El municipio de Mejicanos es un lugar peligroso, donde la gente se anda con mucho cuidado. La muerte podría venir del mismo vencidario en el cual se vive.
22 de Junio. Tomado de Contra Punto.SAN SALVADOR - La escena del crimen ha cambiado: ahora solo hay ceniza, mechones de cabellos y un denso olor a plástico quemado. El olor a piel también viene con el sol del mediodía.
Removiendo entre los escombros que quedaron del microbús incendiado la noche del domingo, un señor encontró dos zapatos: uno de mujer y otro de una bebita. Él supone que los zapatos pudieron ser los de una conocida de él, Roxana, que viajaba en el micro con su marido, Antonio, y la hijita de ambos. Ellos eran sus “hermanos en Cristo”.
“Este zapato debe ser de Roxana y este de su bebita de un año... Ella iba en el bus junto con su marido. Ni Roxana ni su hijita pudieron salvarse”, aseguraba el señor que había recogido las pertenencias.
“Sólo se pudo salvar su esposo Antonio, pero él está con graves quemaduras en el hospital... Estamos rogando al Señor que sobreviva...”, dijo finalmente el señor que no quiso identificarse.
Además de zapatos, quedaron medio quemados una cartera de mujer, una bolsa con plátanos y algo que se parecía a llantas de bicicletas.
Casi entre lágrimas se despidió: “Éramos vecinos muy queridos; no éramos familia, sino hermanos en Cristo... Íbamos a la misma iglesia”.
Aunque el microbús de la ruta 47 ya no está, ojos curiosos siguen viendo hacia la mancha negra y humeante que dejó el saldo de 14 muertos. Todos sienten miedo y no quieren hablar de los hechos. Los negocios de la zona están cerrados y los pasajeros de otras rutas de buses que transitan por el lugar miran por la ventana, tratando de saber qué pasó en verdad esa noche de domingo.
El vehículo del GRP pasa sobre el lugar donde fue incendiado el microbus de la ruta 47. Las llamas alcanzaron el tendido eléctrico.
“Tenía la puerta (de mi casa) abierta cuando pasó todo, pero inmediatamente la tiré y salí con mi familia para el cuarto”, dice un hombre mayor, con voz baja e insegura.... “Ya no puedo hablar con usted, aquí como ve, nos están viendo”, dijo un vecino, en la colonia Jardín.
-¿Usted pudo escuchar, ver algo de lo que pasó anoche? – preguntamos.
-Solo vi una llama grande que se levantaba desde el suelo. Escuchamos gritos, pero bien suaves porque como estábamos encerrados en el cuarto.
-Ahí viene el GRP, decimos
-Mire, ¿sabe qué me dijo una mujer que andaba en la mañana?
-Ajá
-Que nos fuéramos de aquí, que qué estábamos haciendo viviendo aquí, que esto se pondrá más peligroso.
-¿Es muy peligroso aquí?
-De esa esquina para allá es de los 18, de allá para el otro lado, es de la otra mara.
Justo en medio de esa plática, llegaron los del Grupo de Reacción Policial (GRP). Se reunieron unos segundos y caminaron en tropel hacia un pasaje. Nos vamos detrás de ellos. Entramos al pasaje. Viviendas de dos plantas se encuentran en el lugar. Nadie dice nada. Algunos ojos aparecen por las ventanas. Una anciana al ver a los del GRP grita: “Van por el Chulón”. “¿Por quién señora?” –preguntamos. “¡Por nadie usted!”, grita la vecina, mientras hace una llamada por el celular.
Uno de los encargados del operativo nos dice, con arma en mano: “Les van a pegar un tiro, le dijimos a la prensa que se quedara allá fuera del pasaje”
Dos miembros del GRP están al costado de una casa “destroyer”, utilizada por los pandilleros para esconder armas, consumir drogas y preparar sus planes de ataque. Nadie responde a los golpes dada a la puerta. Nos movemos y dentro de una casa sale un joven sin camisa, descalzo. No tiene tatuajes. Le dicen que se ponga de rodillas. Él obedece sin decir ninguna palabra. Una mujer sale y le grita al miembro del GRP:
-No le agarre así las manos
-Dejá, callate. No digas nada, aconseja el joven a la mujer adulta.
El joven detenido (sin camisa) dijo tener 16 años de edad. Él estaría entre los responsables que incendiaron el microbús de la ruta 47.
-¿Cuántos años tenés?
-16
-Demostralo. ¿Tenés partido de nacimiento?
-Andá, buscame la partido vos, le dice a la mujer. Ella se va refunfuñando.
-¿Por qué hablás tan ronco?
El joven no dice nada. Otro joven es puesto de rodillas al lado del muchacho de “16”. Parece que no tiene nada que ver con la búsqueda de los policías, pero estaba ahí y ni modo. Luego de eso no pasa nada. Ojos curiosos salen por las ventanas.
Nos sentamos en unas gradas de una vivienda. Al rato salen de allí un señor adulto mayor.
-No se mueva, ahí quédese. No voy a salir, nos dice.
-Es peligroso aquí señor?, le preguntamos.
Con los ojos invita a pasar a su casa.
Ya adentro, dice: “Aquí es peligroso, si la gente del pasaje se da cuenta de que hablé con usted me puede pasar algo”.
-¿El joven (detenido) es pandillero y tiene gente que lo protege?, cuestionamos.
- Ahí es casa de fiestas de los mareros, todo el tiempo.
-¿Y la casa de arriba que está siendo vigilada?
-Ahí venden marihuana. Los mareros están aquí todo el día, allí en esa esquina.
-Salgamos, me dice. Saca la cabeza, echa un vitazo hacia los lados y cierra la puerta.
Luego de mucho tiempo, levantan al muchacho de “16” años. Lo llevan a la patrulla. Pasa al lado de un testigo al cual han protegido su identidad de pies a cabeza. Los ojos del testigo están desorbitados, está afligido, se lo nota en la tira de la pálida piel que sale de su capucha.
A la persona responsable de hablar con la familia del detenido, le preguntamos por la edad real del muchacho. “No sabemos realmente la edad, eso seguirá en investigación”.
Afuera solo hay gente viendo lo que sucede. Una vez que ha pasado todo, vuelven a sus casas, a sus encierros y al mejor amigo que les puede salvar la vida: el silencio.


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