El caso hondureño, desde el principio, puso en evidencia que los organismos internacionales carecen de criterios eficaces para responder a las situaciones del momento actual. En casos como éste, en el pasado fueron complacientes y hoy quieren ser rígidos.
Escrito por Editorial.09 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
La acción golpista que sacó ilegalmente del poder presidencial a Manuel Zelaya el 28 de junio del pasado año generó una serie de efectos de seguro no imaginados por ninguno de los que estuvieron envueltos en aquella situación, empezando por el mismo Presidente Zelaya. La repulsa internacional por la acción golpista se tiñó de inmediato con los colores crudos de esa especie de resurgimiento esperpéntico del radicalismo de izquierda en algunos países latinoamericanos. Por otra parte, el Gobierno que surgió de la acción en Honduras fue incapaz de consolidar una posición, aunque llevó adelante las elecciones presidenciales previamente convocadas, conforme al calendario constitucional.
Las elecciones fueron normales, pese a las condiciones imperantes, y el nuevo Presidente tomó posesión en enero pasado. Algunos países han insistido en no reconocer a la nueva Administración hondureña, haciendo un traslape de situaciones que no puede llevar a ninguna parte. Porque el Gobierno hondureño actual estará ahí por cuatro años, y no tiene ningún sentido mantener congelada una posición de manera indefinida, sólo porque hubo un quebranto en el régimen anterior.
El caso hondureño, desde el principio, puso en evidencia que los organismos internacionales carecen de criterios eficaces para responder a las situaciones del momento actual. En casos como éste, en el pasado fueron complacientes y hoy quieren ser rígidos. Y de pronto se hallan en trampas artificiales, como ésa en la que se halla aún la OEA. Al final, y más temprano que tarde, como ya se avizora, tendrán que reconocer que en Honduras, guste o no, hay un hecho político nuevo; y en este punto la posición salvadoreña ha sido bien realista.
AMÉRICA LATINA DEBE REAGRUPARSE
Las naciones de América Latina, en unión con los países del Caribe que no forman parte del conglomerado iberoamericano, forman una gran región que, de lograr desplegar todas sus potencialidades, podría tener una extraordinaria presencia en este mundo que se globaliza cada vez más, moviendo y diversificando los otrora inamovibles centros de poder. Los hispanoamericanos, especialmente, siempre hemos tenido grandes problemas para entendernos e interactuar; y eso es patente aun en zonas más homogéneas, como es la centroamericana. Este es uno de nuestros más gravosos déficit históricos.
Pero los tiempos cambian y crisis como la presente, que es crisis global sin precedentes, le ponen motores adicionales a la evolución, aunque parezca que sólo traen desquiciantes trastornos. Estamos viendo el fracaso de las caricaturas socialistas en nuestra zona, y lo que se anuncia en el horizonte es una nueva era de democratización avanzada, en la que tengamos estructuras políticas competitivas más sólidas y maduras, que no caigan en los vicios en que cayeron los sistemas de partidos anquilosados, como los de Venezuela.
Es imperativo ir construyendo las bases de un reagrupamiento regional que no se base en fidelidades perversas ni en intereses hegemónicos de ninguna índole; es decir, un orden en el que quepan todos, dejando atrás las hostilidades de ocasión y las maniobras conflictivas estériles. Hemos pasado grandes pruebas históricas, como países y como región, y la prueba del presente también será superada con la racionalidad que los tiempos exigen.
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