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2010/12/20

El Faro - Las dos muertes de Karen Yamileth en el Selectos - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

 Afuera del supermercado la esperaba una de sus hijas. Sus captores dicen que hurtaba mercadería valorada en 27 dólares y que murió al acercarse a unos transformadores después de que se las ingenió para violentar un candado. Karen Yamileth no puede defenderse, y la Fiscalía, que no cree esa versión, tiene como testigos a los mismos acusados de homicidio y encubrimiento.

Daniel Valencia Caravantes.20 de Diciembre. Tomado de El Faro.

 

*El cuento de Lilsi y María

Karen Yamileth Cordero. Foto El Faro.net

Karen Yamileth Cordero mostrada en una fotografía familiar. Foto Bernat Camps

A la derecha, un vigilante abre la puerta de entrada. A la izquierda, otro cierra la de salida. En pequeños intervalos, a ese lugar entran clientes y salen compradores. Pero hay alguien que no se asoma por ninguna de las puertas. Hace 20 minutos está adentro y ya tarda demasiado.

Afuera, los buses de las rutas 2 y 6 recorren la 5a. Avenida Norte. De un lado de la calle está la fachada de una sala de ventas: es el Súper Selectos de Mejicanos. Del otro lado, una mujer, Lilsi, espera que alguien asome por la puerta de la izquierda, la de salida. Pero después de un rato, comienza a preguntarse por qué diablos no lo hace. Si entró hace 20 minutos, y hace 10 -antes de cruzarse la calle- la vio platicando con un vigilante ya cerca de las cajas registradoras, ¿por qué no sale? En el Súper, las dos puertas siguen abriéndose y cerrándose. Son las 4 de la tarde del jueves 14 de octubre y Karen Yamileth Cordero no aparece.

La hija de Karen, Naomi, quizá se pregunta lo mismo que su tía, pero no dice nada. O ni se enteró y piensa en chiquilladas. Guarda silencio mientras Lilsi hace malabares para no revelar su angustia. Un par de minutos después todo se va al carajo y a Lilsi el corazón le pide auxilio porque el pecho, de tanto encogerse, se lo aplasta. María, la otra mujer que entró con su prima al Súper, ya sale y ahora cruza la calle en dirección hacia ella. A Lilsi le preocupa que esta mujer viene sola.

—¿Y Karen, vo? —le pregunta.

María, de 24 años, dejó a Karen en la caja registradora. Vio que estaba al final de la fila. “Ya va a salir”, pensó, antes de salir ella con las cosas que acababa de comprar. Luego se dirigió a la esquina a comprar pan francés. Al regreso, como no ubicó a su amiga, se metió de nuevo al Súper. Encontró a Karen cerca del área de carnes, a un costado de las cajas, hablando con un vigilante. O, mejor dicho, con una mujer vigilante. Cuando María intentó hablarle a Karen, la mujer vigilante se lo impidió. Le dijo que saliera, que su amiga ya iba a salir. Entonces María cruzó la calle, sola, para disgusto de Lilsi.

—¿¡Por qué no salió con vos!?

Lilsi sospecha algo y salen ambas a buscar al vigilante hombre. Lilsi le lanza una pregunta directa:

—¿Qué sucede con la muchacha?

El vigilante, serio, le responde con otra pregunta:

—¿Qué es usted de ella?

—¡La prima! –le contesta.

—¡Sálgase! Ella ya va a salir —responde el hombre.

Tras ese rechazo, Lilsi siguió esperando. Pasaron cinco minutos más y nada. Pasaron 10 y nada. Salían y salían compradores, pero entre ellos no venía Karen.

Lilsi volvió a buscar al mismo vigilante y este le dio la misma respuesta:

—¡Sálgase, que ya va salir!

Lo intentaron una tercera vez. En esta ocasión ya tenían algún indicio sobre lo que ocurría. Ofrecieron pagar, si hacía falta pagar algo, pero fueron expulsadas nuevamente.

Pasaron más minutos y Naomi finalmente se impacienta. Pregunta por mamá. Desesperadas, las dos mujeres y la niña deciden bordear las instalaciones del supermercado. Por fuera, llegan a la bodega que conecta con la sala de ventas. Lilsi y María concluyen que después de que el vigilante abordó a Karen y la apartó de las cajas registradoras, la condujo hacia ese lugar oscuro que prohíbe el paso a las personas no autorizadas. Si está ahí, a lo mejor puedan verla y preguntarle qué pasó. También deciden hablarle por teléfono al compañero de vida de Karen. No es lo mismo que un hombre dialogue con otro hombre. Ya llevan esperando 45 minutos.

El portón de la bodega del supermercado, por lo general, está abierto, porque el despacho de mercadería es constante. Y cuando está abierto, entre los barrotes se distingue la puerta que conecta a la sala de ventas. Es un amplio arco del que cuelgan unos mechones de plástico grueso transparente iluminado por las lámparas de la sala. A la izquierda, una pared y una caja con fusibles. Recto, al fondo, un salón lleno de cajas de cartón. El salón es oscuro a pesar de los focos que intentan iluminarlo. Más al fondo, solo se distingue un pasillo que conduce hacia otros cuartos.

Apostándole a nada, Lilsi silba un rechiflo de dos tonos, nada espectacular, y luego grita:

—¿¡Karen!? ¿¡Qué pasó!?

Nadie contesta.

—¿¡Karen!? —intenta de nuevo. Y esta vez tiene éxito. Del pasillo oscuro que conduce a otros cuartos, distinguen una voz conocida que pide auxilio.

—¡Andá a hablar con el vigilante! —grita Karen.

Y van y el vigilante, como si fuera grabadora, responde lo mismo:

—¡Sálgase, que ya va a salir!

Lilsi se siente como una hormiga cargando siete veces su propio peso. No sabe qué hacer, y solo escucha a su prima pidiéndole que vaya a dialogar con una estatua.

Mientras las primas se gritan, la mujer vigilante camina varias veces por el pasillo, hacia la salida de la bodega. Va en dirección a la voz. En un punto, Lilsi y María la pierden de vista; pero segundos después encuentran a la silueta que regresa y se mete de nuevo a la sala de ventas. Ahí le dice algo al otro vigilante.

En la lejanía del pasillo oscuro, Karen comienza a llorar.

***

En el Súper Selectos de Mejicanos, como en la mayoría de las 80 salas de ventas que tiene Grupo Calleja -el emporio detrás de estos mercados con aire acondicionado y circuito cerrado de radio- había cuatro vigilantes el 14 de octubre de 2010.

El primer vigilante que recibe a los clientes es el del parqueo. Y cuando uno entra a la sala de ventas, otro vigilante abre la puerta y saluda. Y, además, no le despega la mirada al cliente sino hasta que entra otro cliente. Pero si detecta algún movimiento sospechoso, abre y cierra la puerta sin despegar la mirada de su objetivo.

Una semana después de aquella visita de Karen, Lilsi, Naomi y María, el vigilante de la entrada se movió un par de metros de su puesto para advertirle –desde la lejanía- a su compañero en la salida, parado detrás de las cajas registradoras, que en cualquier momento detectaría a un sujeto sospechoso. Se lo dijo con la mirada, como si dos pares de ojos pudieran entenderse a la perfección. “Ha entrado un sujeto sospechoso”, se habrán dicho esos cuatro ojos. El sujeto no lleva carretilla ni canasta, no toma nada de los estantes y para colmo le cuenta a su grabadora sobre los productos que hay en cada pasillo. Entonces el otro vigilante, el de la salida, me enseñó que de verdad los ojos comunican, y me dijo que dejara de hacer tonterías, que al Súper se entra a comprar, que al Súper no se entra a hablarle a una grabadora. Cuando las miradas son claras y contundentes todo se entiende muy fácil, pensé.

Apagué la grabadora, regresé a la entrada, tomé una canasta y disimulé mi recorrido. Escogí una barra de pan y la metí en la canasta. Pero mi intento de camuflaje falló, y cuando crucé los pasillos centrales, el vigilante/torre que custodia la salida, ubicado tras las cajeras, ya se había movido otro cuadro para no perderme de vista. Me tenía en jaque. Tuve que hacer las del alfil y refugiarme en una de las esquinas de la sala: la que conecta con la entrada a la bodega. Desde ahí quería ver qué hay detrás de las cortinas de plástico transparente. Y en efecto, al fondo se distingue muy bien la salida de la bodega (o más bien la entrada para la descarga de productos). Luego regresé a mi posición del alfil, deshaciendo el recorrido anterior.

Intenté hablar con tres empleados que caminaron por esa esquina pero solo conseguí una confirmación que ni necesitaba: “Sí, aquí pasó eso”. Después el silencio y se perdieron en la bodega. Decidí largarme. Estaba claro que había órdenes de no hablar, o que el miedo a algo se los impedía. Cuando llegué a la caja, el vigilante ya no me prestó atención. Intenté que la cajera dijera algo pero respondió igual al resto. Luego me despidió, entregándome el tiquete. “Gracias por su compra, que le vaya bien, lo esperamos nuevamante”. Del vigilante/torre, luego  de preguntarle por el incidente, concluí que a lo mejor es sordo y mudo porque ni me contestó. Creí leer en sus ojos algo como un “¡deje de joder!”.

Los testigos que no se mencionaron a sí mismos

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Saraí, de 2 años de edad, duerme en un sillón en su hogar en la comunidad Trujillo de San Salvador. Foto Bernat Camps

Luis Rivera y Marta Mejía son dos vigilantes de la Compañía Profesional de Seguridad, S.A. de C.V. “Cops”, según su abreviatura inscrita en el Registro de Comercio. Él tiene 58 años y vive en uno de los tantos suburbios de Soyapango. Ella tiene 40 y vive por la Troncal del Norte, en otro suburbio.

En Mejicanos, Luis custodiaba la salida y Marta, su compañera, la bodega. Los otros dos vigilantes, de la otra compañía, se repartían la puerta de entrada y el parqueo.

En algún momento de la tarde del 14 de octubre, Karen ingresó a la sala de ventas y ya no salió porque cuando quiso hacerlo, a Luis le pareció sospechosa. Se lo comunicó a Marta, que llegó a recoger a la sala de ventas a la mujer.

Entre las 5:15 y las 5:25 de ese día, Marta ya tenía en custodia a Karen. Se la había entregado Luis. Las dos mujeres cruzaron hacia la bodega y pararon en una pequeña rampa que conduce al salón de descarga de productos. Karen, entonces, sacó de sus ropas 12 cajitas de cartón que contenían 12 tubos de pasta dental. Lo puso todo en el suelo. Luego se sacó un bote grande de Café Buen Día y dos más pequeños de la misma marca. Todo sumaba 27 dólares. Luego Karen aprovechó un descuido de Marta e intentó escapar.

Tenía cinco opciones: correr hacia la salida de la bodega, a la izquierda, y rogar que la puerta de barrotes estuviera sin llave; regresar a la sala de ventas e intentar escapársele al vigilante/torre de la salida; correr a la derecha, hacia el pasillo oscuro que conduce hacia otros cuartos; pagar el total de lo que quería hurtar o simplemente resignarse y esperar a que los vigilantes llamaran a la policía.

Este último procedimiento es, en teoría, el que tuvo que haberse cumplido aquel jueves. O al menos eso indica el punto número 10 del manual de procedimientos para los jefes de seguridad de las salas de venta que Grupo Calleja tiene institucionalizado: “Retener a cualquier persona que se sorprenda cometiendo un acto delictivo in fraganti dentro de la sala, llamar e informar a la Policía Nacional Civil a efecto de que ella realice el procedimiento legal”. Esta normativa sustituyó a otra muy curiosa y pintoresca que hacían en algunas de las salas de venta del Súper Selectos hace más de 10 años: cuando sorprendían a alguien intentando llevarse mercadería sin pagarla metían a esa persona en un cuarto, la obligaban a cargar los objetos que quería hurtar y le tomaban una fotografía. Luego, esa fotografía era colgada en un mural detrás de las cajas registradoras. Aquellos eran retratos humillantes de caras tristes, de risas nerviosas, de ojos quejumbrosos, algunos con lágrimas. Eran la expresión de ningún futuro en las artes de hurtar y una advertencia para quienes los quisieran imitar. Bueno, en realidad era como una advertencia para todos, porque el mural estaba a la vista del público. Una de las salas de venta en las que se hacía esto era la que está ubicada sobre la Avenida Olímpica y la 59a. Avenida Sur. La más cercana a las oficinas centrales de Grupo Calleja.

Ahora ya no se hace eso, pero el recelo de la seguridad del Súper Selectos se explica porque sí hay gente que se mete a las salas a hurtar productos. Este año, la Fiscalía cuenta 112 denuncias por hurtos y robos contra la cadena a escala nacional. Los casos van desde los “hurtos de hambre” -es decir, alguien quiso llevarse un bote de leche-, hasta otros más planificados como la intercepción y robo a camiones surtidores de productos. En esos casos, ¿para qué sirve el vigilante? Según Grupo Calleja, "para preservar la integridad del personal, de los clientes y de los activos de la empresa”. Sirve, además, para dar parte a las autoridades si detienen a alguien in fraganti. O al menos así lo ordena el punto número 10 del manual de procedimientos.

Pero Luis y Marta (*) no siguieron ese manual. No retuvieron a Karen en la sala sino que la introdujeron a la bodega para catearla. A la rampa de la bodega, para ser precisos. ¿Por qué lo hicieron así? La gerente de la Sala, Gloria González (**), le dijo a los fiscales que “tenía conocimiento” de que ese era el procedimiento común cuando detectaban un hurto: los vigilantes retenían al hurtador, lo llevaban a la rampa, lo cateaban y le daban a escoger entre dos opciones: o pagaba y se iba libre, o llamaban a la Policía.

—No los encierran en ningún cuarto ni los llevan a la planta —dijo Gloria.

***

Atrapada in fraganti, Karen tenía cinco opciones. Decidió huir hacia la oscuridad. Tomó el pasillo que conduce hacia otros cuartos y llegó a uno que tiene puerta con pasador interno. Marta, que sabía que Karen no tenía forma de escapar, que se había encerrado a sí misma, no la persiguió. Cuando corroboró  dónde se había metido, regresó a la sala de ventas a buscar a Luis. Marta no tenía llave para abrir el cuarto en el que, desesperada, se fue a encarcelar Karen.

Minutos después de que Marta y Luis se internaron de nuevo en la bodega, hubo un apagón total en el supermercado.

Gloria González, la gerente, se salió de su cubículo, ubicado a un costado de las cajeras, a la par de la puerta de entrada, y se dirigió hacia la bodega. En el camino se topó con Luis.

—¿Y qué pasó? —preguntó Gloria.

Luego Luis le contó lo que había sucedido. Eran las 5:30 de la tarde. Había pasado hora y media desde cuando a Karen la vieron hablando con un vigilante cerca de las cajas registradoras.

En el cuarto donde se encerró Karen había una última puerta, de baranda, custodiada por un candado. Después del apagón, Gloria fue hasta el cuarto y comprobó que el candado que en teoría tenía que estar puesto –porque lo revisó en algún momento del día- no lo estaba.

La versión de Gloria es compartida por otros dos testigos que declararon dos días después del incidente. Uno de ellos agrega además un elemento nuevo: Karen había ingresado con un hombre.

Humberto Lima, un supervisor de vigilancia que llegó al supermercado a las 5, asegura que a las 5:15 observó a una pareja sospechosa. El hombre, dijo, salió de la sala y posteriormente lo intentó seguir la mujer. Pero la mujer fue retenida por una agente de nombre Marta. Humberto cuenta que vio el cateo y que después del apagón fue junto a Luis hacia el cuarto donde se encerró Karen. En el cuarto había otra rejilla de metal que se mantiene cerrada con un candado. Lo raro era que este “estaba violentado”.

Ni Humberto mencionó a Gloria como parte de la comitiva de expedición a ese cuarto, luego del apagón, ni Gloria mencionó a Humberto. Otro supervisor de vigilancia coincidió en varios puntos, pero agregó otro elemento nuevo: arribó a las 4:40 y en el supermercado todo estaba en orden.

César Guzmán llegó a las 5:10 de la tarde y vio cuando Marta se llevó a una mujer a la bodega. Luego vio que Marta regresó a la sala por Luis, y juntos reingresaron a la bodega. La misma historia: Marta necesitaba la llave que tenía Luis. Luego se vino el apagón de luces. Y, luego, Luis le contó lo que había pasado allá adentro a César, quien tampoco mencionó en su relato ni a Gloria ni a Humberto. Ni ellos a él.

Otro testigo de la hora del suceso, pero no del suceso en sí, fue el abogado Rafael Meneces. Él recibió una llamada del supervisor César Guzmán. En la llamada, Guzmán le contó lo que había sucedido pero no todo, porque Guzmán desconocía lo que ocurrió adentro de aquel cuarto, antes de que se produjera el apagón. Según el abogado, Guzmán debía informarlo a sus superiores. La llamada la recibió él a las 5:30 de la tarde.

Meneces es el abogado defensor de Gloria González, la gerente de sala del Súper Selectos de Mejicanos. También es el apoderado general judicial, desde 2006, de Calleja S.A. de C.V., que es el nombre registral de Grupo Calleja. Meneces comparte este poder con otro abogado de nombre Carlos Perdomo Paniagua. Perdomo Paniagua también defiende a Gloria y a dos vigilantes: a Marta y a Luis.

Sobre lo que allá adentro sucedió,  ante el juzgado de Paz de Mejicanos, Luis dijo:

—Soy inocente del hecho. La persona lamentablemente decidió huir.

Marta, añadió:

—Soy inocente del hecho. Siento mucho lo que pasó. No hemos hecho nada. Lamentablemente la persona corrió.

Entre los “requisitos mínimos exigibles” que Grupo Calleja pide a los postulantes para el cargo de “jefe de seguridad de sala” está el haber cursado sexto grado. “Necesario y deseable”, dice el documento. También que la persona tenga conocimientos del servicio al cliente, creatividad, iniciativa y buenas relaciones humanas. El vigilante de la otra compañía, que custodiaba la entrada, un día después del apagón, declaró que uno de los principales encargados de la sala era Luis. Luis era uno de los dos vigilantes de Cops. Los propietarios de la sociedad que fundó Cops no tienen relación con los fundadores de Calleja S.A. de C.V. Cops, en teoría, debería tener sus oficinas en una colonia contigua al Estadio Cuscatlán. En la casa número #1. Sin embargo, hoy ahí funciona una pequeña maquila, desde donde una mujer que hace las veces de supervisora pide que se pregunte por los anteriores inquilinos “en el Selectos”.

Para llegar a Cops, según las pistas en el expediente del caso, hay que llegar a la 59a. Av. Sur Entre Calle el Progreso y Avenida Olímpica. San Salvador. Fue ahí donde, el 15 de octubre de 2010, dos oficiales de la Policía llegaron a capturar a Marta y a Luis. “En las oficinas de la empresa de seguridad denominada Cops...”, inicia el parte policial. Esa es la misma dirección de las oficinas centrales de Grupo Calleja (***).

Karen murió en una de las tiendas de la cadena de supermercados. Eso es un hecho. Y la versión de los acusados de su muerte es que la joven pretendía hurtar mercadería. Quienes la acusan son los únicos testigos que tiene la Fiscalía para montar el caso.

***

A las 5 de la tarde del 14 de octubre, Karen suplicó de nuevo:

—¡Hablen con el vigilante!

Lilsi Stephanie no encontraba las palabras adecuadas para decirle que el vigilante estaba necio. Terco.

—¡Stephanie, ¿y Anthony?!  —preguntó Karen, desesperada-. ¡Decile que hable con el vigilante!

Anthony estaba a escasos minutos de llegar. Había pasado más de una hora desde que Karen entró al supermercado.

El cuento de Anthony y Karen Yamileth

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Ade y Saraí, dos de los tres hijos de Karen, en su casa, cerca de la iglesia de Candelaria, en San Salvador. Foto: Bernat Camps

Anthony castigó los amortiguadores de su carro en los baches de la calle. Llevaba prisa. Karen lo necesitaba con urgencia. Solo él podía evitar que ella cayera en una profunda desesperación. Solo él, su marido. Por eso Anthony manejó como loco sobre el Bulevar Venezuela.

Él y su familia viven en una comunidad, cerca de la iglesia de Candelaria, a la orilla del arenal de Monserrat. La comunidad es una treintena de casas de dos plantas a la orilla de la arteria. Lo de “dos plantas” es relativo. Más bien son dos cajas de cemento dispuestas una encima de la  otra. Un cuarto muy pequeño encima de otro igual de pequeño.

Aquella no sería la última vez que Anthony iría en auxilio de Karen, atravesando calles como un desalmado. Sí sería, en cambio, la última que lo hizo con el sinsabor de saberse tarde. Era el 7 de octubre de 2010 y él no lo sabía, pero ese era el último cumpleaños de su mujer.

En su casa, la familia completa estaba reunida y el repartidor de pizzas hacía ratos que había tocado a la puerta. La promoción de tres por 12 dólares de la Hut habían pedido. Solo faltaba el postre, que se mecía de arriba abajo en el asiento del copiloto, cada vez que Anthony frenaba, metía el clutch y cambiaba de velocidad. Apenas lograba detener a tiempo la caja del pastel y el galón de sorbete que se inclinaban sobre el borde del precipicio que era el asiento.

Anthony corrió como loco para no llegar tarde, pero llegó tarde. Y esa sí fue la última vez que llegó tarde para auxiliar a su mujer. Karen, sus tres hijos y sus suegros ya habían devorado sus porciones de jamón y queso. Para reparar el daño, le plantó un beso en la frente a Karen.

-Aquí  está -le dijo. Ella, sólo entonces, sonrió de nuevo. Pero al abrir la caja del pastel –y luego ojear el sorbete- refunfuñó. Anthony, por la prisa, entendió mal el recado. Karen quería pastel de fresa y sorbete de chocolate, pero Anthony llevó los sabores al revés.

—¡Ah, chis! —le dijo Anthony, contrariado—. ¡Hoy revolvé el sorbete con el pastel y te lo comés!

Todos rieron. Estaban reunidos, felices, celebrando el cumpleaños número 23 de Karen Yamileth Cordero Quintanilla. Sus hijos, “Ade”, de 17 meses, y Saraí, de dos y medio, quedaron con bigotes de fresa. Naomi, la mayor, de seis, se repitió pastel. Y Anthony, orgulloso, supo que pudo hacer sonreír, una vez más, a Karen. Ese día, los Montoya Cordero fueron felices. Lástima que esa felicidad junto a Karen tenía una cercana fecha de caducidad, aunque ellos no lo sabían. Como los alimentos enlatados del supermercado donde ella falleció, tenía una etiqueta invisible que anunciaba “consúmase antes del 14/10/10”.

***

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Anthony Montoya junto a Naomi durante una manifestación organizada por redes sociales frente al Súper Selectos de Mejicanos. Foto Frederick Meza

Anthony no se llama así. Se llama Saúl Antonio Montoya. Karen, sin embargo, desde que lo conoció, hace 14 años, lo bautizó con la versión en inglés de su nombre: “Anthony”. Nueve años tenía ella cuando lo rebautizó como Anthony. Él es bajito y moreno. Por lo general anda la cara manchada con pelitos disparejos en la quijada, los pómulos y el bigote. La irregularidad de su barba, el color de su piel y la fuerza de su mirada lo perfilan, casi siempre, como un hombre enojado. O serio. Muy serio. Al tratarlo de cerca, sin embargo, el ceño se le descose y los ojos se le vuelven indefensos. Casi tristes.

Cuando Karen tenía nueve años, conoció a Anthony, que tenía 15. Se conocieron en la casa de una vecina, que un día de tantos celebró sus 15 años e invitó a sus amigos más cercanos. Anthony, por ser recién llegado, llamaba la atención. Karen, por ser –según Anthony- “bien dotada” desde los nueve, también llamaba la atención. Entonces los dos morenos se conocieron, se enamoraron y decidieron que a partir de ese día se frecuentarían lo más que pudieran.

A la abuela de Karen, Guadalupe, el cuentecito del “mono vago” que llegaba a visitar a su nieta no le agradó. Así que de vez en cuando la cinchaceaba para intentar sacárselo de las entrañas. Ese de vez en cuando se repetiría durante seis años. Guadalupe se sentía con la autoridad de castigarla.

—¡Si yo la tuve desde los 4 meses! ¿Dígame si no era yo la mamá? —dice la anciana de 76, sollozando.

Guadalupe es una de las fundadoras de la comunidad Trujillo. A ella llegó hace 22 años, después de andar rebotando con su difunto marido, José Bartolomé. Vivieron en San Vicente, Usulután, Nueva Concepción, Santa Ana y Sonsonate. Hace muchos años también vivieron en los mesones cercanos al mercado central y al Bulevar Venezuela. De ahí se saltaron a la comunidad en la que hoy vive Guadalupe, cuando aquello era un matorral sembrado con champas de lámina a las que llegaron a dormir vendedores de todas partes, con la certeza de saberse en una de las periferias más pobres del centro de San Salvador. Guadalupe nunca estudió y a estas alturas del partido no sabe leer. Pero desde que se juntó con José Bartolomé, ella solo supo hacer una cosa: “Vender para sobrevivir”, dice.

Primero aprendió el arte de vender “cachadas”. Este, explica, parte de una regla principal: “saber moverse”. Cuando hay ofertas, hay que invertir y comprar al por mayor, lo más que se pueda y luego revender las unidades. De lo que sea. Cuando hay cargamentos en el centro también. Con todo lo que eso implica porque “Dios sepa de dónde salen”. Lo que implica es comprar rápido y desaparecer rápido. Me explica esto sentada en la cama que hace las veces de sofá y de sala en el cuarto del primer piso de su casa. Nos rodean 12 bolsas gigantescas apiladas en las esquinas del cuarto y cuyo contenido huele extraño: es “ropa americana”, usada, que Dios sabe de dónde sale, pero que Guadalupe piensa revender junto a su hija, Xiomara, la mamá de Lilsi. La tía de Karen. Sin duda, muchos salvadoreños vivirán como esta familia: pepenando los desechos de otros. Revendiendo aquello que a otros ya no les interesa. La familia de la par es una de ellas.

Xiomara aprendió el ofició de su mamá, y también aprendió el arte de vender embutidos. Hace mucho tiempo, cuando Guadalupe logró prosperar, se hizo de un puesto en San Vicente para venderlos. Allá se llevaba a su hija y a su nieta, Karen, que también aprendió el mismo oficio de sus guías: vender para sobrevivir.

Pero Guadalupe y Xiomara querían para Karen otro futuro, y por eso se fajaban día y noche para que la niña estudiara. Hasta que apareció en escena Anthony, y Guadalupe se molestó mucho.

—¡Es que pues sí! ¡Por andar con él no iba a clases! —dice.

Ella no se equivocó aquella vez. De tanto escaparse con su novio la niña conoció a un hombre y Anthony la hizo su mujer. A los 15 años, Karen dejó de estudiar y se acompañó con Anthony, de 21. Se fueron a vivir a un pasaje de distancia, en la misma comunidad, a la casa que el padre del muchacho les dejó. Al año nueve meses de estar juntos nació Naomi, morena como sus padres. Karen y Anthony formaron una familia.

***

Por muchos años se dedicaron a vivir de vender dulces –Anthony trabajaba en una dulcería del centro de San Salvador- y a vender zapatos de cuero. El papá de Karen es zapatero –el otro hijo de Guadalupe- y nunca se desatendió de ella, pese a que se fue a vivir a Santo Tomás con la mamá de Karen. La separación entre la hija y sus padres, según Guadalupe, se debió a que José, su hijo, caminó hasta Estados Unidos. Cuando se fue, la niña tenía cuatro meses y su mamá biológica no puso ningún reparo cuando su abuela, afligida por el futuro de su nieta, se la pidió.

—¡A los 8 años intentó irse con ellos pero no duró ni 15 días! —cuenta Guadalupe—. Sus hermanos, en Santo Tomás, mucho la golpeaban. El padre de Karen ya estaba de regreso.

Cuando José supo que su hija dejó de estudiar, le propuso darle comisiones si le vendía los zapatos que él hacía. José se hizo zapatero luego de ser deportado. Así que Karen pasó de vender dulces a vender zapatos. Con Anthony iban a todos lados: a Chalatenango, a Santa Ana, a Sonsonate, al Mercado Central, a San Miguelito... “a donde se nos ocurriera”, dice Anthony. Entre ventas y más ventas para subsistir pasaron cuatros años y nació Saraí. Por esas fechas, en 2007, murió el abuelo de Karen, José Bartolomé. Su muerte fue una premonición que nadie supo interpretar o fue el inicio de una maldición para esta familia. José Bartolomé iba cruzándose a pie el Venezuela cuando un desalmado, según Guadalupe, lo atropelló. El desalmado se dio a la fuga, impune, y José Bartolomé murió de camino al hospital. No se hizo justicia y José Bartolomé ya no alcanzó a presentarse con “Ade”, su bisnieto que nació a finales de 2008.

A Anthony y Karen en algún punto de su historia les tuvo que ir más o menos bien con tanta venta porque compraron un sedán de cuatro puertas con buen motor. Algo descascarado y magullado el vehículo, pero para lo que está hecho funciona a la perfección. También compraron un televisor de buena marca y un reproductor de devedés. Una cocina y un juego de sala que ya pide ser desechado para que alguien más lo compre.

En las ventas, a Anthony y Karen se les sumaba Lisli, que más que prima era como la hermana menor de Karen. Ellas eran inseparables, aseguran Xiomara y Guadalupe. Se llevaban tres años. Lilsi, al igual que Karen, aprendió el arte de vender con su abuela y su madre. Sabía olfatear, igual que Karen, las oportunidades. Sabía vender. Así que el 14 de octubre, las dos primas se pusieron de acuerdo con una amiga de nombre María para ir a comprar cachadas y luego revenderlas en Cuscatancingo y Mejicanos. Cuando terminaron la jornada, Karen olfateó una oferta.

—Había una oferta de jabones —dice Lilsi.

Así que se fueron al Súper Selectos de Mejicanos para comprar varias promociones y luego revenderlas. María compró dos, cree recordar Lilsi, y salió. Ese día, en La Prensa Gráfica, en la página 23, entre los “Súper descuentos” había unos botes de jabón líquido de 221 ml. Tenían rebaja de $1.21, cuando el precio normal, según la promoción, es de $2.01. Ese día caducaba la oferta y, en letra chiquita, se advertía que solo podían venderse tres artículos por cliente. Sólo imaginándose lo que Karen pudo ganar con las únicas tres promociones que pudo haber comprado se entiende el sistema de la reventa de “cachadas” que me explicó Guadalupe. Es micro economía para “survivors” en este país de contrastes.

Aquel 14 de octubre, Anthony tenía intención de ir a vender con ella pero se quedó cuidando a los más pequeños porque Guadalupe no podía hacerlo. Naomi, como ya sabía aguantar la jornada, se despidió de Anthony y se fue con su mamá y su tía. Karen salió de su casa a las 10 de la mañana. Por más que lo intenta, Anthony no puede recordar qué fue lo último que se dijeron.

***

Ese jueves, a las 4:45 de la tarde, Anthony repitió el el manejo salvaje de siete días atrás por el Venezuela. Minutos antes de salir había recibido la llamada de Lilsi, que lo había informado de todo. Rumbo a Mejicanos, no reparó en nada. Se puso allí en 20 minutos. Cuando llegó al Súper se reunió con las mujeres y acordaron que hablaría con el vigilante. Pero la respuesta fue la misma:

—¡Sálgase!

Karen, desde la bodega, volvió a preguntarle a su prima por su marido. María, alejada en la esquina, cuidaba a Naomi mientras Anthony peleaba por liberar a Karen. Pero él regresó a la bodega con la mala noticia de la terquedad del vigilante y tampoco se lo dijo a Karen para no angustiarla. Le silbó. Karen, sollozando, le pidió de nuevo que lo intentara. Así que Anthony pensó en alguna estrategia, en algún artilugio que rompiera el cerco frío en el que se había convertido la razón del vigilante. Lo triste es que el coraje, el valor y el reclamo de un marido desesperado por su mujer se le escondieron como caracol en su concha después del primer encuentro con el vigilante. Al parecer, quedó intimidado. Así que su estrategia de rescate no podía realizarla él, sino que otra persona. Vio a su hija Naomi y pensó en apelar a los buenos sentimientos del hombre para que aceptara la ofrenda de paz que aquella diminuta emisaria le llevaría.

-Le di un billete de 20 dólares para que ellos cobraran cualquier cosa que hubiera que pagar y la liberaran -dice Anthony.

Pero de verdad que el vigilante era un témpano. Le ordenó a la niña que saliera y según Anthony, le pegó un “coshco” en la cabeza, antes de sacarla de la sala. La niña, dice, regresó llorando a sus brazos.

Solo entonces el caracol enjuto en su cabeza se transformó en un cangrejo dispuesto a perder sus tenazas. Anthony se enfrentó al vigilante, de nuevo, pero no logró su cometido. Desde la bodega, Karen preguntó una última vez por él.

—¿¡Y Anthony!?

De regreso a la bodega iba su marido, caminando por la acera, cuando Karen preguntó eso por última vez. Anthony iba a medio andar cuando escuchó una explosión, seguida de un bajón de energía. Unas chispas saltaron del poste de la esquina de la cuadra, cercano a la bodega. De inmediato sobrevino el apagón. Eran las 5:30 de la tarde. Al menos en este punto, todos los relatos coinciden.

Karen en el cuarto de los transformadores

Súper Selectos Mejicanos. Foto El Faro

Fotografía en el expediente del caso que muestra el lugar donde murió Karen Cordero. Foto Daniel Valencia

Karen está sola. El laberinto que fue su vida llegó hasta ahí, hasta ese cuarto prohibido, al final de la bodega del supermercado. Y de ahí ya no hay retorno. Se acabó el tiempo. Se cumplió la fecha de caducidad de la felicidad de los Montoya Cordero.

El cuarto es oscuro, y al final del pasillo hay una puerta de rejas, y detrás de esas rejas están sus asesinos.

¿Cómo llegaste ahí, Karen? Y sobre todo, ¿cómo te acercaste tanto a los transformadores de energía? ¿Acaso ellos tienen razón, y corriste, te encerraste, y quizá –como sugieren- forzaste el candado de la reja? ¿Acaso rodeaste esos tambos grises -buscando una salida- porque viste el muro que conecta con el pasaje posterior, viste luz, viste una diminuta escalera? ¿Acaso intentaste escalar y te caíste, tocando algún cable? ¿O acaso tiene razón tu familia, y ellos te llevaron hasta ese cuarto que parece cárcel, una cárcel improvisada por unos policías improvisados en un país donde a menudo ellos tienen más jurisdicción, más recursos y mejor logística que los policías reales? ¿Acaso la escena que le carcome la cabeza a Anthony –inducida, dice él, porque no tiene claro qué sucedió- fue real, y te golpearon, y te empujaron, y caíste en los transformadores?

¿O simplemente, Karen, llegar hasta un lugar prohibido, por las razones que fueran, te costó la vida en un accidente sin sentido? ¿¡Qué diablos te pasó, Karen!? Y, sobre todo, ¿¡por qué te detuvieron!? ¿De verdad intentaste salir del supermercado con 12 pastas dentales, un bote grande y dos pequeños de café, creyendo que te comerías a la torre/vigilante? ¿De verdad llevabas todo eso debajo de tu blusa escotada, y de tu falda pegada, que te llegaba a las rodillas? Porque en tu diminuta cartera de mano, nada de eso cabía...

—¡Yo le enseñé a vivir pobre pero honradamente. Le enseñé a vender para ganar dinero honrado! —dice Guadalupe.

Ni los primeros investigadores ni la primera fiscal que llegaron hasta ese cuarto resguardaron la escena. Igual, quizá no había mucho que resguardar, porque pasaron alrededor de 30 minutos hasta que llegaron, y los primeros en llegar con lamparitas a ver qué sucedió fueron los vigilantes. Pero cuando llegó la policía, nadie tomó huellas de nada. Ni siquiera del candado. Ni de la pared ni de la escalera. Tampoco pidieron como prueba aquello que Karen, en teoría, se estaba robando, para ver si de verdad los tocó o al menos para cerciorarse de que la acusación en su contra fue real. Los policías, en sus reportes, dan por hecho que Karen robó. Así, sin pruebas. Así, sin que ella pueda defenderse. En la sala de ventas no había cámara de seguridad, dicen, aunque ahora hay una que apunta hacia el parqueo y que muestra la imagen en una pantalla dispuesta en el cubículo destinado para la gerente de la sala.

Ninguno de los clientes que habrán visto lo que pasó en la sala ha sido rastreado. Quizá alguno de ellos confirme a qué hora inició todo. Si a las 4 o a las 5... Pero el fiscal del caso dice que sería difícil, porque los tiquetes de compra no llevan ni santo ni seña cuando se paga en efectivo. Le digo que a lo mejor, con suerte, alguno pagó con tarjeta entre las 4 y las 5:30. Y a lo mejor vio algo... ¡Pero ya qué! ¿A quién le interesa cómo murió una pobre mujer en un país donde hay muchos pobres y muchos muertos? Mueren 8, 9, 19, 11, 12 al día, dependiendo de la temporada, como si fueran productos en líquidación en este mercado de violencia en el que vivimos. Y por tanta oferta, aquí hay crímenes que sobresalen del resto, marginando al resto. Si son masacres sí amerita al mejor equipo de investigadores. Sí son incidentes que causen alarma social también. Al menos así trabaja la división élite de la Policía, la Antihomicidios. ¿Pero una mujer muerta por causas extrañas adentro de un supermercado? La Policía no resguarda la escena, no recoge la información necesaria de los potenciales testigos, no recoge huellas... ¿y la Fiscalía? Arma su caso, como la mayoría de sus casos, con base en testimonios y que el juez decida cuál es más creíble. El de Karen así se ha armado y el problema es que más de la mitad de esos testigos son los acusados de permitir que ella llegara hasta ese cuarto y de encubrir lo que pasó allí adentro.

***

Karen está sola en el cuarto oscuro y detrás de las rejas la esperan sus tres asesinos. Son grises y tienen bornes que parecen cachos. Esos tres transformadores son el corazón que bombea energía a todo el supermercado, con su iluminación y congeladores incluidos. Los tres generan una potencia de 175 mil voltios-amperios. A ellos nunca hay que tentarlos acercándose porque no perdonan. Pero Karen ignoró que su sola presencia los activaría. Como si lo desearan, ellos esperaron pacientes a que se acercara. Un metro 60, 59, 58, 57... ¡listo! La barrera de protección fue cruzada por el cuerpo de Karen.

Los electrones que corren por los transformadores se activaron. Se activaron cuando descubrieron que ese cuerpo llevaba fluidos, y los fluidos del cuerpo humano son perfectos conductores. Entonces, en fracción de segundos, se consumó todo un proceso que tiene un sinfín de apelaciones técnicas, pero que en español se resume en que un arco eléctrico, una estela de energía, un rayo, impactó en Karen. Se le metió en el cuerpo y lo recorrió todo. El rayo la asfixió y le provocó un paro cardiaco. En algunos puntos del cuerpo le provocó una tetanización muscular. Es decir, le frio la grasa subcutánea como margarina. Quizá por eso en el reporte preliminar de Medicina Legal le detectaron manchas oscuras, como moretones, en la cara, los brazos, la cadera y las piernas.

Una vez atraída, Karen y los transformadores formaron un solo núcleo en el que fluía la energía de los transformadores hacia Karen y viceversa. Si ella hubiera permanecido más tiempo atraída por la energía, se hubiera carbonizado porque todos sus fluidos se hubieran consumido. Pero entre tanta energía descargada un fusible colapsó y eso provocó la liberación del cuerpo de Karen. Los transformadores, luego de electrocutarla, la fulminaron, lanzándola con violencia. Todo en cuestión de segundos. Karen habrá caído contra la pared (o contra el suelo) y quizá por eso le detectaron un corte en la cabeza. Un corte que quizá explicaría el charco de sangre detectado debajo de su cuerpo. Antes de caer, la energía que la mató lo más seguro es que le salió por el dedo gordo del pie izquierdo, porque ahí le encontraron una quemadura. Cuando todo terminó, Karen ya no era Karen. La última fotografía de su rostro en nada se parece a la última fotografía en la que sonríe, junto a una quinceañera y junto a su tía, Xiomara. Esa fotografía es de hace tres meses.

Afuera del súper, segundos después de la descarga mortal, Anthony ya estaba parado frente a la entrada de la bodega. Le silbó dos veces a su mujer sin saber que ya era en vano. Luego le gritó:

—¿¡Kareeen!?

Y luego le silbó dos veces más.

Eran las 5:30 de la tarde y se había ido la electricidad. Pero Lilsi y Anthony aseguran que todavía había claridad y que eso les permitió ver que no dejaron salir a nadie del supermercado, y que cerca de la puerta que de la sala conduce a la bodega, se reunió un grupo de gente. Ignoran qué se decían, pero distinguieron a una que era la que más hablaba. Lilsi supuso que era la gerente, pero días después, cuando intentó identificarla, no pudo.

En la puerta de salida, el vigilante que insistentemente les decía que se salieran ya no estaba. Se paseaba, dicen, en el interior de la sala. Luego pasó medio hora hasta que llegaron los primeros policías. Esos dos agentes llegaron porque había una mujer retenida por hurto, adentro del supermercado. Su sorpresa fue que la mujer estaba muerta. Ellos no se atrevieron a entrar al cuarto de los generadores por temor al peligro.

Según la cronología del sistema de emergencias 911 en poder de la Fiscalía, la primera llamada relacionando el hecho ocurrió a las 18:14 horas. Casi 45 minutos después de que se generara el estallido y el apagón.

18:14:38 / La unidad STED comunicó vía radio que en el Selectos Mejicanos los vigilantes tenían retenida a una señora, ya que la encontraron hurtando en dicho súper. /Comentario agregado/ Pero antes que llamaran a la policía la señora se les escapó a los vigilantes del súper. Cuando la señora se iba escapando, según comunicaron los vigilantes, la señora cayó donde estaban unos transformadores de CAEES...

18:17:00 / Muriendo al parecer electrocutada.

A la escena, minutos después de la Policía, llegaron camilleros de la Cruz Verde y un técnico de CAEES. Entre las averiguaciones y primeras indagaciones pasó una hora. De repente, alguien cerró por completo la bodega. Anthony, entonces, le preguntó a un camillero que salió del supermercado que le diera noticias sobre su mujer. El camillero lo mató con su respuesta.

—Ya no se puede hacer nada. Está muerta.

Anthony no quería creerlo, y le dijo:

—¡No’mbre! Vaya a ver... tal vez...

Se quedó esperando, creyendo que algo cambiaría. Se quedó esperando hasta ver salir el cuerpo inerte de Karen. Pasó otra hora, y alguien más se afligió por lo que ocurría adentro de ese supermercado, según el 911.

19:23:00 / Referencia cruzada: alarma activada de cajero express.

19:26:13 / Amaranto Ramírez, de la oficina central del Banco Agrícola reporta que se les ha activado la alarma del cajero de dicho banco ubicado en el Selectos. /Comentario agregado/ el oficial de servicio manifestó que en lugar hay presencia policial...

19:26:28 / A causa de la fallecida, ya han desconectado todo.

19:27:00 / Y por eso se detuvo la alarma.

Una hora más tarde, Medicina Legal cerró su informe preliminar sobre el levantamiento del cadáver de Karen. Según este informe, realizado a las 8:50 de la noche, Karen tenía entre 3 y 4 horas de fallecida.

Anthony recuerda que a las 8:50, en la fachada de la sala de ventas, la puerta de la derecha seguía abriéndose. La puerta de la izquierda seguía cerrándose.

—¡Siguieron vendiendo como que no les importara lo que estaba pasando!

Esa noche, solo Canal 12 y El Diario de Hoy (on line) publicaron algo. En una de las tomas, mientras la familia de Karen llora, se alcanza a ver, al fondo, a un vigilante que le abre la puerta de la derecha a un cliente. Al día siguiente, la nota en línea que había publicado El Diario de Hoy había desaparecido. Nunca saltó al papel. El viernes 15, en La Prensa Gráfica, la cadena Súper Selectos comunicó en 14 páginas -diseminadas entre las principales noticias- sus principales ofertas del día: entre estas estaban canastas navideñas y detergentes rebajados con un 40% de descuento.

El cuento de Naomi, Saraí y Ade

Hace un mes y medio, la primera vez que vimos a los más chicos, Saraí se durmió mientras miraba a Bob Esponja en la televisión. Ade jugó con la cámara de fotos y con la grabadora. Luego pidió que el fotoperiodista lo cargara, que le hiciera el avioncito. Esa vez, Naomi no estaba en la casa. Según su padre, pidió irse con sus abuelos a Santo Tomás. Anthony interpretó aquella vez que no soportaba estar en casa sin su mamá.

La segunda vez que los vimos, hace dos semanas, Ade gateaba en el parqueo de la comunidad. Saraí tomaba chocolate caliente que les había regalado a ella y a los demás niños un vecino; y Naomi cargaba a “Pelusa”, su perra, en sus brazos. Cuando Naomi descubrió que sus amigos jugaban a posar para la cámara, se les unió.

Qué suerte que sean niños porque a lo mejor con el tiempo el dolor desaparece, y su mamá se convierte en un bonito recuerdo. Pero Anthony sabe que todavía está muy reciente todo para que eso suceda. Ahorita la memoria los traiciona, acuchillándoles el pecho a ellos y a él, cuando escucha que Saraí le pregunta:

—¿Y mamá?

O cuando escucha a Ade balbucear, mientras da vueltas por el cuarto, como quien busca a alguien:

—Ma-má, ma-má, ma-má...

O cuando su hija mayor, al percatarse de la cercanía de estas fiestas, sabe que algo importante le hará falta:

—¿Y ahora quién me va a comprar el estreno? ¿Quién me va a ir a comprar el regalo y los cuetes, papá?

(*) A Marta y Luis, la Fiscalía los acusa de homicidio culposo por no haber impedido que Karen se metiera en el cuarto de los transformadores, pese a que tenían conocimiento del peligro que se escondía en él. Se les impuso una fianza de $7 mil a cada uno, pero luego, el juez de instrucción de Mejicanos la rebajó a $1 mil. El juicio por homicidio culposo continúa. A Luis y Marta también los acusaron de privación de libertad, pero en el juzgado de paz de Mejicanos desestimaron este cargo porque no lograron probarles que Karen estuvo retenida más tiempo de lo debido. La Fiscalía ha apelado. Según empleados del Selectos de Mejicanos, ellos han sido reubicados.

(**) A Gloria González la  acusaron de encubrimiento, pero salió libre a finales de octubre. Su caso está a la espera de que la Fiscalía, en un año, aporte las pruebas que pueda conseguir para que la justicia decida si ella encubrió lo hechos para favorecer a los vigilantes. Según empleados del Selectos de Mejicanos y de su familia, ella ha sido reubicada a otra sala de ventas.

(***) El Faro intentó obtener una versión de Grupo Calleja o de sus apoderados generales judiciales, pero al cierre de esta nota no hubo respuesta a las repetidas solicitudes de entrevista.

Nacionales - Las dos muertes de Karen Yamileth en el Selectos - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

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