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2010/06/20

LPG-Asimilemos las lecciones del proceso nacional

Nuestro proceso nacional nos ha venido dejando grandes lecciones en esta etapa de democratización, que se abrió en 1982 y adquirió carta de ciudadanía histórica en 1992. Son lecciones fácilmente perceptibles, pero que tienden a ser dejadas de lado, quizás con la ingenua ilusión de que al no ser atendidas dejan de existir como tales, actitud que se ve sobre todo en los actores políticos, aunque también se hace sentir en el proceder de los actores económicos y sociales. Las más de esas lecciones son apremios para la corrección, y de seguro por eso reciben el tratamiento antes aludido. En los últimos tiempos, tales lecciones surgidas de la misma experiencia vivida se vuelven más frecuentes y elocuentes, porque el proceso mismo genera tales urgencias autoprotectoras.

Escrito por David Escobar Galindo.21 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.

Recorramos algunas de esas lecciones más próximas. Las hay para todos los gustos y de todos los tamaños. En lo político, la lección más resaltante de estos días es para la derecha. ARENA, como partido más representativo de ese sector del pensamiento nacional, recibe una lección dramática, que se puede sintetizar así: absolutizar la obsesión de permanencia a cualquier costo se paga muy caro; lo que hay que hacer es prepararse responsablemente para estar y para no estar en el control del poder político, encarnado en el presidencialismo imperante como forma política. Ser responsable cuando se triunfa y ser responsable cuando se pierde. No aprender esa lección puede conducir a la autodestrucción; aprenderla puede significar la autorreconstrucción. Así de claro.

Y en esta misma línea hay una lección que debe servirnos a todos, porque es más que una lección en el ámbito ideológico: lo es en el plano de la sana lógica política. Sobre todo en los últimos años de las Administraciones areneras fue ganando terreno una especie de máxima perversa, que llegó a convertirse para muchos en algo así como la fórmula para salvar lo insalvable. Esa fórmula podría resumirse así: “Hay que permitirlo todo y cohonestarlo todo, con tal de asegurar que el FMLN no gane la Presidencia”. Pues bien, el FMLN ya ganó la Presidencia, como era esperable dadas las circunstancias del proceso y las condiciones del país, y por consiguiente dicha trampa conceptual no sólo es indebida, sino que demostró ser inútil. Evitar tal tipo de distorsiones conceptuales debe ser responsabilidad común.

Para la izquierda también hay lecciones. Para empezar, el FMLN deberá asumir el hecho de que gobernar es bastante más que ganar una elección: en el caso actual, el no haber estructurado una alianza sólida con el candidato que no pertenecía a sus filas ha generado un constante desencuentro, que se podía disimular cuando imperaba la retórica de la campaña, pero que es inocultable cuando se trata de las decisiones y los actos propios de la tarea de gobernar. El FMLN tendrá que salir de ese encierro mental que le hace sólo sentirse realmente actuante y comprometido cuando alguno de sus personajes históricos está al frente. Eso, de mantenerse, seguiría fomentando una forma de autismo que no tiene ningún futuro dentro de esquema de competitividad política creciente en el país.

Una lección más histórica se hace sentir: el proceso no se mueve por voluntades caprichosas o por intereses circunstanciales, sino por la fuerza propia del impulso evolutivo. Los políticos están cada vez más compelidos, por la misma fuerza de los hechos reales, a respetar la lógica del proceso. Y esa lógica los conduce, inexorablemente, a reconocer que son servidores, no usufructuarios. El poder no es un botín, sino un compromiso; y esto quedó claro a la luz de los acuerdos de paz, que no repartieron beneficios sino que asignaron responsabilidades. A estas alturas, debería ser perfectamente claro para todos que en la democracia nadie tiene parcelas conquistadas: todos tienen puestos cambiantes que periódicamente se alternan. La alternancia es, pues, lo más natural.

¿Cuánto de estas lecciones, y de otras que podrían enumerarse, pasará a ser materia digerida y asimilada en el hacer cotidiano de la política nacional? Eso lo irá diciendo la misma experiencia, según se desenvuelvan los acontecimientos actuales y por venir. Lo que sí se puede afirmar de antemano es que ya no queda margen para ignorar impunemente las enseñanzas del fenómeno real, como ha sido lo usual hasta la fecha. Los políticos, con independencia del sitio que les toque ocupar en este momento y en los sucesivos, deben aceptar una verdad: que no son dueños, ni siquiera conductores exclusivos del proceso nacional; éste se va moviendo por un conjunto de fuerzas, entre las cuales la principal es la energía del proceso mismo

Asimilemos las lecciones del proceso nacional

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