El escenario. Pocas veces había escuchado tantas opiniones –sobre todo adversas– en torno a la gestión de un primer año de gobierno. Y menos, observar a un partido que estuvo en el poder durante veinte años –independientemente de sus fisuras y luchas intestinas– montar una campaña de desprestigio que no deja otra sensación que el sabor amargo, excesivamente prolongado, de la derrota.
Escrito por Juan Héctor Vidal.14 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Entiendo perfectamente las razones, porque incluso las diatribas emergen, supuestamente, hasta de aquellos que confiesan haber votado por don Mauricio. ¿Y quién habría de estar satisfecho con la delincuencia desbordada, la falta de oportunidades y en general la precaria situación económica? Las frecuentes y cada vez más beligerantes marchas públicas, si bien pueden ser expresiones de descontento ante la situación imperante, también pueden ser simples vehículos donde los opositores al gobierno disfrazan sus propios objetivos.
Algunos analistas encuentran en este escenario espacio ideal para lanzar al vuelo su imaginación, orquestando arremetidas infames para plantar la semilla de la discordia. Hay una doble moral, porque no proponen soluciones, sabiendo que son parte del problema, mas no de la solución.
El gobierno, por otro lado, ofreció mucho; mientras que lo que se percibe es una enorme brecha entre propósitos y realizaciones. Aun en casos en que se requerían acciones rápidas y muestras palpables de una genuina preocupación por los afectados, como en el caso de la tormenta Ida, ha demostrado poca capacidad de respuesta aun contando con los recursos necesarios. En cuestiones estratégicas como “vivienda para todos”, los logros no son para regocijarse, aunque este caso es censurable la actitud de desdén del sistema bancario, por lo menos en lo que concierne a los proyectos que debe atender el FSV.
La fábrica de empleo y ciudad mujer, quizás porque su mismo nombre insinúa la noción de que es algo nunca visto, han sido blanco de las peores críticas, lo mismo que la dilación en poner en marcha un plan económico, cuya versión quinquenal ha quedado obsoleta.
Otro tema controversial es la ayuda a los pequeños agricultores, partiendo de anomalías en su distribución, donde a decir verdad, nadie –en especial los partidos políticos– puede invocar candor o ignorancia. En este tema, los negociados tienen raíces profundas pues una bolsa con fertilizante o semilla mejorada solo constituye un eslabón que distrae la atención del verdadero objetivo que mueve esta particular ayuda a los campesinos pobres.
Frente a ello, hasta los más acérrimos adversarios reconocen las bondades de llevar alivio a las familias a través de los paquetes escolares, aunque hay excepciones en la visión de aquellos que piensan que la educación, en general, estaría mejor servida, mejorando y ampliando la infraestructura.
Sirviendo de marco a estas desordenadas pinceladas que cobran color o se desvanecen en función de quién las observa y las critica, está el fenómeno de la corrupción institucionalizada, que se transmite por generación espontánea en una banda sin fin. En este caso particular, la historia apenas se está escribiendo. Aun así, es claro que en este fenómeno convergen ingredientes políticos, institucionales y económicos, que explican en gran parte todo lo demás y para preocupación de muchos puede llevarnos a la ingobernabilidad, que dependiendo de sus alcances puede conducir a lo que los entendidos llaman un estado fallido.
Una sociedad bien informada es muy sensible a la noción de que aún en las peores circunstancias siempre hay opciones para enmendar rumbos. En lo que casi nunca repara es que el cambio, como el que supone El Salvador, no está a la vuelta de la esquina. Es más, aunque no se quiera reconocer, las transformaciones no están siempre sustentadas en una determinada ideología, sino en una toma de conciencia de los ciudadanos de que sí es posible.
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