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2011/05/14

LPG-Nuestra apuesta por la seguridad en el hemisferio

 Lo que pasa en Mesoamérica afecta a toda América. Perder esta guerra contra el crimen organizado puede significar perder a nuestra juventud, malograr la estabilidad democrática que tanto nos ha costado construir e hipotecar nuestras posibilidades de desarrollo económico y alivio a la pobreza. Si nosotros perdemos esta guerra, la pierde toda América. Por eso no tenemos otra opción que ganarla.

Escrito por Hugo Martínez.14 de Mayo. Tomado de La Prensa Gráfica. 

 

El crimen organizado es una de las principales amenazas para la estabilidad democrática de Centroamérica y del continente. La capacidad de los grupos criminales para carcomer el tejido social, el estamento político y la respuesta del Estado ha quedado demostrada en varios rincones de América. Es en Mesoamérica donde, en los últimos años, se libra la guerra provocada por el crimen organizado, que ha encontrado en el narcotráfico y ahora en los delitos de cuello blanco sus principales alimentos. Las víctimas son nuestros jóvenes, los que ante la falta de alternativa se convierten en gatilleros de estos grupos criminales, y los que empeñados en construir un mejor futuro para sí mismos y sus familias encuentran violencia como único paisaje en nuestras calles y barrios. Nuestro deber como Estados –nuestra única oportunidad en realidad– es encarar esta amenaza con valentía, desde un profundo compromiso nacional y regional que vaya más allá de mezquindades políticas, de cálculos electorales o de intereses económicos particulares.

El problema es arrollador. Igual debe ser la respuesta. En Mesoamérica se libra uno de los capítulos más sangrientos de esta guerra. Y es aquí donde se puede librar la batalla para revertir la tendencia. Nuestra historia regional, y en particular la de El Salvador, es una muestra de que aquí somos capaces de encarar los problemas más devastadores y de resolverlos. Fue en este país donde una guerra civil encontró la resolución ejemplarizante con el Acuerdo de Paz firmado en 1992 entre el Gobierno y el FMLN. Esa acción histórica, la más determinante para El Salvador moderno, es un ejemplo mundial de civilidad; una muestra de que, cuando la voluntad se impone, las adversidades pueden enfrentarse.

Desde que el presidente Mauricio Funes asumió el Ejecutivo, tomó con determinación el reto de liderar al país y a la región en esta batalla. Asumirla ha significado, básicamente, tres cosas: i) Entender que en el centro de nuestras políticas públicas debe haber una apuesta definitiva por el desarrollo inclusivo de toda la sociedad para que la pobreza y la desigualdad no sean caldos de cultivo del crimen. ii) Enfrentar las prácticas de corrupción que se instalaron en nuestras instituciones durante los últimos 20 años de gobierno conservador y que abrieron los caminos de nuestras costas, poblados y montañas al tráfico de drogas. iii) Liderar una política global, cimentada en las certezas de que este no es un problema que podamos dejar para después y de que su solución depende de una alianza regional y hemisférica.

Amparado en esas certezas, esta Administración echó a andar una serie de políticas públicas para enfrentar el problema en el plano nacional. Menciono algunas: i) Una agresiva depuración en la PNC, que a la fecha ha significado la apertura de cerca de 200 expedientes a policías acusados de delitos leves y graves. ii) Creamos una oficina para monitorear las prácticas de transparencia en nuestra gestión pública. iii) Destinamos recursos a programas de desarrollo social dirigidos a jóvenes con fuertes componentes preventivos, como la inversión de 37.3 millones de dólares que beneficiarán a 56 mil jóvenes con programas de empleo y traslado directo de efectivo. iv) Por primera vez impulsamos una discusión nacional para construir una reforma tributaria que nos permita recaudar más recursos e invertirlos en políticas públicas para frenar la violencia y combatir el crimen. Lo hecho hasta ahora nos ha permitido reducir el déficit fiscal en 4.2 porcentuales del PIB en un año y proyectar, para el próximo año, un aumento del 1% al 14% en los fondos destinados en nuestro presupuesto a combatir el crimen.

En el frente internacional, desde la Cancillería, emprendimos una cruzada para subrayar la gravedad del problema que enfrenta Mesoamérica, y para buscar soluciones con nuestros socios regionales y mundiales. En junio próximo, nuestra capital reunirá a todos los Estados Miembros de la OEA para discutir acciones sobre seguridad ciudadana en las Américas. El pasado 11 de marzo, presentamos nuestra propuesta de declaración al Consejo Permanente en Washington, el cual, sujeto aún a los cambios que el consenso considere pertinentes, resume ya nuestra visión hemisférica. Partimos de establecer que el nuevo concepto de seguridad debe ser abordado desde un enfoque multidimensional y multilateral que respete los principios de soberanía, integridad territorial e independencia política de los Estados Miembros. En consecuencia, planteamos que se debe enfocar nuestros esfuerzos a todas las amenazas asociadas con el crimen y la violencia. Y, por ello, hemos dibujado un plan de acción basado en cinco pilares: a) La prevención del delito. b) La represión del delito. c) La rehabilitación y reintegración de nuestros ciudadanos en conflicto con la ley. d) Asistencia a víctimas y asistencia a drogo-dependientes. e) El fortalecimiento institucional.

El Salvador también quiere aprovechar la presidencia pro témpore de la Secretaría de Integración Centroamericana, que ejerceremos en el segundo semestre de este año, para dinamizar las sinergias que ya empezamos a construir desde la OEA, desde la institucionalidad de Centroamérica, en nuestros diálogos bilaterales con actores clave del continente como México, Colombia, Brasil y Estados Unidos.

Lo que pasa en Mesoamérica afecta a toda América. Perder esta guerra contra el crimen organizado puede significar perder a nuestra juventud, malograr la estabilidad democrática que tanto nos ha costado construir e hipotecar nuestras posibilidades de desarrollo económico y alivio a la pobreza. Si nosotros perdemos esta guerra, la pierde toda América. Por eso no tenemos otra opción que ganarla.

Nuestra apuesta por la seguridad en el hemisferio

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