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2011/03/05

LPG-Los años terminados en 1: 1981

 El sábado 10 de enero, a partir de las 5 de la tarde, comenzó la Ofensiva, que los insurgentes llamaron Final en un principio, y que muy pronto, ante la evidencia de que no había insurrección que llevara al triunfo fulminante, como lo habían previsto, llamaron General.

Escrito por David Escobar Galindo.05 de Marzo. Tomado de La Prensa Gráfica.
 

degalindo@laprensa.com.sv

El 31 de diciembre de 1980, un cable de Latin, redactado por Orlando Lizama y fechado en México D. F., comenzaba con estas palabras: “Centroamérica se convirtió en 1980 en una herida sangrante para toda la América Latina y probablemente el próximo año sea la probeta donde el presidente electo de Estados Unidos, Ronald Reagan, comience a ensayar su nueva política. Un virtual estado de guerra civil en El Salvador, violencia sectaria en Guatemala, incertidumbre política en Honduras y conatos contrarrevolucionarios en Nicaragua, enmarcaron un año en el que recrudecieron los problemas de recesión económica en toda la zona”. Herida sangrante. Sí, la imagen era justa, y en los meses y años por venir se profundizaría la herida y se acrecentaría el sangramiento.

Unos días antes de que concluyera 1980, leí en un pequeño periódico de Madison, Wisconsin, en el noroeste de Estados Unidos, y en aquellos días bajo una densa capa de hielo apelmazado, unas declaraciones del Comandante Fermán Cienfuegos, el poeta Eduardo Sancho, de la Comandancia General del FMLN, en las que afirmaba textualmente que “Reagan va a encontrar a El Salvador en llamas”. Ronald Reagan, el conservador Presidente norteamericano, tomaría posesión el 20 de enero de 1981. Y aquella frase de Fermán coincidía con muchas noticias convergentes que anunciaban una gran ofensiva guerrillera, con el propósito de acelerar el desenlace de la actividad bélica desatada en el terreno en los meses medianeros de 1980. Tomé la decisión de regresar de inmediato al país, para no perderme aquel acontecimiento de cuya suerte dependía el futuro tanto personal como nacional.

Era decisión tomada ya en 1979, cuando la Resistencia Nacional, que sería uno de los 5 grupos del FMLN histórico, me etiquetó alevosamente como presunto integrante de la “Comisión de la Guerra Psicológica” que había planeado la masacre de El Despertar. Acusación que era un disparate macabro, como tantos de entonces, en uno y otro bando. Al salir en volantes la acusación, hice ACLARACIÓN NECESARIA en campo pagado, en la que rechacé, con la contundencia del caso, semejantes señalamientos; y a la vez tomé la decisión de no abandonar el país, pasara lo que pasara. Así lo cumplí durante toda la guerra, a la que vi alzarse, desplegarse, marchitarse y luego agonizar hasta el fin. Tuve el privilegio de estar entre los que le dimos los “santos óleos”. “Descansa en paz, que es lo peor que puede pasarte y lo mejor que puede pasarnos a todos, aun a tus adoradores confesos e inconfesos”. Pero tardaría una larga década…

El sábado 10 de enero, a partir de las 5 de la tarde, comenzó la Ofensiva, que los insurgentes llamaron Final en un principio, y que muy pronto, ante la evidencia de que no había insurrección que llevara al triunfo fulminante, como lo habían previsto, llamaron General. El toque de queda fue implantado el domingo 11, de las 7 de la noche a las 5 de la mañana. Tanto el Presidente Duarte como la Fuerza Armada afirmaron que la situación estaba totalmente controlada; pero lo cierto fue que no volvió a estarlo durante los más de 10 años siguientes. El día 14 de enero, Estados Unidos reanudó la ayuda militar a El Salvador. Todas las fichas estaban listas para un juego implacable de larga duración. Ronald Reagan, antes de asumir la Presidencia, había hecho saber, según la publicación Strategic Week, que deseaba “usar a El Salvador como un ejemplo de la resistencia a la insurgencia cubano-soviética a través del Tercer mundo”. Estábamos en el ojo del huracán.

El 28 de agosto se dio a conocer la famosa Declaración Franco-mexicana, en la cual los Gobiernos de México y de Francia reconocían la representatividad del FMLN y el FDR. En su momento, aquello despertó, como era natural, una gran oleada de rechazos diplomáticos. Se trataba, sin duda, un temerario gesto de audacia política internacional. Eran los días en que la guerrilla planteaba, como algo muy hacedero, y aún muy próximo, el contar con un “territorio liberado” en el norte del país, para establecer algún tipo de gobierno. Nunca pasó, pero la Declaración Franco-mexicana fue sin duda una señal para el futuro. Por aquellos días, también se dio otra señal de largo alcance: la fundación del partido ARENA, que venía a ser la primera representación auténtica de la derecha en plan político competitivo. Las piezas del rompecabezas histórico seguían juntándose.

En el orden creativo personal, hay un dato de 1981 que me es especialmente sentido: el 8 de abril comencé a publicar en la sección editorial de este periódico mi diaria sección de ASTILLAS. Un ejercicio sintético que me nació de dos estímulos completamente distintos: Nietsche y don Ramón Gómez de la Serna. 30 años después, sigo en el oficio, sin fallar ni un día. Es que todas las cosas verdaderamente vivenciales hay que asumirlas “hasta ver a Dios”, y que sea dentro de mucho.

Los años terminados en 1: 1981

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