Ya no son solo las drogas, el alcohol y otros vicios los únicos adversarios en la construcción de una gran Patria; la ausencia de valores es un monstruo silencioso que repta con sigilo, pero con malévola efectividad en nuestra sociedad
19 de Noviembre. Tomado de La Página.
La triste realidad que nos estrella su verdad en el rostro con el apabullante caso del joven chef asesinado nos debe llamar a una profunda reflexión. A una reflexión en la que con serenidad pongamos las cartas sobre la mesa de nuestra sociedad. Una reflexión con la que nos demos cuenta sin taparnos el rostro que en El Salvador hay dos países: el país de los que trabajamos y buscamos salir adelante, y el país de quienes se han enfangado en el crimen como estilo de vida y al cual están entrando muchos jóvenes carentes de valores.
En el primer país vivía el chef Héctor García González, quien la semana anterior a la medianoche salía de su empleo, tomó su auto que seguramente había conseguido con mucho esfuerzo, y se dirigía a casa tras una faena apretada.
Su mala suerte fue toparse con otros jóvenes, de esos que han comenzado a vivir en el "segundo país". Y de repente, sin mayor motivo según las primeras investigaciones, el joven chef es golpeado hasta morir.
La historia, que los salvadoreños conocemos ya, ha conmovido hasta los cimientos a nuestros lectores. Y todo el mundo pide justicia.
Pero nosotros vamos más allá de la furia que en un primer momento causa el asesinato del joven chef.
En DIARIO LA PÁGINA reiteramos que debemos trascender la coyuntura para generarnos una visión a largo plazo. Y en ese punto es que, en esta ocasión, ponemos el dedo en la llaga: nuestro país no está transitando por los senderos del bien común, el de los valores que hagan crecer a nuestra sociedad.
Vivimos en un ajetreo cotidiano donde la posesión de bienes materiales se impone muchas veces ante el crecimiento de la espiritualidad; y no hablamos de la espiritualidad filosófica que muchas veces se vuelve difícil de atrapar en este valle de lágrimas. No. Hablamos de reforzar la espiritualidad tangible, de la que predicaba con firmeza San Josemaría Escrivá de Balaguer y que hoy practican sus seguidores: las acciones cotidianas realizadas hacia nuestros semejantes con la misma delicadeza, amor y comprensión como si las dirigiéramos a nuestro creador.
Los valores no son una idea fuera de nuestro alcance. Son acciones y virtudes que debemos plantar, regar, podar y disfrutar en nuestras familias todos los días y a toda hora. Acciones enfocadas a la honestidad, la amistad, la cordialidad, la solidaridad, la confianza, el respeto a los demás y muchos otros valores son los que debemos inculcar en las nuevas generaciones.
Si no lo hacemos, el rapidísimo ritmo de la modernidad nos arrebatará a nuestros hijos. Ya no son solo las drogas, el alcohol y otros vicios los únicos adversarios en la construcción de una gran Patria; la ausencia de valores es un monstruo silencioso que repta con sigilo pero con malévola efectividad en nuestra sociedad.
Hacemos un llamado a los gobernantes, a los líderes religiosos, a los maestros de escuela, a los políticos y a los padres de familia para que siembren estos valores en los que ahora tienen la energía de quienes fuimos jóvenes alguna vez.
Con valores es que saldremos adelante. Y entonces las disputas juveniles se realizarán en los campos de competición, con las reglas de la deportividad, en vez de las peleas callejeras y la matonería que esta vez han dejado el incurable dolor en la familia de la víctima como del victimario.
Retomamos en una coyuntura distinta las palabras de aquella canción: "No basta rezar, hacen falta muchas más cosas para conseguir la paz". Hacen falta valores. Y acciones claras para que en El Salvador solo tengamos un país: el de los que decidimos vivir en paz.
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