Alirio Montoya.18 de Noviembre. Tomado de Diario Co Latino.
El psicólogo social de la Escuela de Frankfort, Erich Fromm, escribió sobre la existencia de una serie de dogmas –creencias o afirmaciones-, los cuales confrontó con la razón desde una perspectiva psíquica y psicológica, para llegar a la esencia del ser en y para sí, a efecto que la humanidad se liberara de esos dogmas y encontrara su verdadera libertad. De ahí el título de una de sus majestuosas obras, “El miedo a la libertad”. Uno de los tantos dogmas que Erich Fromm redarguye de inciertos es el cristianismo pero como aquella creencia insoslayable en un ser supremo creador del universo.
Pero también combatió el dogmatismo inmerso de manera degenerativa en algunos sistemas políticos como el fascismo, nazismo, capitalismo, e incluso en el socialismo. El socialismo científico fundado por Karl Marx a veces es abordado, comprendido y puesto en práctica de forma dogmática, cayendo lamentablemente en un economicismo que tiene que ver más con la idea calvinista de la predeterminación de las cosas, despojado de toda dialéctica interpretativa de los fenómenos sociales. Para el caso, a mi me gusta La Muralla; que si es interpretada por Quilapayun o Inti-Illimani eso no me importa, igualmente la disfruto; pero también me fascina, hipnotiza y alucina escuchar la Séptima Sinfonía de Ludwig Van Beethoven acompañado de una buena copa de vino Saint Emilion; por tal motivo, seré para algunos marxistas sectarios a lo mejor un pequeño burgués por escuchar al genio y compositor alemán; pero no lo sería para ellos si leyese compulsivamente al gran pensador de Tréveris, estudiarlo, comprenderlo y difundirlo como un beato agustiniano.
El dogma que pretendo abordar en estos trazos es sobre el cristianismo, al cual Fromm le llama “El dogma de Cristo”, título de una de sus tantas obras. He de aclarar que no creo en dios, pero tampoco soy un panegirista del ateísmo. Lo que sí confieso es que no soy amigo, sino hermano de la razón. Respecto del cristianismo, Fromm hace una aproximación histórica desde una perspectiva sociopolítica antes, durante y después del andar por las tierras Palestinas de un tal Jesús de Nazaret, conocido por algunos como el “Palestino de Belén”.
En esa época existía –como siempre, a partir de la historia escrita- la estratificación de la
sociedad en clases. Los Saduceos constituían el estamento más alto dentro de las clases sociales de Jerusalén, a ellos les seguían los Fariseos y publicanos; la clase baja estaba constituida obviamente por un enorme proletariado constituido por labriegos, artesanos, obreros, ladrones y prostitutas. A esta última clase social pertenecía Jesús de Nazaret. En ese sentido, Erich Fromm nos dice que “El cristianismo surge como un importante movimiento histórico-mesiánico en el seno de las clases bajas del pueblo judío. Sin embargo, a partir del siglo II su composición social se transforma y deja de ser la religión de los artesanos pobres y los esclavos para ganar adeptos entre las clases acomodadas del Imperio Romano”. De ahí germina y florece la utilización de la religión como ente dogmático de dominación por parte del binomio político Estado-Iglesia que, en este caso sería Imperio-Iglesia. En otras palabras el cristianismo se transforma en la religión del Estado.
Esto, a través de la historia se convirtió en un elemento tradente de esa cadena de dominación en el seno de la misma clase dominante y, a su vez, en un elemento de transmisión en el entorno familiar de forma descendente; es decir, en este último caso, los padres fueron traspasando esa creencia de generación en generación. Más adelante, el temor, el amor y las diversas hostilidades de los hijos hacia el padre y la madre, se los transfiere a ese poder imaginario: Dios. Toda persona autoritaria, que manda y aconseja, es vista como alguien que le desea el bien al subordinado, y en ese sentido Fromm nos dice que “La figura de Dios forma un complemento de esta situación; Dios es siempre el aliado de los dominadores”; por ello el ser humano muchas veces es renuente a revelarse contra el orden establecido, porque en su psique, hay una orden preestablecida que se debe cumplir por voluntad divina.
Muchos religiosos ven visiones, se sienten poseídos por un espíritu que los guía, pero ello es producto de un factor psicológico masificado, porque en una ilusión donde hay participación numerosa, esa ilusión se vuelve realidad. Y en ese punto, entra en conflicto el dogma con la razón; desde el primer momento en que el hombre pone en tela de juicio la existencia de un dios. No en vano San Agustín nos dice que no podemos alcanzar la razón si no tenemos fe, ésta última tiene preeminencia frente a la primera según este padre y lumbrera del cristianismo.
Tomás de Aquino fue más sosegado al tratarnos de hacer ver que la razón y la fe caminan apaciguadas de la mano. Pero de esto último hablaremos en otra ocasión.
En tiempos del Palestino de Belén, los Celotes constituían un movimiento insurreccional muy importante en la región y, la cuna de la revolución era Galilea, un pueblo rebelde, como quien dice la zona Sur del cerro de Guazapa en el caso de El Salvador. Sin embargo, Jesús fue más mesurado y estratégico en su lucha contra el Imperio Romano. El pueblo judío esperaba a un mesías, al Cristo; por esa razón es que Jesús retoma lo escrito por los antiguos profetas quienes hablaban del Cristo que liberaría al pueblo pero de la injusticia y la opresión, no así de los pecados del hombre, porque el pecado es un concepto subjetivo y de dudosa proveniencia.
Jesús no muere por nuestros pecados, es condenado a muerte en un juicio sumario por sedición y rebelión.
La Biblia oculta que los primeros cristianos eran hombres y mujeres que provenían de la masa pobre y analfabeta, a quienes los unían lazos de solidaridad, y una ferviente creencia que los articulaba, la cual consistía en la esperanza del castigo hacia los dominadores. “Los primeros cristianos constituían una hermandad de entusiastas oprimidos social y económicamente, que se mantenían unidos por un lazo de esperanza y odio”; sentencia Erich Fromm.
Pero después el cristianismo se transforma en una religión que subyuga a la clase desposeída. Es en ese momento donde el cristianismo se vuelve un dogmatismo utilizado para dominar al ser humano, supeditado a la voluntad divina; algo parecido al dejar hacer, dejar pasar. Pero aparece la gran liberadora del dogma: la razón. Esta razón es la que se apega a la verdad y, recordemos que la verdad siempre es revolucionaria y atea, porque penetra en la esencia de las cosas y porque se revela en contra de la primera gran mentira.E-mail: alimontoya_7@yahoo.com
Dogma y Razón | 18 de Noviembre de 2010 | DiarioCoLatino.com - Más de un Siglo de Credibilidad
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