Ramon D. Rivas.06 de Noviembre. Tomado de Diario Co Latino.
No hay un estudio histórico en este país —comenzando desde la Colonia— en el que se
aborde, en todas sus dimensiones, la evolución de las instituciones sociales. Los cronistas españoles, y el mismo obispo Cortez y Larraz en su célebre descripción que hizo de esta parte de la entonces provincia de Guatemala y en el marco de su visita canónica que efectuara en 1770, son los primeros referentes escritos que se acercan al estudio de la institucionalidad del control social y la legalidad y en cierta forma del poder del Estado.
Luego fueron los cronistas foráneos y los viajeros en retomar el tema en el siglo XIX. Pero no hay que olvidar que la visión que tiene el europeo de nosotros desde el descubrimiento, es el de que somos individuos y sociedades con remanentes “primitivos” y atrasados frente a sociedades capitalistas del norte atlántico. Idea aventurera, año 2010, pero así piensan muchos.
La antropología social nace precisamente en este tipo de aventura. Una especie de visión de espionaje de mercadeo. El punto es que, con el nacimiento del Estado salvadoreño a finales del siglo XIX, se inicia un proyecto de dominación particular basado principalmente en mecanismos coercitivos más que ideológicos donde la fragilidad económica que producía el monocultivo del café no le permitía tener solvencia para consolidar la institucionalidad del Estado.
Es decir, no es que se niegue que no habían instituciones —tipo secretarías o ministerios— la cuestión es que su alcance a escala nacional era limitado y estaba, más que todo, anclado en el centro y occidente del país. Es más, los monopolios y la cultura del fraude que venía desde la época colonial era un hecho en la clase dominante, lo que poco a poco se hizo cultura en todos los sectores sociales, salvo algunas excepciones.
Con el surgimiento de la Guardia Nacional en 1912 y luego la Policía de Hacienda en 1932, ya en la época del general Martínez, vemos que se crea un ente paralelo al ejército nacional que defiende los intereses de los terratenientes y gamonales donde la legislación nacional era omitida en prácticas de control político y económico. Esto se contrapone a lo que dice la teoría de Max Weber, en el sentido de que el Estado es una institución que controla el poder. Pero en El Salvador nos encontramos con un ente militar paralelo al ejército nacional e incluso con más poder que este.
Las prácticas políticas electorales de ese momento estaban manipuladas e imperaba el fraude, con el fin de mantener a una elite política en el poder. Pero la pregunta es: ¿Será que el Estado es el que produce este tipo de prácticas o, más bien, reproduce lo que la familia como institución básica de la sociedad crea? Menudo rollo.
Vemos que en este país impera la cultura del fraude en muchos ámbitos; ejemplos: los niños cometen fraude mintiendo, haciendo trampas en los juegos, falsificando firmas, copiando en la escuela; y en los centros de trabajo no se es eficiente en las labores encomendadas y ni mucho menos se muestra creatividad. Y es que lo correcto en toda sociedad sana es que tanto los líderes, así como también las instituciones públicas, y; ¿por qué no hasta las privadas? deben de ser medidas por la opinión pública con base a su rendimiento.
Estoy seguro que con este nuestro gobierno del cambio eso se va a lograr, por lo menos a sentar las bases, ya que una cultura no se transforma de la noche a la mañana, es decir, superar una lastra que venimos arrastrando como sociedad y como individuos desde hace muchos años. Precisamente por esa “cultura de la trampa” es que nosotros muchas veces no podemos competir con empresas extranjeras que traen una visión de rendimiento y eficiencia laboral diferente. Pero esta cultura tiene raíces históricas que se mantienen en la mentalidad colectiva de la sociedad, las cuales no son tan fáciles de transformar.
Por ejemplo, el “compadrazgo” como estructura de poder —para utilizar la terminología de Segundo Montes— y la práctica social de la violencia, en todos su ámbitos y contextos son fenómenos que hasta hace poco se están abordando científicamente. Y es que sobre la cultura del fraude no hay estudios serios que nos ilustren; y es necesario realizarlos para entender la dimensión de este fenómeno.
La cuestión es que por liberarnos de esa cultura del fraude, en el mayor de los casos nos entrampamos en pequeñeces que en otras sociedades ya hace muchos anos fueron superadas. Aquí ese control para contrarrestar ese posible fraude obstruye procesos, no que naturalmente es malo para toda sociedad que aspira desarrollarse. Claro está que es necesario cambiar la forma de reracionamiento y juego político de la sociedad, con el fin de consolidar el Estado de derecho y la asimilación de nuevos patrones de reracionamiento.
El Estado ha tenido su control sobre las mentes y los cuerpos de los salvadoreños, ha sido exiguo ya que desde el punto de vista foucultiano, en los ámbitos institucional y discursivo no ha sido coherente. En las ya casi postrimerías del 2010 constatamos una sociedad salvadoreña rumbo a la modernización, pero con graves lastres de patrones culturales típicos de una sociedad “finquera” en donde la persona demuestra poca iniciativa y con deseos de emigrar. ¿Qué lástima? Observamos aún una sociedad patriarcal, una sociedad en donde “don Carleone” —el personaje mafioso de las novelas de Mario Puzzo— se manifiesta en muchos aspectos de esta sociedad. Y nos referirnos a los aspectos sociales, económicos, culturales, políticos y hasta religiosos.
Estamos ante estructuras de poder con importantes redes de control social y político y, por ende, del país. Pero esto también se ha ramificado, y por eso lo vemos también, a nivel micro, en los cantones, pueblos y ciudades. El compadrazgo es un hecho, y se manifiesta de diferentes y variadas maneras y en todos los ámbitos de la sociedad salvadoreña. Se acepta como un hecho cultural; y si queremos salir de esto hay que transformar esa cultura; y ello lleva tiempo, pero se puede. Por más que con la firma de los Acuerdos de Paz —llevada a cabo el 16 de enero del 1992 en el castillo de Chapultepec, México, entre las dos partes beligerantes, Gobierno y FMLN— se ha querido democratizar esta sociedad, muchos patrones de antaño mantienen. Es necesario y urgente actuar con mano rígida y redimensionar que el fenómeno tiene raíces históricas. En el ambiente social es muy evidente la cultura del fraude intelectual, donde cualquier persona sin preparación académica asume obligaciones que no le competen. Esto lo que evidencia es el poco control estatal y la poca criticidad ante falsos académicos, falsos líderes, y muchos de ellos guiados solo por el interés económico.
Estamos ante la cultura del fraude degenerado y vulgar en donde el individuo hasta no hace poco tiempo se podía comprar atribuciones de abogado, de médico y qué se yo qué mas... Es más, a muchos les gusta atribuirse títulos académicos que no se han ganado. El problema es que, ante este tipo hechos la sociedad, de la “cultura del fraude” ha pasado a la “cultura de la desconfianza”, lo que no permite crear tejido social ni mucho menos redes de solidaridad. Estamos ante una realidad social en donde todos desconfiamos de todos, de las personas y de las instituciones de cualquier tipo, sean políticas, religiosas o culturales. El mantener ese tipo de cultura imposibilita la concreción de un proyecto de comunidad nacional y la apertura política de las instituciones y del Estado.
El Estado ya no es aquel Estado falsificador corrupto, discriminatorio, sino que el mundo actual poco a poco lo ha llevado a su limpieza estructural y a la rendición de cuentas, donde la impunidad está siendo exterminada. Por lo menos yo así lo veo y espero que así sea. Es a esa sociedad a la que debemos aspirar pero para ello debemos de comenzar desde ya. Y lo estamos haciendo. El conocimiento de la historia social y cultural del país es indispensable para desentrañar procesos y por ello la importancia de los estudios científicos y desde la academia.
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