Ramón D. Rivas.05 de Marzo. Tomado de Diario Co Latino.
Por la relevancia histórica y cultural que representa el sitio arqueológico de Tehuacán —para muchos desconocido— en las próximas entregas he tomado a bien compartir con ustedes, estimados lectores, un interesante artículo publicado, en junio de 1892, por el educador doctor Darío González en la revista La Universidad (Serie III, Número 6, San Salvador), que gentilmente el arqueólogo Paul Amaroly me proporcionó y que hago otra vez público, sobre todo en estos momentos en que nosotros los salvadoreños estamos tratando de poner en la palestra nuestro patrimonio cultural como importante referente identitario. Y es que Tehuacán es un importante sitio arqueológico de El Salvador y, hasta el momento, son mínimos los esfuerzos que las administraciones anteriores han hecho para su investigación y protección. Como muy bien lo cita Paul Amaroly, “desde hace 150 años, las publicaciones de varios viajeros han registrado sus impresiones de las pirámides y otros rasgos. En 1977, la Asamblea Legislativa incluyó Tehuacán en un listado de sitios nombrados como monumentos nacionales, con lo cual se reconoció su importancia, sin tomar otras acciones”.
Sin más, Tehuacán es un centro principal del período clásico tardío (600 a 900 d.C.), y probablemente fue una capital regional. Aunque esto corresponde con la época del auge de los mayas. Tehuacán pertenecía a una antigua etnia diferente, también representado en el sitio salvadoreño de Quelepa. Su centro monumental cuenta con más de 25 estructuras dentro de un área no definida de hectáreas. La Secretaría de Cultura de la Presidencia, en la actualidad está en los preparativos para iniciar con la delimitación de este importante lugar. Este sitio arqueológico, que hoy comparten los municipios de Tecoluca y San Vicente, posee una amplia zona residencial que rodea su centro monumental, dándole una extensión total ligeramente mayor de que un kilómetro cuadrado. Y es que —como muy bien lo describe Amaroly—, “la ubicación de Tehuacán es pintoresca en lo extremo, con el fondo dramático del volcán de San Vicente, por cuyas faldas se desplaza la antigua ciudad”. Pero bien, en su interesante descripción, el doctor González escribió: “Ya hemos indicado, cómo en el suelo de la América Central se encuentra sembrado de restos de ciudades y monumentos antiguos, muchos de ellos ya existentes desde tiempos inmemorables a la época del descubrimiento de América. Notables son las ruinas del Tical, Quiche, Santa Lucía Cutzumalguapa y Quirigua en Guatemala, y las de Copan en Honduras. La República de El Salvador posee igualmente algunas ruinas de ciudades indígenas antiguas. En el lago de Güija, en el distrito de Metapán, departamento de Santa Ana, existen vestigios de dos poblaciones indígenas; la una se llamaba Zacualpa en la mayor isla del lago, y la otra Güija, en sus contornos. Aún abajo las aguas se ven tales vestigios. Restos análogos, o más bien señales de haber existido una extensa población, se observan hacia la parte occidental del río Lempa, en una colina de terrenos de la hacienda de Parras en el departamento de San Vicente. Se dice que aquella población se llamaba Tecoluca, nombre que ha conservado en los antiquísimos títulos de los propietarios de aquella hacienda y que lleva hoy una nueva población situada lejos del lugar. Pero estos restos no tienen mayor valor arqueológico. No así las ruinas de la hacienda Opico o ruinas de Tehuacán, que son verdaderamente importantes y de las cuales ha dado antes una ligera idea Mr. Squier. Este célebre viajero dice, al hablar de la población aborigen de El Salvador: ‘Aunque Alvarado afirma que el país Cucatlán abundaba en grandes ciudades construidas de cal y piedra, muy poca evidencia hay a la fecha de su existencia. Yo encontré varios terraplenes de considerable magnitud y contornos cerca de Sonsonate y en el valle de Jiboa, cerca de San Vicente, pero los únicos restos de carácter imponente de que yo pueda afirmar su existencia en el Estado, son los de Opico, cerca de San Vicente, al pie del volcán del mismo nombre. Cubren estos como dos millas cuadradas y consisten en vastos terraplenes, ruinas de edificios, torres circulares y cuadradas y galerías subterráneas, constituido todo de piedra canteada. Una sola escultura se ha encontrado aquí sobre un trozo de piedra de ocho pies de largo por cuatro de ancho. Es verdadero estilo mejicano, representando un príncipe o un gran guerrero’”. Nosotros hemos hecho últimamente un estudio detenido de estas imponentes y monumentales ruinas. Tuve la fortuna satisfacción —en abril pasado— de haber sido ayudado en mis indagaciones por el ilustrado doctor don Nicolás Angulo, propietario de las tierras donde se encuentran las ruinas, y de encontrar en el terreno descombrado de la arboleda y malezas que antes la cubrían y ocultaban. Las ruinas de Tehuacán están situadas hacia la falda este del volcán de San Vicente, con ligera inclinación al sur. El volcán esta a los 13º 39’ latitud norte y a los 88º 48’ 30’’ longitud oeste del meridiano de Greenwich. Distan de las casas de la hacienda, que quedan en la parte sureste, cerca del camino que conduce de Tecoluca a San Vicente, como a unos 500 metros. Ocupan una extensión como de 3 kilómetros hasta los contornos extremos, donde todavía se perciben algunos vestigios de población. La parte central donde estuvo el asiento principal de la ciudad, que hoy es lugar cultivado y que llaman valle del León de Piedra (nombre dado al lugar por haber encontrado hace pocos años una escultura de un león de piedra), tendrá como kilómetro y medio cuadrado, de forma rectangular; y tiene límites al norte con la barranca del Río Frío, al oeste con la quebrada Honda, al sur con la barranca llamada de la Cayetana, y al este con una colonia que domina los edificios de la hacienda. La altura media de todo el valle es de 460 m sobre el nivel del mar.
Por la barranca del Río Frío corre un riachuelo y hay unas cavernas que están obstruidas, que se supone que se prolongan bajo el asiento de la antigua ciudad. Describamos ahora cómo esta dispuesto el local y cuáles son los principales monumentos que contiene. Del oeste al este, y procediendo de lo alto de una loma, forma el terreno una pendiente o plano de suave inclinación que se extiende hasta cerca del camino mencionado. Este plano se compone de una serie de terraplenes artificiales, de forma rectangular, mas extensos de norte a sur por murallas bajas de piedra, que dan al todo el aspecto general de inmensas graderías. Continuará…
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