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2009/11/09

Economía sin política

Escrito por Álvaro Rivera Larios. 09 de Noviembre. Tomado de  El Faro.

Una de las expresiones más absurdas que he leído últimamente, la escribió un sabio marxista salvadoreño. Decía nuestro hombre, más o menos, que era un error identificar la teoría marxista con el materialismo histórico. Como un pequeño dios que despeja las sombras, el sabio dictaminaba que quienes incurrían en tal equivocación no podían pertenecer a la izquierda. A partir de su edicto, ya no pertenecen al movimiento por el cambio el noventa por ciento de los marxistas salvadoreños. Así son de rigurosos estos aduaneros de las fronteras doctrinales.

Nuestro sabio se expresó mal y a lo mejor quiso decir que no podía comprenderse el enfoque de Marx y sus consecuencias prácticas, si no se conocía  (y aplicaba a fondo) el pensamiento económico marxista. Y en ese sentido tiene algo de razón. Y por eso mismo, un hombre tan preparado debería de explicar hasta qué punto, en las actuales circunstancias políticas e históricas, es viable la aplicación plena de una política económica marxista.  

Lastimosamente, al negarle su entidad al materialismo histórico, un sabio tan riguroso corre el peligro de convertir el marxismo en una economía sin política y eso es grave desde el punto de vista teórico y práctico, ya que nos remite a un marxismo anterior a Lenin y Gramsci y, lo que es peor, a una teoría sin historia, es decir, a un marxismo anterior a la caída de los socialismos reales. A menos que nuestro sabio matice o rectifique, podría entenderse su planteamiento de esta manera: sólo es de izquierda quien hace una interpretación economicista y escolástica de Marx.

Nuestro sabio podrá ver por encima del hombro al materialismo histórico, pero no tiene más remedio que contradecirse y usarlo. De otra manera ¿cómo podría teorizar sobre el poder?  Así que tiene pensamiento político. Ha reeditado, con otro lenguaje, la democracia de “los consejos”, eso que él ha bautizado como  relaciones populares de poder. La idea es legítima, lastima que la proponga como una alternativa excluyente que no se ha liberado todavía de la noción estratégica de la Dictadura del proletariado. Su visión de la democracia directa se construye a partir de un marxismo sin historia y en esa medida es portadora de una visión mecanicista y no muy bien avenida con el pluralismo político. Y quiérase o no, el marco institucional en el que estamos viviendo es, y será a medio plazo, el de la heterogeneidad ideológica y el de la búsqueda inevitable de los consensos.  

Desde que la izquierda salvadoreña entró en la lucha electoral y la vida parlamentaria, la lucha de clases en El Salvador se ha tornado más compleja. Tiene muchos más escenarios, pero uno de los principales es el político e ideológico. Los conflictos ahora se abren en dos planos: el de la fuerza y el de la persuasión, el de la calle y el de la mesa negociadora, el de los hechos y el de la disputa por su representación. Ahora es cuando Gramsci se nos vuelve imprescindible, pero justo ahora salta un lúcido sabio marxista que nos pide un utópico retorno al economicismo.

Dicha ceguera dogmática, que traza toscas delimitaciones en el seno de la izquierda, conspira contra la línea política más viable en este momento. Esta línea se puede profundizar más para atender las legítimas demandas del pueblo, pero no debe perder de vista la lucha por un nuevo tipo de consenso, la lucha por la hegemonía. Y esto implica que, sin perder su identidad, la izquierda debe de hilar fino en el terreno del análisis político e ideológico concreto de la realidad concreta. Ahora es cuando la izquierda debe buscar respuestas enérgicas, hábiles y complejas para expandir su influencia, para construir la hegemonía, pero no lo podrá hacer si escucha a quienes piden un retorno a una economía sin política, a un marxismo sin historia, a un marxismo sin Gramsci.

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