Si Obama quiere reforzar la seguridad nacional y recuperar la coherencia en la lucha contra el terrorismo debería empezar ya el trámite que marca la ley para borrar a Cuba de la lista de estados patrocinadores de terroristas.
Escrito por Sergio Muñoz Bata. 14 de Enero. Tomado de La Prensa Grafica.
“Qué hace Cuba en la lista de países que patrocinan o albergan a terroristas al lado de Irán, Sudán y Siria”, me preguntaba retóricamente Abraham Lowenthal, un académico reconocido por sus trabajos sobre América Latina. Cuando las autoridades tratan temas de seguridad nacional, me decía el profesor, es sumamente peligroso lanzar acusaciones que no se sustentan en los hechos porque así es como se desvirtúa la credibilidad de las medidas que se adoptan.
Coincido con Lowenthal y pienso que su crítica merece una reflexión y sobre todo, una rectificación del presidente Barack Obama que le inyecte coherencia a la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba, que ha permanecido anquilosada por casi medio siglo.
En términos prácticos, la inclusión de Cuba en la lista de países que patrocinan el terrorismo aparentemente solo implica que los viajeros que llegan en avión a EUA procedentes de la isla caribeña serán sometidos a un cacheo y su equipaje será registrado exhaustivamente. Dadas las vejaciones a las que todos los viajeros tenemos que someternos en estas épocas de crisis admito que la medida en sí no amerita mayores aspavientos. El problema, desde mi perspectiva, es más de fondo no solo porque las débiles bases de la medida minan la confianza ciudadana sino porque revelan la persistencia de un grave anacronismo en la política exterior del país.
Con la adopción de esta medida, el Departamento de Estado equipara a Cuba con Irán, Sudán, Siria, Afganistán, Arabia Saudita, Argelia, Iraq, Líbano, Libia, Nigeria, Pakistán, Somalia y Yemen, países que o patrocinan a grupos terroristas o de donde salieron los fanáticos que, por ejemplo, destruyeron las torres gemelas de Nueva York y el acorazado USS Cole frente a las costas de Yemen.
El hecho irrefutable de que desde hace medio siglo los hermanos Castro y sus secuaces han implantado en Cuba una dictadura férrea que sistemáticamente viola los derechos humanos y civiles de sus ciudadanos; que reprime salvajemente, encarcela o exilia a sus opositores y que ha conducido a la ruina económica al país, no justifica acusaciones falsas. Desde 1961 hasta por lo menos 2007, nunca nadie le ha podido probar que sea un estado que patrocina a terroristas.
Es cierto, sí, que en las décadas de los setenta y de los ochenta Cuba inspiró, entrenó y patrocinó a grupos de guerrilleros izquierdistas que tomaron las armas para intentar derrocar a gobiernos democráticos, autocráticos o dictatoriales de derecha, en varios países de América Latina. También es cierto que por esas mismas épocas, Fidel Castro mandó a ejércitos cubanos a pelear las batallas que su patrocinador, la Unión Soviética, le ordenaba en ciertos países del continente africano. Fue precisamente por estas fechas que en 1982, la administración de Ronald Reagan decidió incluir a Cuba en la famosa lista negra del Departamento de Estado.
También se le acusó de mantener contactos con grupos guerrilleros colombianos como el ELN hasta que, irónicamente, los distintos gobiernos colombianos aclararon que el vínculo no solo era tolerado sino alentado por ellos para propiciar espacios de diálogo.
Así las cosas lo que habría que preguntarse es por qué en Estados Unidos sigue vigente esta absurda política hacia una pequeña isla que tiene el mismo sistema de gobierno que China, un país que recién visitó el presidente Obama, y con el que a diario aumentan los intercambios económicos, comerciales y culturales.
La respuesta es obvia. A pesar de que las ideas de la vieja guardia del exilio cubano resultan cada día más obsoletas para las nuevas generaciones de jóvenes americanos de origen cubano; y de que la mayor parte de los estadounidenses opina que sería prudente que hubiera un cambio de política hacia la isla, los grandes excesos de los cabilderos cubano-americanos del pasado siguen dictando la política de Estados Unidos hacia Cuba.
Si Obama verdaderamente quiere reforzar la seguridad nacional, recomponer la manera en la que trabajan las agencias de inteligencia, debería empezar por recuperar la coherencia en la lucha contra el terrorismo internacional iniciando lo antes posible el trámite que marca la ley para borrar a Cuba de la lista de estados patrocinadores de terroristas. Después de todo, los propios informes del Departamento de Estado señalan que desde la década de los noventa, Cuba ha dejado de apoyar activamente la lucha armada en América Latina y en cualquier otra parte del mundo.
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