Mario Roberto Morales.18 de Junio. Tomado de Contra Punto.
GUATEMALA - En países como el nuestro, desprovistos de legalidad y gobernabilidad, la población sub-asalariada y la que no tiene trabajo es la que paga el pato que se disputan los funcionarios gubernamentales corruptos, los criminales organizados, los oligarcas que los financian y administran, y la cooperación internacional (que auspicia los simulacros de lucha cívica puestos en escena por las farisaicas marionetas de la sociedad civil y la política). La población sub-asalariada y desempleada es la que tiene las aguas negras al cuello, y porque ya no puede caer más bajo es que de esa población acosada brotará la rebelión que implantará de nuevo la lucha de clases violenta como marcapasos de la vida nacional.
El pueblo, ese conglomerado que carece de propiedad privada, que carece de empleo y para el que los fenómenos naturales se vuelven desastres, está desesperado. Y por mucho que la cooperación internacional intensifique su parchada política apagafuegos, la magnitud de la explotación oligárquica y de la corrupción gubernamental hace que el asistencialismo se revele como lo que es: un intento de tapar el sol con un dedo y proyectar una falsa sombra para todos.
La radicalización en las demandas populares ha empezado a hacerse notar y ya los neoliberales y demás fuerzas para-oligárquicas han puesto el grito en el cielo, lo cual quiere decir que han intensificado sus manotazos de bestia acorralada acosando a gente del pueblo. El desmantelamiento del Estado vía olas privatizadoras e injerencia en asuntos internos de la cooperación internacional empezó, en su fase más aguda, después de la firma de la paz. La “paz” serviría para eso. Y ahora, con por lo menos tres servicios de inteligencia privados al servicio de la oligarquía y montados por militares contrainsurgentes, el Estado no puede controlar el sistema de justicia, pues es la acción conjunta de estos servicios la que da al traste con todos los esfuerzos de democratización que la ciudadanía emprende por caminos pacíficos y enarbolando los principios de la democracia y el Estado de Derecho. Así se explica la renuncia de Castresana y tantos otros esfuerzos abortados mediante actividades terroristas de inteligencia civil y militar, dignos de thrillers hollywoodenses.
Unido a esto, los proyectos económicos de las corporaciones transnacionales (cuya entrada al país en su forma más agresiva también empezó gracias a la “paz”) tienen a las poblaciones rurales sumidas en la desesperación. Por eso emigran. Y son las que sostienen nuestra economía con sus remesas porque la oligarquía no produce, se contenta con controlar población y territorio para administrar en su favor el negocio del caos, de la corrupción y la impunidad. Este pueblo desesperado es el que está presto a una rebelión de clase. Y estas rebeliones nunca son pacíficas. ¿Es factible una guerra tribal entre ejércitos privados oligárquicos, maras, fuerzas públicas, narcos y sectores populares organizados? ¿Es factible el caos de una guerra civil en la que, después de algunos años de matanzas, empiece a surgir una fuerza que ponga orden en el desorden? Creo que sí.
Este puede ser el futuro inmediato de Guatemala, pues el simulacro de las luchas cívicas financiadas por la cooperación internacional se está acabando y en su lugar prospera una mentalidad rebelde más ruda, menos cívica, más primaria y básica, más clasista en cuanto a estar guiada por el estómago y no por ideas e ideales. En ella, todos nos veremos obligados a tomar partido. Preparémonos ya.
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