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2010/11/11

La Página-A 21 años de la ofensiva ¿Dónde está Calulo?-Diario digital de noticias de El Salvador

 La ofensiva hasta el tope produjo más de 2,300 muertos, uno de ellos pudo ser Calulo.

Escrito por Jaime Ulises Marinero.11 de Noviembre. Tomado de La Página.

 

En 1989, Calulo, en realidad se llamaba Carlos Raúl Landaverde, tenía 19 años y estudiaba primer año de administración de empresas en la Universidad de El Salvador (UES). Vivía con sus padres y sus dos hermanas menores en la colonia Costa Rica, al sur de San Salvador.

Sus padres eran propietarios de varias panaderías en la que empleaban a  cerca de 25 empleados y el había estudiado el bachillerato en un Liceo Cristiano. Al salir de bachiller su padre quiso que estudiara en una universidad privada, pero Calulo fue a hacer los trámites para estudiar en la UES y quedó como estudiante activo en la Facultad de Ciencias Económicas.

Apenas comenzó a estudiar en la UES su cuarto comenzó a llenarse de afiches del “Ché Guevara” y en su walkman sonaba música de Los Guaraguo, Ali Primera y otros grupos de música revolucionaria. Una tarde su padre habló con él para preguntarle los motivos de ese cambio, pues incluso antes de decidirse por administración de empresas, quiso entrar a la Escuela Militar.

Raúl, su padre, terminó molesto después de aquella plática porque suponía que a su hijo le estaban “lavando el cerebro”, por lo que se puso en contacto con unos parientes en México para mandarlo a estudiar al Tecnológico de Monterrey, de donde él se había graduado de ingeniería industrial.

Calulo aceptó irse a México, pero con la condición de que lo dejaran terminar el primer año en la UES. El trato finalmente fue ese.

Al terminar el primer ciclo, de cinco asignaturas, Calulo, que se graduó como el segundo bachiller de su colegio, había pasado solo dos asignaturas. Al siguiente ciclo solo inscribió dos materiales.

Un día un hermano de Raúl le llegó a contar que había visto  a Calulo en una manifestación pintando consignas contra el gobierno. Calulo le confesó a su padre que él procuraba ir a casi todas las protestas porque era la forma de solidarizarse con las clases desposeídas. Tras esa plática terminaron peleando.

En septiembre de 1989, Calulo, aprovechando que su padre estaba hospitalizado porque días antes le habían extirpado el apéndice, le pidió permiso a su madre para permitir que tres compañeros de estudio se fueran  a quedar en la noche en la casa, para estudiar para un examen parcial.

Los tres jóvenes que llegaron llevaban mochilas grandes y en la terraza de la segunda planta se pusieron a pintar pancartas. La madre de Calulo muy molesta le reclamó a su hijo y a medianoche los echó de la casa. En un pick up los llegaron a recoger y Calulo se fue con ellos.

Desde entonces Calulo no volvió a casa hasta el jueves 9 de noviembre, dos días antes del inicio de la ofensiva “hasta el tope”.

Ese jueves, a eso de las 10:00 de la mañana, Calulo regresó a la casa para pedirle perdón a sus padres y hermanas. Su padre lo abrazó y le dijo que jamás se volviera a ir de la casa y que se saliera de esos movimientos de izquierda. Trató de concienciarlo, para hacerle ver que él tenía un gran futuro si estudiaba en México y se dedicaba administrar las panaderías, las cuales eran rentable y les permitían vivir con holgura.

Según Matilde, su hijo no le contestaba nada a su padre y finalmente se puso a llorar y lo abrazó.

El viernes 10 de noviembre, Calulo subió a la segunda planta de su casa y en la terraza se fumó un cigarro. Su madre lo observó, pero no le reclamó por temor a que se volviera a ir de la casa. Esa era la primera vez que se daba cuenta que su hijo fumaba.

Por la noche Calulo le pidió permiso a su padre para irse a quedar a la casa de su novia, una compañera de la UES, que sus padres no conocían. Raúl aceptó y hasta se ofreció a llevarlo. Calulo rechazó el ofrecimiento porque un “chero” lo iba a pasar recogiendo.

Cenó, dijo que volvería el sábado al mediodía, y se despidió de sus hermanas menores. De su cartera se sacó un poema escrito por él y se lo dio a su madre.

Llegó el mediodía del sábado 11 de noviembre y Calulo no regresaba. Su madre supuso que se había tardado un poco más. Por la noche la radio anunciaba el inicio de una ofensiva y los cruentos enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército en las zonas urbanas. Esa ofensiva, según los informes oficiales causó 2,348 muertos, de ellos 1902 guerrilleros y 446 soldados, sin contar la gran cantidad de civiles que murieron en el fuego cruzado. Las cifras suelen cambiar dependiendo de quien elabore los informes.

En diciembre de ese año los padres de Calulo pagaron un campo pagado con la foto de su hijo, dándolo como extraviado.

Ya han pasado 21 años y Calulo no ha regresado a casa. Su padre murió en 1993 como consecuencia de un accidente de tránsito. Cuando agonizaba le pidió a Matilde que no desistiera de buscar a Calulo porque su corazón le decía que su único hijo varón estaba vivo.

En 1996, aquel compañero de estudios que lo llegó a traer para que se fuera a quedar con su novia, les habló por teléfono para decirles que quería hablarles sobre Carlos Raúl.

Esteban, que así se llama el ex compañero, llegó a la casa y les contó que Calulo se había incorporado a la ofensiva desde el mismo sábado 11 y que fue enviado hacia la colonia Zacamil, mientras que a él lo mandaron a Soyapango con otro frente.

Según Esteban, sabía que Calulo, conocido con el seudónimo revolucionario de “Neto” había logrado sobrevivir a la ofensiva. Con esa información Matilde acudió a algunos organismos que no pudieron ayudarle.

Desde 1996, por lo menos dos personas más le han dicho que han visto a su hijo deambulando. Una vez en San Miguel y otra vez en San Vicente. Fue a San Miguel y encontró al vagabundo que, aunque parecido, no era su hijo. A San Vicente viajó varias veces y nunca encontró al supuesto vagabundo.

En marzo de 2004, un ex mando medio del FMLN, le contó a un pariente del padre de Calulo, que existe la posibilidad de que el muchacho haya muerto en la colonia Zacamil y que su cadáver haya sido uno de los incinerados. Otra posibilidad es que haya desertado, pero si así fuera, su familia ya sabría algo de Calulo.

Matilde vive angustiada. Sus dos hijas ya casadas son madres de niñas. La mayor tiene dos hijas y la menor tres. Ni siquiera tiene un nieto para tratar de ilusionarse con su Calulo.

A sus 63 años, Matilde sueña en ocasiones que su hijo toca el timbre y la abraza. Lo ve más alto, más parecido a su esposo, y dándole el poema que cuando se despidió le entregó. Ese poema que se extravió para siempre.

Matilde no quiere morir sin tener la certeza de lo que le ocurrió a su hijo. “Ni siquiera tengo una tumba para ir a enflorarlo, a veces pienso que anda sufriendo como vagabundo, ni siquiera tengo fotos de él cuando era grande”, dice.

Este 11 de noviembre es un día triste para Matilde. Demasiado triste para una madre.

Diario digital de noticias de El Salvador

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