En otras palabras, la clave está en activar la economía productiva, en todos los niveles y áreas de la actividad nacional, de tal manera que el aparato responda por sí mismo a los desafíos y las demandas de la realidad.
Escrito por Editorial.18 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Las señales de recuperación económica, dentro de una crisis con los efectos que ha tenido la actual en todas partes y desde luego también en nuestro país, deben ser analizadas muy cuidadosamente, para saber si son ocasionales o permanentes. Hay en el ambiente algunos datos prometedores, como el repunte de las remesas familiares y el aumento en las exportaciones, pero las remesas no son producto de nuestro dinamismo económico y las exportaciones hay que seguirlas paso a paso. Para ver en serio las primeras luces al final del túnel tendría que haber un movimiento positivo identificable en el aparato productivo, generado por un incremento real de la confianza, que es lo que está faltando.
En cuanto a las remesas, su incidencia en la cuantificación del PIB es de sobra conocida, y eso no debería ser visto con ligereza cómoda, sino más bien con inquietud estratégica, pues determina una dependencia que, si bien ya no es de poderes foráneos, sí lo es de condiciones que están totalmente fuera de nuestro control. Y de lo que se trata, para enfilarnos hacia una sostenibilidad propia, es de que pudiéramos valernos de nuestro propio esfuerzo interno. En otras palabras, la clave está en activar la economía productiva, en todos los niveles y áreas de la actividad nacional, de tal manera que el aparato responda por sí mismo a los desafíos y las demandas de la realidad.
Las remesas son buenas para la economía, pero depender tanto de ellas nos pone en estado de alta vulnerabilidad. El sector público y los sectores privados deben, en conjunto, hacer lo que les toca para relanzar nuestra economía, en vez de enfrascarse en discusiones de coyuntura, como ha sido lo usual hasta la fecha.
Reprogramar nuestro desarrollo
Las condiciones adversas, y más cuando adquieren categoría de crisis, como pasa en este momento histórico, tanto en el mundo como en nuestro país, son pruebas que permiten calibrar los niveles de fortaleza estructural que han alcanzado los procesos nacionales, en cada caso específico. En lo que a El Salvador se refiere, la crisis que nos ha golpeado, y cuyos coletazos de seguro tendremos que sobrellevar por bastante tiempo, nos pone, como nación, ante el reto de muchas redefiniciones insoslayables; una de ellas, la que se refiere a la viabilidad del desarrollo y sus previsibles avances.
Hay que salir del concepto ingenuo y desorientador que imagina que el desarrollo puede darse por impulso espontáneo. Por el contrario, lo que la experiencia enseña en todas partes es que el desarrollo es fruto de una clara visión, una creativa planificación y una realista organización. Todas esas cosas vienen faltando en nuestro ambiente, y por eso vamos dando bandazos y tumbos en esta ruta que podría ser mucho más coherente y segura con sólo tener disciplina estratégica y buen trabajo compartido.
Debemos reprogramarnos para el desarrollo, como sociedad y como institucionalidad. No bastan los planes de coyuntura, y menos cuando son sólo proposiciones gubernamentales. De una vez por todas tendríamos que emprender un esfuerzo de nación, que desarrolle una agenda de nación. Esa sería una iniciativa novedosa en un momento histórico nacional que también es novedoso. Lo que no se admite es insistir en las viejas rutinas.
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