El Presupuesto General es una herramienta fundamental de trabajo para el año correspondiente, en este caso 2011; pero, como pasa con cualquier herramienta, es en su utilización donde está la clave del éxito.
Escrito por Editorial.17 de Noviembre. Tomado de La Prensa Gráfica.
Según las cifras ya comprometidas de la aritmética partidaria en la Asamblea Legislativa, es prácticamente seguro que esta semana será aprobado el Presupuesto General del Estado para el año fiscal 2011. Es claro que, para hacer que cuadren las cifras presupuestarias, el Gobierno ha hecho malabarismos que permiten considerar financiado dicho Presupuesto, a fin de necesitar sólo la mayoría simple para su aprobación; pero, en todo caso, es una buena noticia que el año comience con esta certidumbre, sobre todo en las condiciones de incertidumbre generalizada que vivimos. Habría sido un elemento muy desestabilizador que se repitiera lo que pasó en algunos años pasados, cuando la discusión partidaria tendía a un entrampamiento muy negativo.
Dicho lo anterior, también hay que decir que contar con el Presupuesto General a tiempo es sólo un componente funcional, que desde luego no resuelve por sí mismo ningún problema. Desde siempre, está pendiente un mejoramiento sustancial en la efectividad oportuna de la inversión pública, insuficiencia que es aún más dañina en condiciones como las actuales, que desde distintos ángulos inciden negativamente en el quehacer nacional. Y en tanto va creciendo la magnitud del gasto, más perniciosa se vuelve la inefectividad aludida. Esto sólo podría corregirse con una reingeniería verdadera de los mecanismos de gestión dentro de las distintas esferas gubernamentales, lo cual implica una reforma administrativa de fondo.
La complejidad de las circunstancias políticas y económicas en las que nos movemos como país exigen una gran responsabilidad en el tratamiento de temas como la ejecución presupuestaria, el manejo del endeudamiento, la eficacia institucional y la capacidad de interacción entre distintas fuerzas, tanto políticas como económicas y sociales. Todo lo anterior requiere altas dosis de voluntad eficiente y significativos grados de tolerancia compartida. Nada de eso se ve prosperar en el ambiente, y por ello vemos, con preocupación, cómo se multiplican las disputas casuales a la vez que se complican los problemas reales.
Según la correlación de fuerzas prevaleciente en la Asamblea, al Ejecutivo se le ha vuelto más fácil lograr mayorías simples y calificadas a su favor. Esto, bien manejado y debidamente proyectado, puede ser un instrumento facilitador para alcanzar una auténtica gobernabilidad, que desde luego significa mucho más que lograr mayorías, ya que la gobernabilidad bien entendida es la posibilidad concreta y actuante de hacer gobierno en los hechos, es decir, de administrar políticamente la realidad según los dictados del bien común y con perspectiva sostenible.
Hasta ahora, pues, si bien analizamos las cosas tal como se han venido dando en el ambiente político de posguerra, nunca hemos tenido una gobernabilidad que merezca el nombre de tal. Hemos tenido manejos más o menos habilidosos para ir sacando decisiones legislativas favorables para los Gobiernos de turno, pero esto no garantiza que se gobierne conforme a los principios básicos de una gestión realmente evolutiva y visionaria.
El Presupuesto General es una herramienta fundamental de trabajo para el año correspondiente, en este caso 2011; pero, como pasa con cualquier herramienta, es en su utilización donde está la clave del éxito. Veremos, pues, cómo se gestiona en los hechos el Presupuesto de 2011, para evaluar el desempeño de toda la institucionalidad pública.
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