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2011/05/02

LPG-Nuestra economía: más que reactivación necesita recomposición

 Escrito por David Escobar Galindo.02 de Mayo.Tomado de La Prensa Gráfica. 

Cuando se habla de economía nacional y de condiciones de vida, la tendencia irresistible en el ambiente es a buscar apropiarse del fenómeno real a partir de intereses particularizados o de clisés ideologizados.

Hay temas que son transversales, y por eso mismo nos pertenecen y nos competen a todos, independientemente de las habilidades, especialidades o responsabilidades individuales. Uno de esos temas es el económico. ¿Quién puede ser ajeno o quedarse al margen de lo que es o no es el desenvolvimiento económico de su propio ambiente, en los distintos círculos concéntricos del mismo: personal, familiar, sectorial y nacional? Y al ser así, es natural y conveniente que todos tengamos no sólo voto sino también voz y opinión en lo que a dicho desenvolvimiento se refiere. La economía no es coto cerrado de los economistas y otros especialistas relacionados, así como la política no lo es de los políticos de cualquier laya o condición. Esto lo enseña la misma lógica del ejercicio democrático en todo lugar y tiempo.

La transversalidad de los temas fundamentales —democratización, desarrollo económico, educación evolutiva, seguridad integral, entre otros— va de la mano con la interactividad de los mismos. No es posible avanzar sustantivamente en ninguno de ellos si en cualquiera de los otros hay deficiencias retardatarias o impeditivas. Como uno de los ejemplos más elocuentes de ello mencionamos el siguiente: si la educación no cumple con el rol modernizador que le corresponde es imposible imaginar un crecimiento económico que cumpla con los estándares que vitalizan el desarrollo. En nuestro país, para el caso, con los índices de cobertura y de calidad educativas que nos caracterizan desde siempre muy poco se puede lograr en el avance modernizador que, como sociedad, estamos necesitando para superar de manera sustentable las taras y déficits históricos.

Cuando se habla de economía nacional y de condiciones de vida, la tendencia irresistible en el ambiente es a buscar apropiarse del fenómeno real a partir de intereses particularizados o de clisés ideologizados. Es cierto que hay serios impedimentos estructurales, derivados de una permanente mala praxis del poder, y que remover terapéuticamente dichos impedimentos constituye una de las tareas esenciales de la reconversión democratizadora en marcha; pero eso no puede reducirse a lo que mecánicamente se ha dado en llamar “reformas estructurales”, porque hacerlo —lo tenemos vivido y deberíamos tenerlo sabido— se vuelve mecanismo circunstancial de efectos casi siempre nefastos. Veamos si no las depredadoras y contraproducentes “reformas estructurales” de 1980, que sólo buscaban “quitarle banderas al enemigo” y más le dieron.

El hecho cierto es que nuestra economía no ha logrado ordenarse con visión evolutiva; y no de hoy, sino prácticamente desde siempre. Una especie de fundamentalismo atávico, por llamarlo de alguna manera, viene rigiendo nuestro destino económico. Durante una larga época, nos atamos al monocultivo del café, con todas las consecuencias socioeconómicas a la vista. El café es, en sí, un patrimonio de alto valor nacional; pero no se le dejó funcionar como tal porque se le cargó con todo el peso de nuestra estabilidad financiera. Hoy podríamos lograrlo, porque los tiempos del café están en auge, y es posible salir en plan verdaderamente competitivo a los aires globales con un producto que, sin duda, es de primerísima calidad, y que las miopías comerciales interesadas mantuvieron como un genérico común.

Hemos venido de eslogan en eslogan, como si la vida real fuera un universo que puede encerrarse en frases hechas, que casi siempre —por no decir siempre— esconden intereses contrahechos. Nos propusimos “sustituir importaciones”. Nos propusimos “ser país de servicios”. Nos propusimos tener “destino global”. Nos propusimos… Y ahora, ¿qué nos proponemos? Es evidente que el país, como sujeto histórico en transición y en este momento de su transición, no tiene una autopropuesta clara; y de ahí derivan casi todas sus angustias existenciales, que los países y las sociedades también las tienen. Se habló, allá a fines de los años noventa, de un Plan de Nación. De la Comisión Nacional de Desarrollo, que fue Comisión presidencial, surgieron, en primer término, las Bases para el Plan de Nación. Ahí está el documento, en la gaveta donde están todos.

En la hora presente, el desafío no es reactivar la economía, sino activarla; y para ello hay que recomponerla. La esfera empresarial no puede seguir teniendo en su base una inmensa cantidad de “indocumentados”, que eufemísticamentre se llaman informales. Ese empresariado que hace mil upas en el día a día, pero que no osa decir su nombre, debe ser impulsado hacia arriba, con las energías de un emprendimiento de vocación eminentemente creadora, conforme a los desafíos y las oportunidades de la competitividad actual. Hay que perderle el miedo tóxico a los incentivos. Motivar y atraer la inversión en plan desinhibidamente competitivo. Salir de los túneles mentales para pasar a las avenidas experimentales. Ser adultos por fin; es decir, capaces de balancear las expectativas y los riesgos, los conocimientos y las ilusiones. La economía también debe soñar bien.

Nuestra economía: más que reactivación necesita recomposición

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