¿Se necesita una nueva reforma educativa? Lo que veras se necesita es una reconversión integral de la visión educativa. Y en el centro de tal reconversión está el maestro, que es y seguirá siendo, el factor humano determinante de la suerte de todo este proceso.
Escrito por David Escobar Galindo.19 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Cuando pienso en los maestros que tuve en el transcurso de mi educación formal, es decir, desde el kindergarten hasta la universidad, lo que más recuerdo no es lo que me enseñaron sino cómo me lo enseñaron. Y, al tener esta sensación, me resurge una ya antigua convicción: auténticos maestros, independientemente de las materias que enseñen, son los que dejan labrado un signo permanente en el bloque cambiante del ser. Transmitir bien lo que se conoce es tarea básica, sin duda alguna; pero esa transmisión cumple su función más profunda cuando se vuelve conexión entre el ser mental del maestro y el ser mental del alumno. Y todo esto pasa a un plano superior cuando la relación se establece entre el ser espiritual del maestro y el ser espiritual del discípulo.
Es evidente que los seres humanos necesitamos formación; y la formación efectiva es en realidad transformación. Transformación de la sustancia simple en sustancia compleja. Y dicha transformación asume el rango de transfiguración cuando la complejidad aprendida no anula sino que potencia la simplicidad originaria. La educación es, por eso, la función artística primaria y primordial. El arte de la educación requiere, pues, no sólo habilidades técnicas y acopios científicos: mucho más que eso, exige poner el alma viva y expansiva en el empeño. Educar es comunicar vibraciones anímicas, para que por ahí se conduzcan las fuerzas intelectuales que accionan e interaccionan en eso que llamamos genéricamente conocimiento.
Pero la educación, siendo primordialmente un arte constructivo, tiene también algunas características religiosas, y no vinculables con religión formal alguna, sino derivadas de que su función exige una entrega muy semejante a la de la fe. En ese sentido, los maestros que lo son en el pleno sentido de la palabra vienen a ser oficiantes de un culto inspirador: el culto de la cultura. Y para asumir y merecer tal categoría no se necesita que el que enseña tenga títulos académicos especialmente distinguidos: basta con que sepa trasladar su energía pensante y sintiente con la intensidad reproductora que genera efectos modeladores en la mente y en el alma del receptor; y al ser así, la recepción se vuelve de inmediato una onda de ida y vuelta, que hace del maestro un educador de sí mismo.
Mi maestro don Saúl Flores repetía con frecuencia que hay que distinguir entre maestro y profesor. Éste enseña; aquél, forma. Es decir, aquél transmite la ciencia; éste incuba el saber. De los maestros uno lo que recibe en verdad es una forma de sabiduría que va irradiando por vías sutiles, que con frecuencia ni siquiera son conscientemente perceptibles. El profesor desempeña un trabajo; el maestro desempeña una misión. Y no se trata, desde luego, de creer que el maestro es una especie de iluminado de personalidad excepcional: maestro es todo aquel que pone el espíritu en lo que hace y asume la tarea de modelar otros espíritus, lo cual puede hacerse desde la más anónima sencillez. No se necesita un aula engalanada ni un prestigio reluciente.
Aunque en muchas cosas hemos venido mejorando, sería pecar contra la realidad no reconocer que en algunas cosas hemos ido viniendo a menos. Y la esencia de la educación es una de ellas, aunque se tenga hoy más tecnología y más cobertura. El despertar de la conciencia laboral de los maestros era inevitable allá en los años sesenta, y pudo haber sido muy sano; pero desafortunadamente el fenómeno se contaminó con las ondas ideológicas desatadas avasalladoramente a raíz de la tozuda resistencia del sistema político nacional a racionalizarse con real propósito democratizador. Y a aquel brote perturbador se unió de inmediato una “reforma educativa” que, para decirlo con un salvadoreñismo un tanto anticuado, acabó de amolar las cosas. Hablamos de 1968.
Y puestos en este punto, hay que decir, con todas sus letras, dos cosas fundamentales: los maestros tienen todo el derecho de luchar por mejores condiciones de vida y de trabajo, y, en concordancia, la sociedad y la institucionalidad están en el inequívoco deber de elevar el rango social y económico de esta profesión cuyo suficiente desempeño es vital para la nación. De los errores en esa lucha y de la irresponsabilidad nacional ante los desafíos del sistema educativo provienen muchos de los males que ahora nos aquejan. ¿Se necesita una nueva reforma educativa? Lo que veras se necesita es una reconversión integral de la visión educativa. Y en el centro de tal reconversión está el maestro, que es y seguirá siendo el factor humano determinante de la suerte de todo este proceso.
El Estado tiene el deber inexcusable de retomar la responsabilidad que al respecto le corresponde. Y la formación de los maestros y maestras debería ser el primer paso. El Estado alegremente se desentendió de eso, y miren las consecuencias. Hay en el país un penoso y muy dañino desnivel de calidad entre lo que educativamente se ofrece en las áreas urbanas más desarrolladas y lo que se da en el resto del territorio nacional. Esto hay que empezar a corregirlo de veras, y de inmediato. Si el Estado reasumiera la adecuada y territorializada formación de los maestros al menos para las zonas periféricas y rurales podría empezar a mejorar la condición actual del sistema. Y este es sólo uno de los asuntos críticos por reconocer, enfrentar y resolver.
Pero volvamos al punto inicial: la educación como mecanismo insustituible para la forja del carácter personal, social y nacional. Sin una formación institucionalizada del carácter, los seres humanos y la sociedad a la que pertenecen van a la deriva. En nuestro ambiente vemos, sentimos y padecemos infinidad de formas de la falta de educación del carácter. Se habla de recuperar valores, y es un imperativo evidente, ¿pero dónde van a germinar los valores si no hay disciplina elemental de la conducta? La educación, frente a este particular objetivo, ha venido funcionando como una especie de antieducación. Es hora —y esta hora ya sonó desde hace tiempos— de recuperar el verdadero sentido de la educación. Y de que el maestro asuma —y se le reconozca— el rol de primer orden que le es propio.
Intersante
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