Escrito por Carlos Molina Velásquez. 15 de Enero. Tomado de Contra Punto.
El análisis político no se hace mediante una mera selección de acontecimientos y las opiniones sobre ellos, sino que hay que reflexionar sobre el marco general de ideas que le da sentido a las opiniones y al mismo acontecimiento.
SAN SALVADOR-En estos tiempos en que abundan los llamados a la sensatez y al orden, quiero hacer un elogio de la locura. El fin del 2009 nos dejó un par de sucesos fugaces, impactantes y graciosos. Ambos nos llegaron de Italia y fueron protagonizados por “locos”: un hombre golpeó y puso en ridículo al Primer Ministro Berlusconi, y una mujer derribó a Benedicto XVI. No tengo nada en contra de los personajes en apuros, pero sí críticas a lo que representan, y es evidente que el evento tiene un simbolismo que no puede pasar desapercibido.
A veces “la verdad” pertenece a los locos, a quienes miran el mundo de una manera radicalmente distinta. Una fuente de esta idea la encontramos en el fundador del cristianismo, Pablo de Tarso: “¡Nadie se engañe! Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, vuélvase loco, para llegar a ser sabio; pues la sabiduría de este mundo es locura a los ojos de Dios” (1ª Co 3,18-19). Incluso si en lugar de “loco” leyéramos “ignorante” o “tonto”, lo esencial es que Pablo no defiende de ninguna manera a la ignorancia o alguna clase de tontería, sino a la sabiduría que choca con lo que el orden normal de las cosas considera “sabio”. Esto es así porque “la locura, de la cual habla San Pablo, no tiene el sentido de una ofensa, sino es una caracterización” (Franz Hinkelammert).
¿Por qué es importante este “juego de las locuras”? A mi juicio, nos permite evaluar la conexión entre los recientes llamados a la “sensatez” y el desprecio de las discusiones sobre las ideologías. Algunos dicen que antes que la ideología debe estar “la realidad”; otros señalan que no es importante si uno es de izquierda o derecha, sino si es “demócrata” y “decente”. Asimismo, si alguien habla de la necesidad del socialismo o trata de analizar las raíces neoliberales de una política pública es llamado al orden, a que se mesure y abandone el “lenguaje extremista”. Para estos analistas, los conceptos como “democracia”, “decencia” o incluso los mismos derechos humanos, son independientes de las ideologías: basta con que apelemos a la realidad... y a la sensatez.
Esta nueva “ola analítica” sólo puede deberse a la ignorancia o a la mala fe. Nietzsche decía que no hay hechos, sólo interpretaciones. Podríamos no compartir una afirmación tan contundente, pero en política no hay realidad sin ideología. El análisis político no se hace mediante una mera selección de acontecimientos y las opiniones sobre ellos, sino que hay que reflexionar sobre el marco general de ideas que le da sentido a las opiniones y al mismo acontecimiento. Y ese marco general es una ideología, la cual, como decía Ignacio Ellacuría, “siempre está presente y siempre es efectiva”.
Los que sienten escozor frente a las ideologías creen que pueden librarse de ellas e incluso llegan al extremo de pensar que la realidad es transparente, o que es evidente lo que el buen ciudadano y el político honesto deben hacer. Pero ese no es el caso. Parafraseando a Marx, si la realidad fuera transparente no habría necesidad de ciencia o filosofía, ni de teología incluso. No habría necesidad de reflexión de ningún tipo. ¡Hasta la noción de “analistas políticos” desaparecería, ya que no tendría sentido!
Veamos por ejemplo el caso de los derechos humanos. Algunos de sus esforzados defensores han dicho que son evidentes, es decir, todos pueden distinguirlos de manera clara, perfectamente diferenciada. Pero todo esto no es más que un cuento bien intencionado (o una “historieta” para engañarnos). Los derechos humanos no se encuentran en la naturaleza ni se nace sabiendo dónde están, sino que hay que aprender sobre ellos desde un determinado marco general de ideas que los interpreta y conecta con los valores dominantes (que no tienen por qué ser los nuestros ni los que más nos convienen).
Los derechos humanos son ideología. No sólo eso, su riqueza reside, precisamente, en que no se fundamentan en la comprobación de ningún hecho o mera constatación de resultados. ¡Tal cosa sería considerada monstruosa! Imaginemos a un defensor de los derechos que diga que la libertad se localiza en algún rincón de las mitocondrias o que el derecho a no ser torturado “depende de” lo que podamos conseguir con la tortura. ¡Que se olvide de que lo volverán a invitar para que dé conferencias! Pero la cosa es más seria: los derechos humanos son algo en lo que debemos creer (Slavoj Žižek).
El carácter prescriptivo y normativo de los derechos humanos vuelve imposible que nos refiramos a ellos como a las patas de una mesa. Pero lo más grave es que la supuesta asepsia ideológica de algunos esconde una peligrosa ideologización: “Los derechos humanos son momentos ideológicos de una determinada praxis, que pueden convertirse en momentos ideologizados cuando ocultan o protegen intereses y privilegios minoritarios” (Ignacio Ellacuría).
Una de las mejores maneras de ocultar intereses y privilegios detrás de discursos que enarbolan los derechos humanos (o la política, la democracia, el desarrollo, etc.) es negar que tales intereses existan o que tengamos que reparar en ellos. Quienes dicen que no debemos discutir sobre lo ideológico, sino que “hay que ponerse a trabajar”, o a resolver los problemas sociales y políticos desde una perspectiva “técnica” o “neutra”, olvidan que la sociedad está constituida por personas y grupos con praxis diversas e intereses enfrentados. Lo radical de la lucha de clases no es que sea una “propuesta” —como dicen algunos despistados que la confunden con aspectos de la praxis revolucionaria— sino que es un elemento constitutivo de nuestras relaciones sociales. Bien podríamos estar en desacuerdo con estas ideas, pero eso incluso nos llevaría a una necesaria reflexión sobre las ideologías.
La ideologización es claramente una deformación de la realidad, pero no se lucha contra ella apelando a la naturaleza, al sentido común o “a ese núcleo invariable de la persona”. Las deformaciones que se proponen a manera de historietas —el monstruo Chávez o Bin Laden, los comunistas devoradores de niños, o el ALBA como tobogán hacia El Apocalipsis— no se combaten con más cuentos chinos (sin ofender a los chinos), sino con claridad ideológica.
El asunto no es si estamos de acuerdo o no con que debemos “unir, crecer e incluir”, sino que eso puede significar cosas distintas y frecuentemente opuestas. ¿Pueden vivir unidos quienes son explotados y los que se lucran con la explotación de otros? ¿Crecer significa que todos tengamos TV de plasma y una camioneta 4X4? ¿Hay que incluir a los traficantes de órganos y los evasores de impuestos?
Inicié esta columna hablando de los locos, así que me gustaría dedicarles un espacio a los idiotas. La palabra proviene del griego “idiotes”, y se usaba para referirse a quienes no se ocupan de los asuntos públicos, es decir, a los que ahora les da por llamarse “apolíticos”. A diferencia de los locos paulinos, aquí sí nos enfrentamos a peligrosos ignorantes. ¡No nos engañemos! Estos idiotas no tienen nada de locos, ya que comparten la “sabiduría light” del que dice que no se mete en política, dizque para asegurar su pureza e independencia mental, y renuncian al análisis de la complejidad y al mismo pensamiento.
Es lamentable que la proliferación de idiotas, en el sentido apuntado, sea en buena medida culpa de académicos, centros de estudios políticos y analistas que se empeñan en adoptar posturas de neutralidad, tratando de convertir a la política en una ciencia exacta. Claro que las idioteces de algunos diputados, ministros y otros “políticos” tienen también su parte de responsabilidad, pero eso es algo con lo que hay que contar y no una razón para abandonarnos al desprecio de la política en general, precisamente en lo que tiene de ideología. Dicho abandono es, precisamente, el resultado de una ideologización… y es también una idiotez.
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