería llevarnos a comprender que la inseguridad personal es la prehistoria del miedo fundamentalista, el que le subyace, el que lo alimenta: el miedo que nos funda, el sistémico, el que sirve para amaestrar, para atomizar, para hacernos renunciar a nuestra identidad. El que nos totaliza y nos disuelve, como si fuéramos ninguno, en la masa que consume y deja de pensar-sentir. El que vitaliza al axioma lapidario: “ser o no ser”. Entonces, hablamos del miedo constitutivo que nos induce a ser nada al no tener nada, lo cual hay que rastrear siglos atrás.
La ciudad medieval, verbigracia, protegía con muros, cuarentenas radicales, pozos de aceite hirviendo y fortificaciones insobornables a sus pobladores (y campesinos que eran cubiertos por su sombra) de los bandidos itinerantes y de las guerras feudales, por lo que me la imagino como: un claustro voluntario en medio de la acuarela agrícola que, a la vez, servía de mercado del área de influencia. Su estilo urbanístico era lógico, pues, se vivían oleadas sucesivas de invasiones que duraron hasta el siglo X (vikingos, germanos, musulmanes, húngaros). Incluso las calles de la época, tortuosas y estrechas, fueron ideadas para facilitar, al reflejo, la defensa ante las invasiones. Paradójicamente, la ciudad que antaño fuera un refugio contra la violencia social, debido a esa urbanística, es hoy el escenario propicio para secuestros, robos y asesinatos que provocan un poderoso e inexorable sentimiento de inseguridad en sus habitantes, quienes le pagan al gobierno (y hoy también a la empresa privada) para ser protegidos, incluso a costa de su soberanía ciudadana.
Otra paradoja moderna es que en lo urbano se registran muchos más delitos que en lo rural, lo que responde al mutuo conocimiento de los pobladores de este último segmento geográfico, debido al menor deterioro de las estructuras familiares y, también, al hecho de que el área rural tiene comportamientos morales más homogéneos y conservadores que las urbanas, lo que a su vez es otra paradoja en el desarrollo de la civilización.
Según una encuesta que hice con los estudiantes universitarios que pasaban frente a mi oficina –tan válida como la Gallup, por el resultado- “ocho de cada diez salvadoreños se sienten poco o nada protegidos por la justicia y la policía”, y creen que “la respuesta del sistema judicial ante el aumento generalizado del delito es precaria”. Pero, lo mismo se decía en 1958, año en el cual –a pesar de la enorme omisión- se registraban cerca de mil homicidios anuales en un país con unos dos millones de habitantes. Lo grave del dato –eso no lo explican las encuestas de juguete- es que esa percepción se traduce en un fuerte desincentivo para la denuncia de los ilícitos, por lo que, modestamente, debemos considerar que la cuantía del crimen subterráneo (el no denunciado) supera el cincuenta por ciento.
Pero ¿cómo se define el miedo a la inseguridad urbana? Este particular miedo, está referido al sentimiento de impotencia que sufren los ciudadanos comunes frente a todos los tipos de violencia: desde la matonería del vecino que se apodera de la acera, o la del busero que hace de las calles su reino privado; hasta los asesinatos y la extorsión. En El Salvador de hoy –como en el de ayer, en el que, en el año 1944, se dijo que “la delincuencia infantil está subiendo y los ladrones hacen y deshacen a sus anchas en todo el país”- esta cuestión remite al aumento irracional de la violencia delictiva, la que el sociólogo, obligadamente, deben enmaridar con la de la cruenta dictadura militar, durante la cual miles de personas experimentaron –como víctimas, victimarias, mudas o relatoras- el terror, la bestialidad, la crueldad y la impunidad oficial en un grado definitivamente enfermizo, del que –según los datos- les ha sido imposible salir durante muchas generaciones, debido a que esa situación de consuetudinaria violencia –desde que, en 1833, expusieron la cabeza de Anastasio Aquino en una estaca a la entrada del pueblo- fue considerada una virtud cultural.

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