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2010/06/09

EDH-Insólita prédica de la unidad

Federico Hernández Aguilar.09 de Junio. Tomado de El Diario de Hoy. 

Descifrar al presidente Funes no es tarea fácil. Ya sabemos que está sometido a innumerables presiones —incluyendo las del partido que lo postuló como candidato— y que manejar las tensiones de un gabinete tan variopinto como el suyo debe ser complejo y emocionalmente desgastante. Pero los atenuantes, en este caso, no sirven para justificar las reacciones viscerales de un mandatario que pretende, al menos en el papel, unir al país.

El informe que Mauricio Funes presentó a la Asamblea Legislativa, el pasado 1 de junio, es una expresión ejemplar del talante defensivo que le ha caracterizado como Presidente. Demasiadas palabras en su discurso —por lo demás, bien construido— fueron dedicadas a responder críticas y señalamientos.

Ya en la primera de sus reflexiones, justo después de referirse al último desastre natural, trajo a cuento las "predicciones fatalistas" que se hicieron al principio de su gestión. No se atrevió a ser claro y reconocer que la precaria estabilidad que vive el país se ha producido, si acaso, muy a despecho del FMLN, y precisamente porque él, en su rol de mandatario, ha contrariado a cada rato a su partido. Optó, eso sí, por arrogarse personalmente el crédito de esa estabilidad.

"La clave de nuestra transición pacífica, que hoy asumimos como algo normal, pero que supuso un enorme esfuerzo, está en la apuesta decidida que hice desde el primer día por la unidad nacional". Esa fue la frase exacta de nuestro gobernante. Y bien merece usarla, aunque destile arrogancia. El problema es que también la usa para adjudicarse unas virtudes que no suelen figurar en su carácter.

Como orador, Mauricio Funes tiene la fea costumbre de levantar el dedo índice y agitarlo repetidas veces delante de quienes le escuchan. En su alocución del 1 de junio usó este gesto, varias veces, para hacer énfasis en la presunta insensibilidad de aquellos que critican sus programas sociales o que niegan, con fundamento, que exista un cambio respecto del asistencialismo promovido por la administración anterior.

Para salir al paso de estos comentarios, el Presidente trazó líneas que llevarían a confrontar, en la práctica, a amplios segmentos de la población. Por ejemplo, al defender la pensión solidaria que ha impulsado para los adultos mayores, Funes dijo que "sólo quien tiene su pensión asegurada y sabe que luego de trabajar puede retirarse a disfrutarla…, sólo ese es el único que puede decir que no significa un cambio este esfuerzo que estamos realizando".

Sobre el reparto de uniformes escolares —el único logro reconocible del Ministerio de Educación que destacó en su informe—, el mandatario volvió a hacer contrastes gratuitos, diciendo que "sólo quien no tiene necesidad de meterse la mano al bolsillo y contar los pocos centavos que tiene para comprar un uniforme, un par de zapatos y útiles escolares, puede decir que ese programa no beneficia a la familia salvadoreña".

Aseguró, sin vergüenza alguna, que las empleadas domésticas en El Salvador han estado bajo "un régimen de semi-esclavitud", para luego arremeter contra aquellos que no sienten el cambio porque "tienen seguridad social".

¿Era necesaria esta jerga clasista y setentera? ¿Nos hace algún bien a los salvadoreños que el Presidente quiera dividirnos entre los que tienen y los que no tienen, entre los que se pueden pagar un médico y los que no, entre quienes le son agradables a él porque entienden sus políticas y aquellos que por diversas razones no las comparten?

Porque lo curioso es que, a lo largo de su informe, Mauricio Funes habló de "unidad nacional", "concordia", "alianzas", "no confrontación", "diálogo", "concertación", "estabilidad". Hizo llamados imperiosos al trabajo conjunto de la nación, casi autoproclamándose el gran puente que los diversos sectores del país necesitábamos para olvidar diferencias y marchar por fin, tomados todos de las manos, al progreso sin fin.

Si así quiere lucir nuestro Presidente, perfecto. Lo que no se vale es que pretenda defender su concepto de cambio, sin importar quién lo haya puesto en duda, estableciendo parámetros de medición más cercanos al libreto chavista (del que tanto busca distanciarse) que al discurso de un verdadero estadista. Hugo Chávez empezó hablando de los pobres y ha terminado inoculando el germen de la desconfianza y el resentimiento en grandes capas de la sociedad venezolana, con efectos verdaderamente nocivos en todas las áreas del desarrollo humano.

Si Mauricio Funes pretende convocarnos a la unidad, debe ser él quien primero evite establecer divisionismos innecesarios. Nadie estará en contra de que quiera invitarnos a acompañarle en el esfuerzo de mantener la estabilidad social, pero predicar con el ejemplo significa, entre otras cosas, renunciar a alimentar enfrentamientos desde el podio presidencial, aunque la tentación sea grande y el autodominio sea ajeno al propio carácter.

Ojalá no olvide nuestro mandatario que el odio de clases es propio de esa izquierda radical que ha empezado a calificarle de "traidor".

elsalvador.com :.: Insólita prédica de la unidad

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