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2010/06/22

Contra Punto-Las expectativas del cambio: pongamos que hablo de cultura

 Emilio Delgado Chavarría.22 de Junio. Tomado de Contra Punto.

MADRID - La mayor virtud de Funes y su equipo durante las elecciones presidenciales fue entusiasmar, y no asustar, a un electorado de voto tradicionalmente conservador. A un año de su gobierno la palabra “cambio”, insignia de su campaña electoral, amenaza con ponerlo contra las cuerdas. ¿Dónde esta el cambio? es la pregunta que parecen cuestionarse la mayoría de los articulistas del país. El sentido común de esos creadores de opinión también les lleva a pensar que en un año es difícil apreciar esos cambios pero insisten -con mayor énfasis unos que otros- en que esto no le sirva al gobierno para justificar el mal hacer de las cosas, o peor aún, equivocar el rumbo. El término medio a este crítico juicio es que si bien es cierto que los cambios no vendrán de la noche a la mañana se aspira, al menos, a ver señales de ese cambio.
Tan exitosa fue la expectativa del cambio que, como bien dice un columnista de El Faro, hasta la cultura ocupó un espacio relevante en algunos medios. Evidentemente esto es positivo, sin embargo, orientar el debate de la política cultural de El Salvador en función de la destitución de un cargo político es un poco limitado. Sobre si la persona en cuestión tenía sobrados logros académicos, si se peleó o no con la esposa del Presidente, si se opuso a esto o a lo otro, etc. bien pudiéramos mejor discutirlo en la tertulia de un café, pero resultaría más interesante y fecundo dar a conocer, y juzgar, los logros y fracasos de los anteriores gestores culturales.
Recientemente, el historiador Paul Kennedy analizaba en un artículo publicado en El País[1] los “cambios” de la gestión del Gobierno de Obama. Citando a Marx recordaba al mundo occidental que la voluntad política de un hombre se ve limitada, incluso determinada, por la historia y la geografía. Materializando esto al tema que nos atañe cabe preguntarnos cuáles son esos límites históricos que afectan a la política cultural en El Salvador. En el caso de la literatura por ejemplo la creación de un canon supone la máxima expresión de la política cultural. Según el crítico literario Ricardo Roque Baldovino, el intento por crear una literatura nacional en El Salvador apenas nace (o se publica) a partir de 1950. Una de las cosas que mayormente llamaba la atención de ese canon, dice Baldovino, era el reconocimiento del papel de vanguardia de las estéticas europeas -particularmente la francesa- lo que a la larga termino creando una situación hegemónica de ese continente en relación al nuestro. De esa forma, el campo literario salvadoreño estaba condenado a la marginalidad y enfrentarse constantemente con el problema del tiempo: el país debía estar continuamente comunicado para mantenerse al día de cualquier cambio que se diera en las estéticas europeas, a riesgo de parecer un falso retraso. Otro presupuesto necesario para evitar la marginalidad hubiera sido la creación, y el mantenimiento, de una infraestructura cultural, que no sólo permitiera la fluidez de información entre ambos continentes, sino que garantizara la expresión del pensamiento salvadoreño a lo largo del tiempo. Toda esa infraestructura debió verse traducida en el mantenimiento de centros de pensamiento, editoriales, revistas, gremios de libreros, bibliotecas, centros de documentación, etc. ¿Qué revista, qué editorial, qué librería con más de 50 años de antigüedad conservamos en la actualidad?
El mantenimiento de una infraestructura cultural que permitiera un pensamiento vivo hasta crear una tradición implicaba o bien su desarrollo a través de un Estado fuerte, o bien el esfuerzo de instituciones privadas, lo cual implicaba una participación activa de las elites económicas, como ha sido en el caso de los Estados Unidos. Un rasgo histórico de El Salvador es que sus elites económicas han tendido a utilizar al gobierno en función de sus intereses particulares, y añadiéndole a esto su escasa preparación cultural  -y no me refiero a la falta de títulos académicos- era poco probable que el Estado sirviera como sostén en el tiempo del pensamiento salvadoreño. Por supuesto que ha habido momentos donde se ha inflado el valor nacional de la cultura de El Salvador, pero ese impulso ha sido consecuencia más bien de una moda Latinoamericana que ha desembocado en un chauvinismo, más que en el nacionalismo desarrollado en algunos estados europeos. Si a eso sumamos los ya tradicionales problemas sociales del país -las dictaduras, la guerra civil, los veinte años de política neoliberal donde el Estado se vio reducido a su expresión mínima- era demasiado optimista pensar que la política cultural salvadoreña pudiese articularse de una forma adecuada a través de la vía pública. No es casual que hasta el día de hoy el centro de pensamiento de mayor prestigio sea una universidad privada de carácter religioso, y no la universidad publica que debiera estar obligada a formar parte activa de las políticas de una nación.
Estos dos factores, la subordinación del campo literario salvadoreño a otra área  geográfica cultural y la imposibilidad de mantener una infraestructura cultural en el tiempo, sirven para ilustrar, de manera breve, esos límites históricos que condicionan los cambios que se vienen exigiendo estos meses y días. Mas extenso sería el análisis si nos centráramos en las demás artes plásticas y más complejo aún si examinamos la actual cultura popular, sin olvidar que el surgimiento de los Estados Unidos como potencia económica y la anexión de Centroamérica y el Caribe a su área de influencia es un hecho que ha modificado de manera fundamental la actual cultura del país. Es ingenuo pensar que una persona, que un gobierno, logre cambiar toda esta dinámica histórica en cinco años. No lo hará y no lo podrá hacer.
Del trabajo de Breni Cuenca no puede hablarse mucho debido a la brevedad de su cargo al frente de una cartera de Estado. Sabemos que tuvo intenciones, algunas bastante ambiciosas, y quizás debió tener presente que su puesto era político, lo cual implicaba negociar y, a veces, ceder. No es posible evaluar la política cultural del gobierno de Funes a partir de la salida, o expulsión, de Breni Cuenca, ni tampoco afirmar que la política cultural se está desarrollando en función del autoritarismo del Presidente. Ambas críticas son exageradas y quizás deben entenderse como parte de las emociones colectivas, ese enorme anhelo de cambio que se materializó en una persona, y que posiblemente de aquí a algunos meses, si no días, se traduzca en enojo, decepción y apatía.
La articulación de la política cultural siempre ha estado en poder de un puñado de personas, incluso el estudio de la ciencias humanas en los actuales países ricos se ha convertido en un lujo (¿quién se puede permitir dedicarse a este tipo de estudios si producen tan pocos beneficios económicos a corto plazo?). En El Salvador, mientras las élites económicas sigan careciendo de una visión cultural a largo plazo y la clases medias estén asfixiadas por sobrevivir, la cultura seguirá ocupando una segunda posición.

Las expectativas del cambio: pongamos que hablo de cultura

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