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2009/12/19

ARGENPRESS - El polvo de los mitos: Revolución y contra-revolución en los capitalismos de la miseria (Parte II)

Escrito por Paulo Alves de Lima Filho (IBEC, especial para ARGENPRESS.info). Tomado de Argenpress.

1. Revolución y contra-revolución en América Latina

La contra-revolución capitalista reciente, de los siglos XX y XXI, es movida antes de todo por el imperialismo norte-americano y sus fuerzas mundiales aliadas contra los procesos de las emancipaciones socio-económicas y políticas de la mayoría de los países latino-americanos (así como de Europa Oriental, Asia y África) a partir de los años treinta, evolucionará distintamente en varios grupos de países.

De modo aproximado, a pesar de sus diferencias específicas, observamos una continuidad de la subalternidad impuesta por los dictámenes del capital financiero mundialmente dominante, o sea, de la continuidad de la reversión dependiente alcanzada por la contra-revolución, en países tales como Argentina, Brasil, Chile y Colombia – aquellos, en el Cono Sur, donde mas avanzó la industrialización-, y la ruptura de la subalternidad o de los lazos de dependencia a la dinámica de la mundialización financiera, tal como ocurrió en Cuba y hoy ocurre en Bolivia, en Ecuador y Venezuela, países donde la industrialización alcanzó niveles inferiores a los del primer grupo. Las continuidades conformarán capitalismos monopolistas subordinados al capital financiero, mientras que las rupturas se abrirán a dinámicas de expansión de sociedades anti-capitalistas. La actual evolución asimétrica de esos países (en otros momentos los procesos de ruptura fueron liquidados, tal como ocurrió en el siglo XX en Bolivia, Chile, Brasil, Argentina, etc.), nos instiga a vislumbrar sus razones y trayectorias posibles de modo a ajustar la actual etapa de la evolución histórica latino-americana.

a) Continuidad y ruptura: el papel de la burguesía industrial y de la pequeña burguesía

Las burguesías de la industrialización, nacidas por las revoluciones políticas en la crisis de los años treinta, al lado de las derivaciones de las viejas burguesías coloniales participaron activamente de los varios procesos nacionales de la contra-revolución capitalista. Abrazaron la causa de la desviación pro-imperialista de sus industrializaciones, o sea, de la liquidación sistemática de sus dimensiones emancipadoras en todos los planos de la reproducción social: económico, social, político, cultural, científico-tecnológico, etc. Es innecesario decir que en mayor o menor medida, tal reversión histórica se expresaría a través de una nueva forma ideológica, de matriz neocolonial, bebida de varias fuentes, algunas de las cuales nativas.

La pequeña burguesía, vanguardia de la industrialización, y su carro jefe ideológico en ese proceso, el cepalismo (más sus otras vertientes nacionales; en el caso de Brasil, la emancipación económica se torna política partidaria luego después del fin de la Guerra de Paraguay), cuyo intento era la conquista de autodeterminación económica nacional solidaria (sin ser sumisa) al imperialismo y (se creía) consentida por éste, es derrotada y el poder pasa, a lo largo de los años sesenta, a los bloques político-económicos vinculados a la liquidación de esas premisas, inclusive al núcleo pequeño-burgués golpista (en el caso de Brasil, sectores del Ejército a la derecha del bloque de Getulio Vargas).

Al retomar el poder, después del largo ciclo de las dictaduras civil-militares, los partidos pequeño-burgueses adhieren a la orden subalterna engendradas por aquellas dictaduras aliadas a los viejos y desacreditados partidos golpistas o sus derivados pos-dictaduras. Sus partidos pasarán a ser los avales del nuevo orden democrático, generalmente restrictos a la reproducción de la subalternidad, o sea, a un orden económico, político y social adecuado a ese objetivo, o sea, a la dinámica imperial del capital financiero. El abrazo explícito del nuevo orden neoliberal no fue más que el resultado natural de ese proceso.

Ello conducirá a Argentina al polvo de la miseria proletaria expandida, a la desindustrialización ampliada y a la liquidación del brazo capitalista estatal pasible de caer nuevamente en manos autonomistas. Ese fue y permanece siendo el panorama general de la fase neoliberal del capitalismo de la miseria en todas partes. La que fue una vez potencia social y económica injustamente pensada como europea, o casi eso, se vio obligada a morder el suelo de la miseria universal de las ex-colonias ibéricas.

Otras miserias se acrecentarán a la ancestral miseria de los demás capitalismos latino-americanos. En grados tan variados que suscitarán nuevas rupturas políticas en la que fue hasta ese momento unánime nueva orden subalterna al capital financiero. Las estables dictaduras democráticas de las burguesías que pasaron a prosperar por todo lugar pasaron a ser seriamente contestadas por los estratos sociales afuera de la nueva orden, de Argentina a Venezuela. Las dosis de represión necesarias a la estabilidad política - o sea, al mantenimiento en el poder de las fuerzas pro-imperialistas-, evidenciaron la dificultad de la gobernabilidad neoliberal. Desde los lejanos años ochenta y de ahí en adelante, el tema de la gobernabilidad será cantada a muchas voces en todo el continente, reflejando las inestables condiciones de reproducción política del orden mundial del capital financiero.

En esa nueva fase, otros estratos pequeño-burgueses tomarán la vanguardia del proceso de construcción de la orden subalterna. El centro dinámico se dislocará, de los años 60 hasta nuestros días, del ejército a las universidades, o mejor, al complejo educacional y científico-tecnológico estatal-empresarial. Es la forma histórica de su funcionalidad específica. En nuestra particularidad miserable, ésta debe ser vista dentro del complejo del capital, donde ella cumple funciones estratégicas.

La pequeña burguesía necesita de ese complejo para participar del poder, rellenar los cuadros políticos y técnicos en el estado, y así adaptarse a las necesidades (demandas) del capital, para ser allí su gestor competente y flexible, adaptado a cumplir órdenes así como a atender la demanda por conocimiento sobre y para las mercancías, para la acumulación exigida por los complejos más poderosos del capital monopolista: mejorar las razas bovina y humana, de la naranja y sus plagas, del café, como de la caña de azúcar, del cacao, etc.

El complejo educacional-científico y tecnológico pasa a ser simple reproductor y no más creador de nuevo saber y, mucho menos, de nuevos movimientos revolucionarios. Volvimos de ese modo al estadio pre-universidad, cuando bastaban las facultades los complejos de la economía colonial: derecho, farmacia, medicina, ingeniería, minas - las más antiguas y funcionales. Cuando la burguesía colonial perdió el poder en 1930 (para Brasil) (2), la revolución inventó la universidad (aquí tenemos la obra decisiva y nada estudiada de Josué de Castro), lo que en la época fue seguido por las clases derrotadas. Invención esa que consistió, en decisiva medida, en la adición de una cabeza dirigente, ilustrada, al aglomerado de facultades tecnológicas, destinada a ser formadora de la nueva elite política, las facultades de filosofía, ciencias y letras. La experiencia de la USP fracasó (como demostró Florestan Fernandes), así como la de la Universidad de Brasil o la nueva universidad de Darcy Ribeiro, sea en Brasilia o en el norte fluminense (que no están a la altura de los objetivos del maestro fundador).

La real nueva universidad, cuando la pequeña burguesía abandona su ciclo transformador y adhiere al capitalismo monopolista subordinado solo podrá ser aquella de la revolución democrática y popular anticapitalista y encaminada desde ya al socialismo y a la sociedad sin mercancías, sin capital, sin clases - o sea, el comunismo. No hay más como salvarla de si propia. Ella deberá desaparecer como momento importante de la miseria de este capitalismo.

La pequeña burguesía varguista y después janguista (de João Goulart) (3) fue expulsada del control estratégico de las instancias estatales y de las riquezas nacionales (a pesar de que no completamente) que garantizarían la soberanía del estado. Las privatizaciones complementaron el golpe de 1964, dándole un nítido sentido neoliberal, postergado hasta entonces debido a la hegemonía inicial del poder por la burguesía industrial paulista y por el control militar (pequeño-burgués) de los núcleos estratégicos del estado - productor de riquezas y sectores estratégicos (energía, telecomunicaciones, complejo bélico, algunos sectores de la C&T) y órganos de planificación.

El complejo industrial-militar, a su turno, proyectó los militares al corazón de la gran burguesía. Estos se transformaron en empresarios mayores y globales con esto sobro de la industria bélica Embraer (Empresa Brasileira de Aeronáutica). Pero la función capitalista de orientar rumbos propios al estado, a pesar de complementares a los del capital financiero, fue destrozada con las privatizaciones y demás pérdidas planeadas del control del estado realizadas por parte de ese capital no-liberal remaneciente.

Esas transformaciones destrozaron la revolución política de 1930 y sus reverberaciones emancipadoras (como sabemos, ambiguas y timoratas), realizando una verdadera contra-revolución, o mejor, completándola, pues fue iniciada en 1964. Ya en el 64 tenemos la gran y definitiva derrota de las mayorías pequeño burguesas (más sus aliados subalternos) y su estrategia de conducción del proyecto de soberanía nacional, que dio en lo que dio.

En la transición pactada pos 1984 solo tuvimos otros actos de derrota, que el socialismo pequeño-burgués no consigue ver, reiterando el viejo e imposible sueño de salvación capitalista del capitalismo de la miseria. Si nada hacernos, ellos proseguirán con esa pantomima por más de un siglo.

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