Nos sentimos complacidos, valorados y animados por la visita de un hombre a quien muchos le reconocemos una solidez moral, una excepcional rectitud de propósito y una enorme fortaleza espiritual.
Escrito por Joaquín Samayoa.23 de Marzo.Tomado de La Prensa Gráfica.
jsamayoa@fepade.org.sv
La visita del presidente de Estados Unidos de América siempre es un gran acontecimiento en un país tan pequeño como el nuestro. Nunca los medios de comunicación han sentido curiosidad de saber cómo viven esta experiencia los habitantes de caseríos rurales o de ciudades más pequeñas y distantes de la capital; pero en San Salvador –y de manera especial en círculos políticos, periodísticos y empresariales– definitivamente se alborota el gallinero.
Cuando un presidente salvadoreño viaja a Washington, las cosas son muy diferentes. Ahí no se para el gobierno ni se cierran las calles de la ciudad. Es muy poca la gente que se entera de que el más alto dignatario de un país amigo ha estado de visita en la Casa Blanca.
Los principales medios de prensa estadounidenses no suelen acarrear la noticia y, si lo hacen, apenas le dedican un mínimo espacio o una brevísima mención. Esto es bueno tenerlo en cuenta para poner las cosas en su correcta perspectiva y no darnos más importancia de la que realmente tenemos.
Pero eso que acabo de decir no es así únicamente por la enorme asimetría de tamaño y poder entre nuestros países; también refleja otra asimetría igualmente grande, a favor nuestro, en calidez humana. Los latinoamericanos somos buenos anfitriones, sabemos querer y mostrar cariño; quisiéramos, de verdad, que nuestro ilustre huésped se quedara más tiempo con nosotros para poder compartir con él esas cosas pequeñas y sencillas que a nosotros nos gustan.
Ese es el sentimiento que está detrás de esa ingeniosa agenda que alguien circuló en internet para el presidente Obama, la cual incluye “enflorar a la Manyula” y “comida típica” con sopa de patas, pupusas y buñuelos en miel.
Los analistas se quiebran la cabeza especulando sobre los motivos del presidente Obama para visitar nuestro país. Enfatizan lo que debiéramos pedir y lo que podríamos ganar.
Repiten hasta el cansancio unas cuantas cosas trilladas. Pero lo más propio de nuestra idiosincrasia es dar. El campesino salvadoreño, poco contaminado todavía por el individualismo de la civilización occidental, es muy generoso en su pobreza y sabe compartir lo poco que tiene. El salvadoreño suele ser amable y cooperativo con los extranjeros que nos visitan; ofrece ayuda sin esperar nada a cambio. Habría sido bonito que a la familia Obama se le permitiera un mayor contacto con la gente común y corriente para que pudiera sentir con más plenitud la hospitalidad de nuestro pueblo y el genuino cariño que casi todos sentimos hacia su país.
A diferencia de Estados Unidos, en nuestro país son pocos los que tienen un mal concepto del presidente Obama. No faltarán algunas manifestaciones de los que, prisioneros de ideologías obsoletas, culpan a Estados Unidos por todos nuestros males. Pero ni siquiera ellos albergan un rechazo personal al presidente estadounidense como el que expresan con irrespeto y excesos de agresividad allá en el norte los que todavía juzgan a las personas por el color de su piel. Nada de eso.
Aquí la familia Obama podrá sentirse cómoda y muy querida. Esas son las ganancias intangibles de la corta visita presidencial. Ganancias más para ellos que para nosotros, porque realmente no es mucho lo que un gobierno extranjero puede hacer para resolver los grandes problemas que aún persisten en El Salvador.
Pero igual agradecemos a la familia Obama que se haya tomado la molestia de estar 24 horas con nosotros, sin importar el cansancio de una gira que inició hace varios días, en medio de grandes problemas económicos y tensiones geopolíticas de las que debe ocuparse el presidente mientras estrecha relaciones con sus vecinos y amigos del sur. Nos sentimos complacidos, valorados y animados por la visita de un hombre a quien muchos le reconocemos una solidez moral, una excepcional rectitud de propósito y una enorme fortaleza espiritual para recibir críticas injustas con humildad y enfrentar desafíos monumentales en su intento para devolverles a la política y a la economía el humanismo que tanta falta les hace.
Me entusiasma particularmente el anuncio de promover el intercambio de cien mil jóvenes estadounidenses y latinoamericanos. Esa es la apuesta más lúcida para propiciar el entendimiento y la amistad entre nuestros pueblos.
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