Escrito por Carlos Abrego.21 de Enero. Tomado de Simpatizantes del FMLN.
Pedir perdón es un acto de contricción, es un enunciado que se dirige al ofendido, a la víctima. En el ámbito privado este enunciado espera respuesta. La respuesta puede ser “acepto tu pedido de perdón y te lo otorgo”. Llega la reconciliación. Pero a este pedido puede seguir un silencio pesado y luego llega la negativa de perdón. En el ámbito privado esto conduce a la separación, es el caso, por ejemplo, de los divorcios. El que ha ofendido, el que ha faltado no puede darle a su pedido de perdón el carácter de performativo. Qué significa esto? Un enunciado performativo es aquel con el cual el que denuncia realiza el hecho mismo a través de sus palabras. Por ejemplo, “doy por abierta esta reunión”, “te bautizo”, “te prometo”, etc. El que pide perdón no puede imponerlo, pues entonces ya no es un pedido. Considerar que este pedimiento de perdón concluye el acto, es una manera abusiva de interpretar el contenido de lo que se ha enunciado.
El presidente de El Salvador, Mauricio Funes, ha pedido perdón, en su función de máxima autoridad del Estado, en nombre del Estado mismo. Lo pidió ante las víctimas, los familiares y amigos de las víctimas. Muy bien, pero la respuesta a este pedido, quién puede dársela? Quién puede atreverse a hablar en nombre de los niños masacrados, en nombre de los ancianos asesinados, en nombre de las mujeres violadas y asesinadas?
Crímenes contra la humanidad
Esto significa que el acto ha tenido y sólo puede tener un significado simbólico. Pero qué es lo que simboliza? En esto las interpretaciones pueden divergir. Estas divergencias se manifestaron inmediatamente, pues el acto fue, sobre todo, político. El presidente ha dicho lo que todos sabíamos, lo que todos sabemos: “Reconozco que agentes entonces pertenecientes a organismos del Estado, entre ellos las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad Pública, así como otras organizaciones paraestatales cometieron graves violaciones a los derechos humanos y abusos de poder, realizaron un uso ilegítimo de la violencia, quebrantaron el orden constitucional y violentaron normas básicas de la convivencia pacífica. Entre los crímenes cometidos se cuentan masacres, ejecuciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas, abusos sexuales, privaciones arbitrarias de libertad y diferentes actos de represión. Todos estos abusos fueron ejecutados, en su mayoría, contra civiles indefensos ajenos al conflicto”.
Tal vez lo que se ha logrado con este acto, es que con el reconocimiento de estos crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, se admita asimismo, por parte del Estado y por primera vez, como efectivamente ocurridos. El presidente ha enunciado también su iligitimidad. Ambas cosas son de suma importancia. No obstante, repito, son actos eminentemente políticos. La negación de justicia que ha perdurado todo este tiempo, puede comenzar a retroceder. Ha retrocedido un paso, pues hasta ahora los representantes del Estado nunca reconocieron la efectividad de esos crímenes. Es decir, los hombres políticos de la derecha -que han asumido el poder político hasta hoy- no reconocían como crímenes, ni como actos ilegítimos la barbarie de la que fue víctima la nación salvadoreña.
La polémica que este reconocimiento ha suscitado se ha centrado en otro terreno, se cuestiona el derecho del presidente Funes a pedir perdón en nombre del Estado. Al mismo tiempo, al cuestionar este derecho se persiste en negar la evidencia de los hechos y su ilegitimidad.
La justicia tiene que volverse efectiva
Justamente porque hasta hoy perdura la negación de Justicia, no podemos equivocarnos en la interpretación del acto simbólico que se realizó en el décimo octavo aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz. La cuestión de la justicia se vuelve de actualidad. Reconocer los crímenes no basta. Pedir perdón no absuelve.
Las comisiones sobre las que habló el presidente no pueden remplazar a la justicia, al establecimiento de la verdad, a la verdadera reparación moral, a la real dignificación de las víctimas. No entro en el detalle de su composición y sus fines. Creo que el rector de la UCA, José M. Tojeira, en un artículo salido en el Co-Latino, ha hecho al respecto señalamientos pertinentes que comparto.
El presidente Funes pretende pedir perdón en nombre del Estado. Muy bien. Lo pide también en nombre de la Asamblea, lo pide en nombre de los órganos judiciales? No estoy buscándole la cuarta pata al gato. El presidente, cuando se trata de la ignominiosa ley de Amnistía, limita la extensión de su poder al Ejecutivo, declinando la responsabilidad de esto a los otros poderes. Levanto esta incoherencia no por afán polémico. Porque existe otro aspecto político subyacente y no enunciado cabalmente. El presidente Funes no puede pensar en ningún momento que todo el Estado ha quedado lavado de toda culpa. Incluso en la parte final del discurso, llega a agradecer algo que no ha tenido lugar: “Gracias a las víctimas y sus familiares por recibir mi petición de perdón en nombre del Estado salvadoreño”. En esto hay precipitación y, en cierta medida, abuso.
Los salvadoreños lo hemos escuchado. Pero eso no significa que hemos asistido a un acto de exorcismo colectivo. La República tiene sus órganos que fallaron durante años a sus obligaciones, que cometieron delitos y crímenes, que siguen sin coumplir hasta hoy con su deber. Y en esto incluyo, a pesar del perdón pedido, al Ejecutivo.
Ahora se trata realmente de dignificar a las víctimas dentro del cuadro de la legalidad republicana. Los crímenes no pueden quedar impunes. Ningún crimen, sobre todo los que se cometieron durante la guerra que perfectamente pueden ser catalogados como crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Es decir que son imprescriptibles.
Realmente no entiendo aquellos que frente a estos crímenes piden, reclaman, exigen cierta tolerancia. La justicia salvadoreña tiene que volverse efectiva.
La derecha no pide perdón
El presidente ha pronunciado una frase peligrosa al final de su discurso, pues, sin ser muy explicito, le quiere dar al pedimiento de perdón más significado del que realmente tiene y al mismo tiempo le arroja un anatema a quien no se quede conforme con el acto simbólico que presidió. Lo cito: “Este reconocimiento de procederes ilícitos, su consecuente aceptación de responsabilidad y el necesario pedido de perdón que hoy formulamos, no debe ser aprovechado por ningún sector minoritario para intentar llevar discordia y divisiones al seno de la comunidad salvadoreña”.
No podemos quedarnos conformes con un primer paso, para que las cosas sean completas hay que llegar hasta la última página, sólo entonces podemos cerrar este doloroso capítulo de nuestra historia. Exigir que la ley de amnistía sea derogada, que se erijan los tribunales necesarios y que se imparta justicia no puede ser considerado como un acto de sembrar cizaña en la sociedad salvadoreña.
El presidente nos habla insistentemente de “unidad nacional”, lo volvió a hacer en esta oportunidad. Nos habla, incluso, de que somos todos hermanos y hermanas. Vaya, qué cosa! Resulta que el presidente nos hermana de un jalón con todos aquellos que no quieren reconocer que hubo crímenes en El Salvador, que piensan que los cometieron con todo derecho, que sus criminales acciones eran en defensa de la libertad y en beneficio del país. Porque la actitud de la derecha, lo que ha expresado en sus declaraciones, no significa otra cosa. La derecha tiene sus órganos de prensa y de difusión radial y televisiva; en esos medios hasta hoy se ha defendido que el Ejército y todos los órganos represivos “defendían la libertad y los valores occidentales”. La derecha, toda la derecha, se ofusca ahora porque el presidente ha enumerado los crímenes cometidos y los ha declarado como efectivamente ocurridos.
La actitud de la derecha durante todos estos años, su reacción actual, no sólamente refuta la posible existencia de la “unidad nacional”, sino que confirma que no se arrepiente, que ella no pedirá perdón, que no lo desea, que no puede reconocer como crímenes contra la humanidad todas las fechorías que perpetraron durante la guerra. Es ese el significado de la reacción de la derecha.
En el fondo, no nos equivoquemos: la derecha sigue pensando que Funes en la presidencia es una aberración de la historia, es una usurpación de su legítimo poder. Es ilusorio, muy peligroso para las fuerzas de izquierda pensar que la derecha va a abandonar su agresividad. Para la derecha la unidad nacional ha desaparecido desde el momento en que fue derrotada en las urnas. Se volverá a restablecer la “unidad nacional” cuando de nuevo considere que el poder político esté en sus manos. Para la derecha, para la gente de la derecha, “unidad nacional” no significa otra cosa que el sometimiento de los trabajadores a los intereses económicos de la oligarquía.
Carlos Abrego
Simpatizantes del FMLN » Dagoberto Gutiérrez: LOS ACUERDOS DE PAZ
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