En la constante puja por establecer la agenda pública o controlar la conversación, son los medios de comunicación y los políticos consumados los que no se dan por vencidos con tal de “anotar un gol”, a pesar de que la atención en estos días de mundial la tiene la FIFA.
Escrito por Ricardo Trotti / Director de Libertad de Prensa de la SIP.23 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Son los políticos del continente los que están tratando de imponer la agenda pública, mediante frases de impacto, pegajosas y altisonantes.
Así, con un léxico de campaña se escuchó la semana pasada a Barack Obama que le “patearía el trasero” a los ejecutivos de British Petroleum y crearía un “plan de guerra” para contrarrestar el peor desastre ecológico de todos los tiempos, a cuyos efectos negativos comparó con “el ataque terrorista” de “Septiembre 11”. Como otros políticos, Obama busca que la resonancia en los medios le dé legitimidad a sus palabras y, así, desviar la atención ante la ineficiencia y la falta de liderazgo que se le reclama a gritos y que está empezando a carcomer su popularidad.
Los mensajes de los políticos, para que prendan en el público, tienen que ser consecuentes con sus acciones. Por eso los problemas del presidente mexicano, Felipe Calderón, cuyos discursos sobre “seguridad pública” y “guerra al narcotráfico”, se ven contrarrestados por las más de cien víctimas rodando por doquier.
Lo del presidente Álvaro Uribe es diferente: ha demostrado concordancia entre lo que dice y hace, entre su política de seguridad y el rescate de cuatro secuestrados por las FARC. Reinstaló el tema de los rehenes y la guerrilla tras la liberación de Ingrid Betancourt, y disipó cualquier duda de que el candidato oficialista, Juan Manuel Santos, apabullaría a Antanas Mockus en su segunda vuelta electoral.
Pero no siempre el fenómeno de la “agenda setting” está enfocado en la coherencia entre tema y acción. Como caja de resonancia, suelen legitimar incoherencias, mentiras repetidas mil veces como decía el propagandista hitleriano Joseph Goebbels, o palabras bizarras que terminan siendo válidas por la jerarquía del interlocutor, así sea loco o cuerdo, maniático o narcisista.
En esta categoría entran Hugo Chávez y Rafael Correa. Ávidos y diestros en frases altisonantes capaces de crear los mejores titulares y despertar la réplica de sus víctimas; pero, al mismo tiempo, conscientes de las debilidades del poder político frente a los medios de comunicación para imponer la agenda social, optan por renegar de ellos; los desprestigian, asfixian y persiguen.
Convertida Venezuela, después de Cuba, en el país latinoamericano con más periodistas y políticos presos o exiliados, Chávez se ha perfeccionado en esta política de censurar y crear temas de conversación. Es hombre de palabra cínica y teatral, pero peligroso, todo lo que promete lo cumple. Anuncia nacionalización y nacionaliza, expropiación y expropia, intervención e interviene, encarcelamientos y encarcela; y rotula a los medios de “objetivos militares”, y los cierra.
Globovisión es ahora su próximo objetivo, y seguirá degradando a la opinión pública hasta lograrlo, como lo hizo con RCTV, otros cinco canales y una treintena de radioemisoras. Chávez se confunde en creer que cerrando a la televisión o presionándole para cambiar su independiente línea editorial le bastará para controlar o manipular la agenda pública. Ni siquiera podrá hacerlo con su propia maquinaria de propaganda, porque otros medios independientes suplirán el espacio de Globovisión.
Estos días de fútbol se prestan para la manipulación de la agenda política, como el aprovechamiento de los tempraneros éxitos de la selección “albiceleste” por parte de la pareja presidencial argentina. Pero así como Cristina, su aliado Chávez, que pregona la “democracia socialista”, debería saber que para controlar la conversación no bastan frases rimbombantes, sino coherencia entre dichos y hechos.
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