Como siempre pasa, hay un montón de iniciativas sobre la mesa, tanto públicas como privadas; lo que no hay es voluntad integradora. Y al Gobierno, por su propia función, le toca emprender y liderar ese esfuerzo.
Escrito por Editorial .23 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Las masacres de los días más recientes han puesto de nuevo en evidencia que hay un reduccionismo irracional a la hora de enfrentar los desafíos de la violencia delincuencial en el país. Se producen masacres de alto impacto y los políticos, tanto de Gobierno como de oposición, regresan de inmediato a una ya trillada disputa que desde luego más parece absurda pelea de calle que ejercicio de mandatos asumidos con responsabilidad. La oposición que antes fue gobierno le pide al Presidente que cambie su gabinete de seguridad, y el Jefe del Ejecutivo responde que no lo hará porque se lo piden los responsables de la situación que heredó.
Ambas posiciones son superficiales, y dan pena, dada la gravedad de lo que viene ocurriendo en la realidad cotidiana. Los dimes y diretes de los políticos son intrascendentes, en comparación con la magnitud de la violencia que continúa sufriendo la ciudadanía honrada, en cuya suerte nadie parece pensar en serio.
Es claro que en el país hay crisis por inseguridad, que genera una emergencia a la que todos deberían atender cuanto antes y de manera sustantiva. Cada institución tiene su responsabilidad específica, y entre todas deben establecer la estrategia de respuesta al fenómeno en su totalidad. La lucha es hoy contra el crimen organizado en sus diversas formas y expresiones, y, por consiguiente, los esquemas de esa lucha deben ser concebidos para una guerra total, no para operaciones sueltas. Es curioso que los actuales encargados superiores de la Seguridad, muchos de los cuales vienen de aquellos tiempos, parezcan no advertirlo con la claridad que se requiere.
No debe ser un forcejeo
Cuando los problemas son de magnitud extraordinaria, el desconcierto tiende a apoderarse de los responsables políticos, estén en el Gobierno o en la oposición; y esto se ve en todas partes, aun en países con más experiencia de ejercicio democrático. En Europa, por ejemplo, de resultas de los impactos derivados de la crisis económica profunda que ha sacudido los cimientos y criterios de la prosperidad, todos andan queriendo hallar remedios de urgencia para males que debieron preverse a tiempo.
En nuestro país, la inseguridad producida por el crecimiento y la progresiva audacia del crimen es el desafío más candente, aunque desde luego no el único. La resistencia ante la factura política por pagar y, por otro lado, el propósito de pasar factura política se hacen presentes, en busca de prevalecer, y más cuando hay tantas incertidumbres sobre el futuro en el ámbito electoral; pero aquí es donde debe intervenir y primar el buen criterio político, que aconseja ponerse por encima de los forcejeos de ocasión o de publicidad, para tomar de veras el toro por los cuernos. Un replanteamiento estratégico integral es lo único que podría dar no sólo confianza ciudadana sino resultados sostenibles.
Como siempre pasa, hay un montón de iniciativas sobre la mesa, tanto públicas como privadas; lo que no hay es voluntad integradora. Y al Gobierno, por su propia función, le toca emprender y liderar ese esfuerzo. Es incomprensible que no lo haga, cuando sería el principal beneficiario estratégico de que las cosas comiencen a mejorar.
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