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2010/01/13

EDH-La reforma política en México

Escrito por Luis Mario Rodríguez R.13 de Enero. Tomado de El Diario de Hoy.

La historia de México ha sido la de la reforma constante. Por esta razón y no obstante lidiar con el narcotráfico y el desempleo generado por la coyuntura económica internacional, no es de extrañar que el Presidente Felipe Calderón haya presentado al Congreso una profunda reforma que transformará, de ser aprobada, la vida política en ese país.
Entre las más importantes propuestas, se encuentra la reelección de los legisladores locales y federales hasta por doce años consecutivos; la elección del Presidente de la República bajo el mecanismo que se aplica en la mayoría de países, incluido el nuestro, de la "segunda vuelta", conocido también por el sistema de "ballotage"; la posibilidad de candidaturas independientes para cualquier cargo de elección popular; la facultad para los ciudadanos de presentar iniciativas de ley al Congreso de la República; la reducción de cien diputados de cuatrocientos existentes y treinta y dos senadores electos de la lista nacional para quedar con un total de noventa y dos; la posibilidad de observar parcial o totalmente los proyectos de ley aprobados por el Congreso, lo mismo que al Presupuesto de Egresos de la Federación, y la facultad para que la Suprema Corte de Justicia de la nación pueda presentar iniciativas de ley en el ámbito de su competencia, para mejorar el funcionamiento del Poder Judicial.

Esta iniciativa compromete a la clase política mexicana. Los detractores, casi todos provenientes de las filas de la oposición, critican la falta de consenso del Ejecutivo que remitió la propuesta sin mayor discusión y análisis con los distintos sectores de la vida nacional. Tienen razón sobre la necesidad del conocimiento previo por organizaciones, analistas políticos, politólogos y sociedad civil en general; pero esa omisión no opaca, o por lo menos no debería hacerlo, la correcta visión del Gobierno Federal para mejorar la participación ciudadana y el control sobre sus representantes en los congresos locales y en el Federal. Las propuestas más agresivas, sin que las otras no merezcan nuestra atención, son las que reducen el número de senadores y diputados, la posibilidad de candidaturas independientes y la oportunidad para que los ciudadanos tengan iniciativa de ley para presentar propuestas al Congreso. Con seguridad los ataques serán duros y agresivos, porque restan participación a los políticos, aunque no a los partidos que los cobijan.

Las candidaturas independientes han sido y lo seguirán siendo, motivo de discusión por su posible intervención en la fortaleza del sistema de partidos. La posibilidad que los "outsiders" -–aquellos que sin estar en la política partidista encuentran un espacio y un ambiente propicio para su mensaje-- hagan a un lado el vehículo que toda democracia utiliza para acceder al poder, es un razonable motivo para reflexionar sobre su conveniencia. Lo mismo podría afirmarse de las iniciativas de ley, que prescindiendo de los partidos políticos representados en el Congreso, sean presentadas por grupos ciudadanos interesados en legislar alguna situación de interés general para ese colectivo social determinado.

Probablemente esta última reforma tenga menos críticos que la primera, pues es la sociedad la que mejor conoce sus necesidades y la sola presentación de una propuesta de ley o modificación a una existente, con los requisitos que se establezcan, no eliminará el control legislativo establecido en la Constitución acerca de las mayorías que se exigen para la aprobación del mismo. Por el contrario, acercará al Congreso a las innumerables carencias que probablemente no están reguladas y que afectan a un gran número de individuos por la falta de acción de los diputados. Igual control tendrían las candidaturas independientes, que entendemos requerirán de un número de firmas aún mayor del que se exige para la constitución de un nuevo partido político, lo cual asegura que quien intente obviar a los partidos para obtener el favor popular, deberá tener un respaldo importante que le permita participar en las elecciones de que se trate. Debe aclararse si la reelección aplica también para la Presidencia de la República, en cuyo caso debe reflexionarse sobre la conveniencia de esta disposición.

La reelección no es extraña en nuestro sistema electoral. Se permite para diputados y alcaldes, pero no para el caso del Presidente de la República, por lo menos de forma consecutiva, sino después de cinco años de "retiro" del que ya ha ejercido la primera magistratura. Para los mexicanos este cambio será novedoso. En dos mil dos, cuando participamos en un congreso de la cúpula empresarial mexicana, ya se venía discutiendo la necesidad de reformar la Constitución para permitir este "privilegio". Los motivos son bastantes obvios, principalmente cuando se tiene un sistema electoral que acerca a representados y representantes y permite que los primeros juzguen a los segundos, concediéndoles la posibilidad de reelegirlos en el cargo si lo han hecho bien. Calderón dijo que con esta reforma "los ciudadanos podrán decidir con su voto si los legisladores que han cumplido adecuadamente la tarea que les fue encomendada, se quedan y siguen representándolos o se van del Congreso".

Muchas de las reformas propuestas están ya comprendidas en nuestra Constitución. Lamentablemente no las valoramos y en consecuencia no las aprovechamos para mejorar la calidad de nuestra democracia. Asimismo debemos reflexionar sobre la necesaria reforma política que está pendiente en El Salvador. Quién sabe si los mexicanos podrán acordar este avance para el desarrollo de sus instituciones políticas, aunque la historia ha demostrado que sí saben ponerse de acuerdo cuando de fortalecimiento democrático se trata. Lo cierto es que el Presidente Calderón, con todo y las críticas, ha demostrado, sin desentenderse de los grandes problemas nacionales, que también le interesa la reforma institucional. Este puede ser un modelo interesante que anime a nuestras autoridades, en el año que recién comienza, a atender los problemas urgentes, pero también, ocuparse de los asuntos importantes.

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