Todos saldríamos ganando si hubiese más madurez política y sentido de nación en las relaciones entre el poder ejecutivo y los gobiernos municipales.
Escrito por Joaquín Samayoa.09 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Cada vez es menor el número de habitantes en el centro histórico de nuestra ciudad capital, pero son muchos los que deben atravesarlo a diario para ir a sus trabajos y regresar a sus hogares; son muchos los que tienen un negocio en esa zona de guerra y los que trabajan o deben realizar gestiones en las oficinas del Centro de Gobierno.
Ante la evolución que ha tenido el centro histórico de San Salvador, tendríamos que preguntarnos si tiene todavía algún sentido que sean solo los residentes los que eligen a las autoridades municipales, ya que no es despreciable la cantidad de personas cuyas vidas se ven mucho más afectadas por lo que ocurre en la capital que por la buena o mala gestión del gobierno local en sus lugares de residencia.
De cualquier forma, me parece que los capitalinos hicieron una buena elección en enero del año pasado. En el primer año de gestión del alcalde Quijano son notables los buenos resultados de su sostenido esfuerzo por mantener limpia la ciudad. Hace unas pocas semanas dio una prueba contundente de que está tomando en serio su compromiso de rescatar espacios públicos para facilitar la movilidad vehicular y peatonal en las calles y aceras de la ciudad. La respuesta de la alcaldía capitalina ante los estragos de la tormenta Agatha, al igual que la de los gobernadores y autoridades de protección civil, fue oportuna y efectiva.
Es posible que a muchos votantes la promesa del metrobús haya sido lo que más los inclinó a votar por Norman Quijano. Una similar valoración de lo concreto y tangible sobre las cosas más etéreas o complicadas le ha generado opiniones muy favorables también al actual ministro de Educación. Pero lo cierto es que tanto el ministro como el alcalde tienen desafíos más importantes, urgentes y complejos que la entrega de paquetes escolares o la activación del metrobús.
El alcalde tiene una comprensión correcta de la integralidad de su misión, como puede apreciarse en su plan estratégico para el ordenamiento de la ciudad, el cual fue presentado recientemente a un grupo de periodistas y formadores de opinión en una reunión en la que, lamentablemente, quedaron muchas sillas vacías.
El plan de ordenamiento se integra coherentemente a los de limpieza y seguridad. Contempla seis líneas estratégicas y un conjunto de medidas de política para cada una de ellas, delimitando los plazos de cumplimiento para una serie de acciones, entre las cuales se destacan las pertinentes al comercio formal e informal. Otras líneas estratégicas se refieren a la reducción y mejor control de los negocios que deterioran la moral y la sana convivencia; desarrollo territorial; movilidad urbana; control de acciones que deterioran el medio ambiente, y ordenamiento de la gestión administrativa.
Mientras escuchaba los planteamientos del alcalde, los regidores y la directora ejecutiva de la comuna capitalina, volvió a mi mente una propuesta que ya hemos considerado por diferentes razones: la ampliación del período de los gobiernos municipales. En las principales ciudades de nuestro país, el período de tres años resulta insuficiente para diseñar y ejecutar planes consistentes con la complejidad y la profundidad de los problemas.
Es cierto que los alcaldes pueden reelegirse y tenemos, en Santa Tecla y Antiguo Cuscatlán, casos emblemáticos de reconocimiento de los ciudadanos a la buena gestión municipal; sin embargo, en el caso de la ciudad capital, la política local sigue viéndose excesivamente afectada por lealtades partidarias y calenturas ideológicas, de forma que una buena gestión no garantiza la reelección de las autoridades municipales.
Me ha venido también a la mente algo que ya se me había hecho evidente durante la gestión del alcalde Héctor Silva. Todos saldríamos ganando si hubiese más madurez política y sentido de nación en las relaciones entre el poder ejecutivo y los gobiernos municipales. Ayudaría mucho también que los legisladores fuesen más sensibles a la problemática de los gobiernos municipales. Frente a problemas comunes, las leyes de la República tienen mucha más fuerza que las ordenanzas municipales.
Volviendo al tema del comercio informal, los mejores planes y los mayores esfuerzos de un alcalde se quedarán cortos si el poder ejecutivo sigue sin entender que este es también su problema y que el gobierno central dispone de más recursos y potestades para levantar obras de infraestructura, ordenar el transporte colectivo, hacer cumplir las leyes, promover más y mejores opciones de empleo y avanzar en la integración de todos los comerciantes a las obligaciones y los beneficios de la economía formal.
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