Recordar el Acuerdo de Paz, como tal, es una formalidad positiva. Pero, en realidad, lo importante es reconocer lo que el país viene siendo y haciendo desde que se dio aquel acontecimiento históricamente venturoso y transformador.
Escrito por Editorial.15 de Enero. Tomado de La Prensa Grafica.
Mañana sábado se cumplen 18 años de la suscripción del Acuerdo de Paz, en México, luego de un conflicto bélico que había durado más de una década en el terreno. Concluir la guerra fratricida interna era ya un logro histórico de enorme trascendencia; pero la proyección del Acuerdo estaba llamada a tener alcances mayores, porque de lo que se trataba era de hacer verdaderamente funcional y sostenible el sistema político, por primera vez en nuestra historia republicana. Dos hechos le daban sustento a tal remodelación racionalizadora: el que la Fuerza Armada dejara de ser gerente del sistema político y pasara a desempeñar su auténtico rol constitucional; y el que la izquierda fuera reconocida como fuerza política organizada conforme a la ley, sin tapujos ni artificios.
En estos 18 años transcurridos, el sistema político se ha venido desenvolviendo con la suficiente energía saludable como para que podamos afirmar que vamos llegando, al menos como proceso, a un punto de madurez significativa; pero hoy la pelota está en la cancha de los partidos políticos, y ahí las cosas se han puesto difíciles, porque dichas fuerzas parece que aún no asimilan con la debida claridad las consecuencias y responsabilidades derivadas del juego democrático. En este momento de alternancia, esas fallas de percepción y de participación son más visibles que antes, tanto en la derecha como en la izquierda.
El país, por supuesto, necesita mucho para avanzar sin tropiezos por las vías de la democratización y la modernización. Ahora mismo, problemas como la inseguridad y la crisis económica son acuciantes al máximo; y hay que enfrentarlos de veras cuanto antes.
Cuidar la salud del proceso
El Acuerdo de Paz es un acontecimiento histórico, que se dio en su momento. Recordar el Acuerdo de Paz, como tal, es una formalidad positiva. Pero, en realidad, lo importante es reconocer lo que el país viene siendo y haciendo desde que se dio aquel acontecimiento históricamente venturoso y transformador. Porque no hay que olvidar que dicho Acuerdo fue una especie de partida de defunción del tradicional imperio de la violencia política en el país y a la vez la partida de nacimiento del ejercicio pacífico dentro de la dinámica democrática.
El no haber acompañado al Acuerdo con las necesarias políticas y estrategias nacionales inmediatas en los planos sociales y culturales dejó el campo abierto para que, por ejemplo, la nueva criminalidad fuera tomando espacios hasta llegar a ser el monstruo que ahora es. Dura lección, que habría que asimilar para el presente y para el futuro. La realidad nunca se resuelve por sí sola: hay que trabajar día a día en ella, y conforme a los requerimientos que el misma va poniendo.
El desafío principal que tenemos es cuidar la salud del proceso nacional en marcha. Una salud que está amenazada y asediada constantemente, y que, por ello, en cualquier momento, podría flaquear, para perjuicio directo de todos. El que hasta la fecha no haya aún una visión compartida sobre la nación como un todo y sobre su futuro es el peligro más grave que nos acecha; y, por eso, enredarse en luchas intestinas coyunturales o enclaustrarse en concepciones ideológicas excluyentes podría ser la receta inminente del desastre.
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