Marvin Galeas.18 de Noviembre. Tomado de El Diario de Hoy.
La ambición tiene mala fama. No es políticamente correcto autoproclamarse ambicioso. La ambición se ha convertido casi en sinónimo de codicia y de egoísmo. No es cierto. Mal encauzada, eso sí, puede convertirse en un sentimiento destructivo. Pero eso también puede decirse del sexo, del trabajo y hasta del amor.
La Academia de la Lengua Española la define apenas en nueve palabras: Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama. A las personas que tienen ese "deseo ardiente" se les nota. Ese fuego interno que llevan dentro se les refleja en la mirada franca y decidida, en sus actitudes frente a las dificultades y en la fortaleza de su carácter. Se proponen metas y no descansan hasta conseguirlas, mediante descomunales esfuerzos, ingenio y perseverancia.
He conocido tanta gente que habiendo nacido en condiciones sumamente adversas se han convertido en personas de mucho éxito. Son personas reales, no personajes inventados por la literatura. Personas que tenían en su alma ese deseo ardiente de conseguir sus objetivos. José Barahona, sobre quien escribí un libro, es uno de ellos.
La ambición está completamente ligada a la libertad individual. Sólo las personas libres pueden desplegar sus talentos, su creatividad e imaginación en la búsqueda de su realización personal. Ese esfuerzo de muchos individuos libres luchando a brazo partido para conseguir sus propósitos, es lo que hace avanzar a la humanidad.
No tiene nada de malo trabajar duro para conseguir riqueza. Lo malo es hacerlo mediante el crimen. No tiene nada de malo querer ser el mejor en lo que se hace, sea lo que sea, siempre y cuando no sea aplastando a otros o por medios como la intriga o el engaño. La ambición vista de esta manera, ese "deseo ardiente" como dice la Academia o ese "fuego sagrado" como decía José Ingenieros, vuelve a los seres humanos en rebeldes a la mediocridad.
El ambicioso cae y se levanta. Fracasa y lo vuelve a intentar una y otra vez, hasta conseguir lo que se propone. Ciertamente Michael Jordan, por ejemplo, tenía condiciones físicas extraordinarias. Pero varios de sus compañeros también. Pero ¿por qué era, de lejos, el mejor de todos? Seguramente por lo que decía su entrenador: "Cuando todos llegaban a entrenar él ya estaba allí. Y cuando todos se iban él se quedaba practicando".
Mario Vargas Llosa, recién ganador del Nobel, es uno de los más grandes escritores en nuestra lengua, no sólo por su innegable talento, sino sobre todo por su enorme capacidad de trabajo, su perfeccionismo y su ambición de escribir igual o mejor que el gran Víctor Hugo. ¿Cuántas horas al día dedica el ambicioso Cristiano Ronaldo a entrenar, hacer ejercicios y dieta para tratar de convertirse en el mejor jugador del mundo y el mejor pagado?
A los ambiciosos del mundo les debemos el invento de la rueda y del Internet; de la aspirina, el automóvil y los aviones; la Capilla Sixtina y la Torre Eiffel, obras literarias ambiciosas como Los Pasos Perdidos de Proust o musicales como la Sinfonía número cuarenta de Mozart. Es el fuego de la ambición lo que impulsa a los científicos, los empresarios, los artistas, los deportistas de alto rendimiento.
Lo contrario a la ambición es el conformismo. La mediocridad. A diferencia del ambicioso que no culpa a nada ni a nadie por lo que le pasa, el mediocre conformista, se la pasa culpando a todo y a todos de sus desgracias. No hay nada que más dañe el alma del mediocre que él éxito ajeno. La envidia es su divisa. La maledicencia es su discurso. El mediocre siempre está dispuesto a la calumnia y al rencor. La falta de ese "fuego interno" se nota en su mirada opaca y su gesto agrio.
Precisamente uno de los factores que explica el fracaso de los sistemas socialistas es su sistemático esfuerzo por reducir a nada la ambición personal y convertir a los seres humanos en hombres masa, que deben hacer sin rechistar lo que el todopoderoso Partido-Estado les diga. ¿Qué motivación puede tener un médico si nunca ganará más que un mediocre burócrata o un "cuadro del partido"? En los regímenes socialistas totalitarios la ambición es patrimonio de la vanguardia y del comandante en jefe y de nadie más.
Al asesinar la ambición personal el socialismo totalitario se volvió el reino de la mediocridad. Nunca nadie conoció, aparte de los fusiles AK-47, los bombarderos estratégicos y los misiles con ojivas nucleares, aparatos tecnológicos soviéticos de calidad: un televisor, un radio. La falta de esa "chispa" en el alma de sus ciudadanos ha convertido a Cuba en uno de los países menos productivos del mundo.
La sana ambición y la libertad individual, van de la mano.
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